Cuando Moscú apunta su dedo: Una novela que te pone a la contra
Me asomo a las páginas de “La caza del ejecutor” sin esa solemnidad con la que una ha aprendido a mirar el género de espías. Vicente Vallés, con la convicción periodística de quien no sólo informa, sino que también huele las alarmas del mundo, escoge el otoño de 2024 para desatar una trama que rebota en las capitales más tensas del planeta. Pero ojo, aquí no hay glamour a lo Bond ni trucos de agente secreto que suenan a cartón piedra. Aquí lo que se dispara es la inquietud.
El libro arranca con la fuga de un alto mando ruso, Mijaíl Serkin, que se sale del tablero mundial rumbo a Maldivas, y termina como todo final ruso: con una muerte que no es sólo privada, es un gesto político. Desde ese instante, el Kremlin activa a sus ejecutores y ni los mapas ni los pasaportes sirven de blindaje. Vallés dibuja ese miedo pegajoso, ese rumor de guerra fría que nunca se termina de dormir.
En el centro, Teresa Fuentes, mujer elástica y cerebral, agente del CNI con una terquedad que reconocería cualquier madre española que alguna vez torció el gesto ante una injusticia. Junto a ella, Pablo Perkins, que salió de la CIA con más achaques que medallas, pero sigue teniendo ese cosquilleo que sólo da el saber demasiado del mundo. Ambos se embarcan en una persecución que recorre Berlín, Londres, Washington, como quien busca al hombre del saco, pero con menos tiempo y más riesgos. Todo lo que parece suelen despintar los diplomáticos, y todo lo que se sabe lo deciden unos pocos.
Lo mejor de Vallés no es cómo demuestra que maneja los hilos de la actualidad como una araña experimentada, sino cómo te deja en la duda, en esa frontera en la que no sabes si lo que lees te lo están contando en la mesa del Congreso o en la barra de un bar al que te han vetado muchos jefes de prensa. Eso, sumado a la textura de sus personajes, que tienen pliegues, manchas y hasta alguna lágrima disimulada, convierte el thriller en un álbum de familia: la familia amarga de los países que prefieren la sospecha al abrazo.
La prosa, precisa y directa, te deja sin aire en los momentos importantes y hasta te arranca una mueca de complicidad cuando entiendes que informa más el miedo que cualquier telediario. No es un thriller de leer y olvidar, sino una llamada a preguntarse por qué las cosas que ocurren en Moscú repercuten en la mesa de tu cocina mientras te sirves el desayuno.
“¿Hasta dónde estamos a salvo?”, parece que pregunta Vallés cuando pliega la última página. Y a una, que siempre creyó que la literatura te pone al abrigo, le queda la certeza incómoda de que las novelas de espías, en tiempos que nos tocan, son más necesarias que cualquier novela bonita sobre París.
Te lo advierto: si decides asomarte, no busques respuestas. Busca un buen lugar para pensar después.









