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Las jefas de Esther García Llovet: El aburrimiento también mata

Las jefas de Esther García Llovet: El aburrimiento también mata

Hay un tipo de poder que no se construye, que simplemente se tiene porque el dinero compra tiempo y el tiempo, sin nada que llenarlo, fermenta hasta volverse algo peligroso. Eso es Las jefas. Una novela corta, afilada, que te entra por la piel como la humedad de una piscina climatizada a la que nadie se acaba de tirar.

Esther García Llovet instala a sus tres mujeres en el Zen Gardens, un resort en la Costa Blanca donde el sol cae con la misma indiferencia sobre todo: sobre los cócteles, sobre los cuerpos bien cuidados, sobre las conversaciones que no llevan a ningún sitio y que tampoco pretenden hacerlo. El título lo dice todo y al mismo tiempo lo esconde: las jefas. Mandan porque pueden. Mandan porque no tienen nada mejor que hacer. Y entre esas dos cosas hay un abismo que García Llovet no cierra sino que ensancha, página a página.

Frente a ellas, el Primo. Un empleado que hace de todo en ese universo de lujo operativo, ese mecanismo de servicio que funciona exactamente para que otras puedan no hacer nada. Está ahí porque lo tienen atrapado, y García Llovet no explica demasiado el mecanismo del chantaje porque no necesita hacerlo. La deuda, la promesa, el poder que se ejerce sobre quien no puede irse: eso se entiende solo, se huele desde el principio como se huelen las toallas húmedas en un cuarto cerrado.

La novela no tiene trama en el sentido de que la trama no te lleva a ningún lado con urgencia. No hay resolución que esperar, no hay epifanía prometida. Lo que hay es acumulación: escenas que se van pegando unas encima de otras con la misma lógica de los días de vacaciones, que son idénticos pero de alguna manera no se acaban. García Llovet confía en el lector hasta el punto de no explicarle nada. Los personajes no reflexionan sobre sí mismos, no tienen ese monólogo interior que nos devuelve la ilusión de que entendemos por qué la gente hace lo que hace. Simplemente están ahí, en ese hotel que podría ser cualquier hotel del Mediterráneo porque el Mediterráneo lleva décadas produciendo espacios intercambiables para personas intercambiables con dinero no intercambiable.

Y el humor. Hay que hablar del humor porque es lo que hace que esta novela no sea solo un retrato social con buenas intenciones. La risa que provoca Las jefas es esa risa que te sale y luego te quedas un momento con ella en la boca sin saber bien qué hacer. Un humor seco, casi borracho de sí mismo, que no pide permiso y no te da tiempo a procesar si reírse es lo correcto. Hay algo de esperpento contenido en estas mujeres que ejercen dominio sobre un mundo pequeño como si ese mundo pequeño fuera todo, y que en cierto modo lo es, porque para ellas, en ese momento, no existe nada más allá del resort.

García Llovet escribe con capítulos cortos, con diálogos que cargan el peso narrativo, con una fragmentación que es una postura estética y también una decisión política: el lector tiene que poner de su parte, tiene que cerrar los huecos, tiene que decidir qué significa lo que no se dice. «Con menos trama y más tramoya», ha dicho ella misma, y esa frase es el manual de instrucciones de la novela. Esa renuncia al psicologismo es coherente con todo lo demás: estas mujeres no necesitan que las entendamos del todo. Son productos de un sistema que promete bienestar constante y entrega, en cambio, una versión extraña y vaciada de ello.

Las jefas cierra la trilogía levantina de García Llovet y lo hace bien, con esa consistencia de quien ya sabe exactamente cuánto espacio ocupa su voz en la narrativa española. Una novela que no promete redención y no la necesita, que mira sin juzgar y sin redimir, con esa frialdad que en manos de otra escritora sería distancia y en las suyas es precisión quirúrgica sobre lo que somos cuando nadie nos está mirando.

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