Cuando el día es un campo de minas
Hay novelas que se proponen hablar del mundo actual y terminan escribiendo un panfleto o una queja de sobremesa. Y hay otras que se limitan a seguir a un hombre y una mujer durante un solo día y, sin aspavientos, enseñan mejor que cualquier tratado cómo se vive hoy en una ciudad occidental, con el corazón en un puño y la cabeza al borde del cortocircuito. Mil cosas, de Juan Tallón, pertenece a este segundo grupo.
Todo sucede en un día, o en lo que todavía llamamos un día, porque la pareja protagonista —Travis y Anne, padres recientes, ciudadanos de una metrópolis sin nombre pero demasiado reconocible— vive en realidad en un tiempo único y perpetuo, una jornada extendida que nunca termina del todo y en la que la lista de tareas, obligaciones y sobresaltos no se agota jamás. En vísperas de unas vacaciones que se antojan milagrosas, bajo un calor que derrite la paciencia y acentúa cualquier irritación, ambos se enfrentan a esa sensación perfectamente contemporánea de que todo es urgente, todo es importante, y cualquier imprevisto puede tirar abajo el frágil castillo de naipes en el que se ha convertido su vida.
Tallón elige la forma más sencilla y más difícil: un solo día, un matrimonio joven, un bebé, un trabajo de oficina para él —en una revista, en día de cierre, con el miedo a la guillotina del despido rondando cada correo electrónico— y un puesto de atención al cliente para ella, convertido en trinchera donde la estupidez ajena y la precariedad interna se mezclan a partes iguales. Nada de guerras, conspiraciones internacionales ni grandes catástrofes; la batalla se libra entre semáforos, llamadas de teléfono, reuniones que se solapan y recados pendientes, en ese frente doméstico donde, a base de pequeñas renuncias, se pierde la guerra sin darse cuenta.
La novela está escrita como un thriller sin crimen, o mejor dicho, con un crimen difuso: el asesinato lento de la atención y del tiempo propio. El ritmo es deliberadamente acelerado; las escenas se suceden con esa cadencia nerviosa que cualquiera reconoce después de un día de trabajo en el que no ha sucedido nada extraordinario y, sin embargo, uno vuelve a casa como si hubiera cruzado media Europa a pie. Cada pequeña decisión —un correo que llega, un problema con la guardería, un jefe que llama a deshora, un compañero que boicotea— se vive como cuestión de vida o muerte, porque en el ecosistema que retrata Tallón ya no sabemos distinguir lo esencial de lo accesorio.
Hay en Mil cosas un tono de tragicomedia negra que le sienta bien al asunto: no se trata de lamentarse, sino de mostrar con una ironía seca hasta qué punto la vida urbana contemporánea convierte en hazaña irrisoria lo que antes era rutina. El autor no se pierde en sociología de barra de bar; prefiere concentrar la cámara en el día más tenso del año para esa pareja y dejar que sean las agendas, los móviles, las notificaciones, los atascos y las miradas de reproche las que compongan el fresco de época. El lector entra en ese estrés como quien se mete en un túnel de lavado: sale al otro lado reconociendo, con una mezcla incómoda de risa y vergüenza, que esa manera de vivir al borde del colapso también le pertenece.
La ciudad de fondo, neutra, casi sin rasgos propios, tampoco es un descuido. Tallón aparca el costumbrismo localista y apuesta por una urbe estándar, con calles que podrían ser de Madrid, de Lisboa o de una capital nórdica inventada, pero donde laten los mismos semáforos, las mismas oficinas en abierto, los mismos cafés donde la gente contesta correos mientras mastica. Esa indefinición no es cobardía; es una forma de decir que el problema no es de código postal, sino de sistema: lo importante no es dónde ocurre, sino que podría ocurrir en casi cualquier sitio donde haya metro, alquileres abusivos y gente agotada.
El mérito mayor del libro está en el ajuste entre forma y fondo. Se habla de fragmentación de la atención, y la prosa, ágil y precisa, avanza a golpes, salta de una preocupación a otra sin perder nunca el hilo, igual que la mente de Travis o de Anne se desvía, se dispersa y vuelve al centro con la obediencia nerviosa de un perro bien adiestrado. Se denuncia la tiranía de las agendas y, sin embargo, la estructura está medida al milímetro, como esos días en los que el que falla es uno, no el calendario. El resultado es una nouvelle compacta, de esas que se leen rápido pero dejan un poso espeso, y que algunos críticos ya han señalado como una de las piezas más afinadas del autor gallego en su registro urbano y cómico.
No falta, al final, el golpe de efecto literario: quienes han contado el libro desde dentro hablan de un giro en las últimas páginas que obliga a releer, que hace que la novela, aparentemente lineal, revele un truco de montaje narrativo que estaba ahí desde el principio, agazapado. No se trata de un truco barato, sino de una manera de subrayar que también la experiencia del tiempo, tal y como la vivimos, depende del relato que nos contamos sobre lo ocurrido y lo por venir. Se cierra el libro y, como en los buenos artefactos narrativos, uno tiene la tentación de volver atrás no por obediencia al autor, sino para comprobar cómo demonios se las ha arreglado para engañarnos con tanta elegancia.
En un momento en que todo el mundo se queja de “estrés” pero pocos están dispuestos a mirar de frente las condiciones materiales que lo generan, Mil cosas sirve como espejo sin piedad. No ofrece soluciones, no predica, no propone planes de vida alternativa; se limita a seguir a dos personas hasta el borde de su capacidad de aguante y mostrar cómo la acumulación de pequeñas cosas puede terminar siendo más devastadora que cualquier tragedia única y grandilocuente. Es, al fin y al cabo, una novela sobre esa trinchera que casi todos estamos cavando sin darnos cuenta: el día a día convertido en campo de minas, donde cualquier paso en falso hace saltar por los aires lo poco que creemos tener bajo control.









