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Tinta y sangre, de Han Kang: Lo que una amiga sabe que el mundo no quiere saber

Tinta y sangre, de Han Kang: Lo que una amiga sabe que el mundo no quiere saber

Inju es pintora. Muere en un accidente de coche. Un crítico de arte publica que se suicidó. Cheonghee, su mejor amiga desde la infancia, sabe que eso es mentira, o necesita saber que lo es, que no siempre es lo mismo pero en este caso importa menos la diferencia que la tenacidad con que decide actuar. Ahí arranca Tinta y sangre (Random House, 5 de marzo de 2026), la novela que Han Kang escribió inmediatamente después de La vegetariana, que estuvo inédita durante años y que llega ahora al español traducida por Sunme Yoon, con el Nobel de Literatura 2024 de la autora haciendo de amplificador de una obra que ya tenía peso propio antes de que ningún comité se pronunciara.

Que esta sea una de las primeras novelas de Han Kang, anterior a los títulos que la consagraron en Occidente, es un dato relevante pero no definitorio. Los escritores de verdad no tienen obras menores: tienen obras de distintos momentos, y en todas ellas, si uno sabe leer, está el mismo sistema nervioso, la misma manera de procesar el mundo. En Tinta y sangre están ya las preguntas que articulan toda la obra de esta escritora: si no podemos rechazar la vida para huir de la violencia, y tampoco podemos convertirnos en plantas, ¿cómo seguir adelante? La respuesta que la novela propone —sobrevivir para dar testimonio, convertir la existencia en prueba de que la verdad ocurrió— es una respuesta ética tanto como literaria, y eso es lo que hace que Tinta y sangre sea algo más que un thriller, aunque también sea un thriller, y uno bien construido.

Seúl como escenario de novela negra es una elección que tiene consecuencias en cada escena. Han Kang convierte la capital coreana no en postal asiática sino en territorio moral: una ciudad donde el mundo del arte funciona con sus propias leyes, donde la reputación se construye y se destruye sin que nadie tenga que levantar la mano, donde un crítico puede liquidar con una frase lo que una pintora tardó décadas en edificar. Cheonghee se mueve por ese territorio con la obstinación de quien sabe que el sistema no va a hacer el trabajo por ella, que la verdad, si existe, tendrá que encontrarla ella sola con sus propios recursos, que son los de una mujer común sin más herramientas que la memoria y la negativa a aceptar lo cómodo.

La novela mezcla sueños y recuerdos, arte y astrofísica, poesía y suspense con una soltura que solo puede tener alguien que no cree en las fronteras entre géneros porque nunca las ha reconocido como propias. Eso es lo que el crítico Kim Hye-ri describía al hablar del estilo de Han Kang: «recoge recuerdos y reflexiones de diferentes tiempos y los esparce por todas partes», haciendo que el lector sienta «un deseo sin precedentes de estallar desde dentro». No es una frase pequeña. Y es exacta. El texto de Han Kang no avanza en línea recta porque la conciencia de sus personajes no avanza en línea recta, porque el dolor y la memoria no funcionan así, y porque la búsqueda de una verdad sobre alguien a quien se quería es también, inevitablemente, una búsqueda sobre uno mismo, sobre lo que se ignoró, lo que se eligió no ver para que la amistad pudiera seguir siendo lo que se necesitaba que fuera.

Hay una cita de La vegetariana que sobrevuela Tinta y sangre como un sistema de referencias que uno puede seguir si ha leído la novela anterior o ignorar si no la ha leído: la novela funciona en los dos casos. Pero quien haya pasado por la perturbadora Yeong-hye reconocerá el territorio: cuerpos que se resisten, mujeres que el mundo no entiende, violencia que no se ejerce solo con los puños sino con la interpretación, con la narrativa oficial que se impone sobre lo que una persona fue o quiso ser. Que un crítico de arte pueda decretar el suicidio de una pintora y que ese decreto sea la historia oficial hasta que alguien se niega a aceptarlo es exactamente el tipo de mecanismo de poder que Han Kang ha diseccionado en toda su obra con la precisión quirúrgica de quien lo ha estudiado sin ira, que es la forma más letal de estudiarlo.

Tinta y sangre llegó al español en el momento en que llega porque los Nobeles mueven catálogos y los catálogos tienen sus tiempos. Pero el libro existía antes y existirá después, y eso es lo único que importa cuando se cierra la última página: que Han Kang, ya en sus primeros trabajos, era exactamente la escritora que el Nobel reconoció treinta años después. Que tardáramos tanto en tenerla en español es nuestro problema, no el suyo.

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