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La traición de mi lengua de Camila Sosa Villada: La memoria que nos inventa

La traición de mi lengua de Camila Sosa Villada: La memoria que nos inventa

Hay libros que uno empieza a leer pensando que va a encontrar una cosa y termina descubriendo que estaba buscando otra. La traición de mi lengua (Tusquets, 2026, 112 páginas) es exactamente eso: un libro que empieza como reflexión sobre la memoria y se convierte, casi sin que te des cuenta, en una interrogación sobre quién eres cuando el idioma que usas no era del todo tuyo y tuviste que apropiártelo, retorcerlo, traicionarlo para poder sobrevivir con él.

Camila Sosa Villada nació en La Falda, Córdoba, en 1982, y el paisaje de esa infancia —la familia, el cuerpo que fue, las primeras imágenes del erotismo— aparece en este libro no como material biográfico ordenado sino como material vivo, desordenado, que se resiste a ser domesticado. «La memoria es el afecto más traidor que existe», escribe, y esa frase no es un aforismo decorativo: es la tesis que lo organiza todo. Si la memoria traiciona siempre, entonces el libro no puede ser otra cosa que una forma de aceptar esa traición y habitarla, encontrar en ella una forma de verdad que el relato coherente nunca podría darte.

Lo que Sosa Villada ha construido aquí es un texto híbrido, en la frontera entre el ensayo y la confesión, entre la autobiografía y la ficción. Esa frontera la maneja con una seguridad que viene de saber que el género importa menos que la densidad de lo que uno está diciendo. En Las malas usó la novela para hablar de lo que los géneros normativos excluyen. Aquí usa el ensayo —si es que podemos llamarlo así— para hablar del lenguaje mismo como territorio de pertenencia y extrañeza. La lengua como lugar en que se es y se deja de ser. La lengua como el primer exilio y el primer regreso.

El libro tiene 112 páginas pero pesa más de lo que eso sugiere. No porque esté cargado de ideas difíciles sino porque cada fragmento deja poso, porque hay una concentración en la escritura que no admite el relleno. Su prosa es la de alguien que ha aprendido a desprenderse de lo accesorio y quedarse solo con lo que duele o ilumina, a veces las dos cosas a la vez. En esa búsqueda sobre cómo resistirse a la memoria, encuentra una respuesta que no consuela pero sí ubica: «lo hace a partir de la idea de traición y de la relación del lenguaje —el mismo que ha pervertido y que utiliza en sus obras— con el erotismo y los propios orígenes». La perversión del lenguaje no como pecado sino como método de supervivencia.

Se me ocurre pensar que La traición de mi lengua dice en voz alta algo que muchos escritores saben pero no confiesan: que escribir bien en la lengua que te dieron requiere antes haberla traicionado lo suficiente para hacerla propia. Que la lealtad a la lengua materna, en cierto modo, es el mayor obstáculo a la escritura. Lo que la vuelve literaria es precisamente la desviación, el acento extraño, la sintaxis que no cuadra del todo con la norma heredada. Sosa Villada no lo formula así —su libro es más íntimo que teórico— pero ese es el nervio que recorre cada página.

Desde Las malas, la escritura de Camila Sosa ha ganado en lectores pero también en complejidad formal. Este libro es el más difícil de resumir de su obra, lo cual no es un defecto sino la señal de que ha seguido avanzando hacia un territorio propio. No viene aquí a confirmar lo que ya sabemos de ella. Viene a explorar lo que aún no sabe de sí misma, que es justo donde la literatura empieza a tener razón de existir.

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