Plomo, de José Luis Sastre: Los que no tuvieron nombre hasta la esquela
Hay libros que llegan a destiempo. Llegan cuando ya nadie quiere hablar del asunto, cuando la memoria colectiva ha decidido que es más cómodo el olvido que el ajuste de cuentas, cuando los héroes anónimos han sido enterrados dos veces: una con tierra, otra con silencio. Plomo (Plaza & Janés, 2026) llega ahora, y tiene el mérito de no disculparse por ello. José Luis Sastre, periodista de oficio y de los que todavía creen que el oficio obliga a algo, ha escrito una novela sobre un policía que escolta a una concejala amenazada de muerte, convencido desde el primer día de que los van a matar. Eso, en términos narrativos, es un campo minado con todas las ventajas y todos los riesgos que eso implica.
La premisa es sencilla porque la realidad que refleja era sencilla en su brutalidad: un hombre hace su trabajo aunque ese trabajo pueda costarle la vida. La concejala defiende su cargo en un territorio donde los suyos la han abandonado y los contrarios la quieren muerta. El cerco se estrecha. «Al escoger su deber escogieron también su destino», escribe Sastre, y esa frase podría parecer grandilocuente en manos de otro. En las de él no lo es, porque la novela se encarga de demostrar, página a página, que esa elección no viene acompañada de ninguna recompensa visible, de ningún reconocimiento, de ningún discurso de ceremonia. Viene acompañada únicamente de la certeza de haber actuado como se debía actuar.
El contexto, aunque Sastre insiste en que la novela no es un relato de lugar ni de época concretos, tiene la geografía moral del País Vasco bajo ETA: «los peores años del plomo», los que en su día llenaron esquelas de nombres que nadie pronunció en voz alta mientras vivían. Esa elusión deliberada de la referencia directa es una opción narrativa arriesgada. Puede leerse como prudencia o como universalidad; el lector decidirá. Lo que no admite discusión es que el miedo que describe —el de quien sabe que el siguiente paso puede ser el último— no necesita coordenadas geográficas para ser reconocible.
Lo que distingue a Plomo de los ejercicios de literatura de compromiso es que Sastre tiene el instinto de no adornar a sus personajes. El policía no tiene nombre. La novela lo menciona de pasada, como un detalle menor, pero ese anonimato no es un recurso retórico. Es una afirmación histórica: había cientos de personas así, que se enfrentaron al silencio y a la injusticia desde el más absoluto anonimato, «al precio de que los secuestraran o los asesinaran», y que solo adquirieron nombre público en una esquela que muchos ni leyeron. Eso es lo que el libro custodia. No una historia inventada, sino la posibilidad de que esas historias reales sean, por fin, pensadas.
Sastre confesó en una entrevista reciente que «da pudor hablar de bondad en los tiempos que corren». Es una frase que delata a quien la dice: alguien que sabe que el cinismo es la pose más barata del presente y que aun así se ha resistido a adoptarla. Plomo es, entre otras cosas, el retrato de personas que no eran héroes de catálogo sino funcionarios del deber, gente sin épica visible que hizo lo que había que hacer en circunstancias en que la mayoría miraba hacia otro lado. El libro no los convierte en estatuas. Los deja ser lo que fueron: hombres y mujeres que eligieron con los ojos abiertos y que sabían perfectamente lo que esa elección podía costar.
Después de Las frases robadas (2024), Sastre confirma que no escribe por accidente ni por inercia editorial. Escribe porque hay materiales que lo requieren y que la columna periodística no alcanza a contener. Plomo es más ambicioso en sus preguntas que en sus respuestas, y eso es exactamente lo que debe hacer una novela que se toma en serio la memoria: no resolver, sino obligar a pensar.









