Libros y LecturasReseñas y Crítica

Sombras en la Corte de Pablo Díez Santos: El Madrid de Lerma, o cuando el poder ya tenía nombre propio

Sombras en la Corte de Pablo Díez Santos: El Madrid de Lerma, o cuando el poder ya tenía nombre propio

El Madrid del siglo XVII no era solo una capital en expansión: era una máquina política disfrazada de esplendor, donde las decisiones se tomaban en antecámaras y la ambición personal circulaba con más fluidez que la justicia. Pablo Díez Santos, nacido en Aguilar de Campoo y funcionario durante años en la Audiencia Provincial de Madrid, conoce el expediente, la tramitación y el silencio burocrático. Eso no es un dato menor cuando se escribe sobre el sistema de poder de los Austrias: hay en esa trayectoria vital una comprensión de lo que significa mover papeles mientras otros mueven vidas.

Sombras en la Corte transcurre en ese Madrid bajo el reinado efectivo del duque de Lerma, el valido que durante más de veinte años gobernó España en nombre de Felipe III y que hoy figura en los libros de historia como uno de los ejemplos más completos de corrupción institucionalizada en la Europa moderna. Díez Santos no lo convierte en un villano de cartón. La presentación editorial subraya que el duque «mueve los hilos del poder con sus maquinaciones políticas y su ambición insaciable», y esa ambición, cuando se narra bien, no necesita ser condenada desde fuera: se condena sola al mostrarse en funcionamiento, con nombres, cargos y cadáveres.

Frente a ese fondo político, la novela despliega una historia de amor entre Brianda, noble, y Sebastián, plebeyo, dos personajes que el propio sistema hace incompatibles. La relación desigual como motivo narrativo no es nueva en la novela histórica española, pero su eficacia depende siempre de si los personajes tienen grosor propio o si son meros portavoces del conflicto de época. Lo que la descripción de la obra sugiere es que Díez Santos ha optado por no suavizar esa tensión: la define como «historia de amor verdadero entre una noble y un plebeyo» en un mundo donde el amor «lima sus asperezas y siembra de esperanza los corazones», formulación que podría sonar inocente si no estuviera rodeada de asesinatos por encargo, conspiraciones y relaciones prohibidas. El contraste entre esa violencia estructural y el refugio afectivo que buscan los dos protagonistas no es un adorno sentimental: es la tensión que sostiene la novela entera.

El propio autor ha declarado que encontró en la literatura «una manera de dar sentido a la vida» y que escribir le permite «salir de cara al encuentro de mis miedos, preocupaciones y anhelos». Esa confesión importa menos por lo que revela del hombre que por lo que explica del escritor: Díez Santos no construye sus novelas desde la distancia arqueológica, sino desde una implicación emocional que busca resonancias actuales en el material histórico. El siglo XVII como espejo del presente es un recurso que funciona cuando la época elegida no se convierte en escaparate de erudición, sino en territorio donde reconocemos dinámicas que no han desaparecido. La corrupción cortesana, el ascenso por proximidad al poder, la eliminación del dísidente, el amor castigado por el origen: nada de eso es arqueología.

La novela tiene 418 páginas, la publica Editorial Sargantana y su depósito legal es de 2026. Fue presentada el 20 de marzo en la Biblioteca Pública de Palencia, que es donde nació la vocación literaria del autor, y hay en esa elección de escenario algo que va más allá del protocolo: presentar en Palencia una novela ambientada en el Madrid del siglo XVII es una forma de recordar que la Historia con mayúscula también se escribe desde las ciudades que no aparecen en los documentos del poder.

La frase con que el libro se presenta a sí mismo define con más honestidad que muchos prólogos lo que propone: «Una historia donde el poder y el amor se contraponen en un laberinto de pasiones y traiciones». El laberinto es la palabra justa para el Madrid de Lerma. Y los laberintos, a diferencia de los palacios, no tienen un centro decorativo: tienen una salida que no siempre se encuentra.

Noticias relacionadas

Andalucía negra 2 de Custodio: Lo que el sol no borra