El otro día estaba intentando explicarle a mi sobrino qué es la inteligencia artificial. Él tiene quince años y sabe mucho más que yo de estas cosas, pero yo seguía intentándolo porque soy de esa generación que cree que explicar algo en voz alta ayuda a entenderlo. A mitad de mi explicación me interrumpió: «Titi, eso que estás describiendo suena a ángel.» Me quedé callada. Y luego fui corriendo a leer El ángel de la inteligencia artificial, de Agustín Fernández Mallo.
Mi sobrino tenía razón, y Fernández Mallo también. Hay algo en la manera en que imaginamos la IA —omnisciente, ubicua, capaz de estar en mil lugares a la vez, de conocernos mejor que nosotros mismos— que se parece inquietantemente a la vieja iconografía angélica. Que seamos nosotros quienes hemos creado a este ángel, en lugar de haberlo recibido de lo alto, no hace la situación menos teológica. Solo la hace más absurda.
Fernández Mallo es físico y escritor, y esa combinación, que podría dar libros áridos o incomprensibles, da en este caso algo muy diferente: un ensayo que se lee con la fluidez de una novela, que maneja ideas complejas con una naturalidad que no es frivolidad sino elegancia intelectual. El libro no pretende explicar qué es la IA en términos técnicos. Pretende pensar qué significa para los humanos haber construido algo que se parece tanto a lo que siempre habíamos reservado para lo divino.
Lo que más me gusta del libro es su negativa al catastrofismo. No estamos ante un ensayo que alerta sobre el fin de la humanidad ni ante otro que celebra el amanecer de una nueva era. Fernández Mallo hace algo más difícil: pensar. Pensar sin concluir, que es la forma más honesta de pensar cuando el objeto de pensamiento cambia más rápido de lo que el pensamiento puede seguirlo.
Hay un capítulo, cerca del final, donde el autor conecta la IA con la tradición literaria del doble —el Doppelgänger, el autómata, el golem— y la lucidez del análisis me hizo subrayar tres párrafos seguidos, cosa que no hago desde que leí a Susan Sontag por primera vez. No diré cuáles son. Que los encuentren.
Mi sobrino tenía razón. Y hay libros que te lo hacen ver.
— Ángela de Claudia Soneira








