Las islas donde el pasado nunca se entierra del todo
Hay lugares donde la tierra guarda los secretos mejor que las personas y Ann Cleeves lo sabe. En Huesos rojos, tercera novela de la serie protagonizada por el inspector Jimmy Perez, la escritora británica vuelve a las islas Shetland para demostrarnos que no hay crimen más complicado que el que nace en una comunidad pequeña, donde todos se conocen y nadie dice nada. La historia arranca cuando una joven arqueóloga encuentra huesos humanos durante unas excavaciones en Whalsay, una de esas islas donde la niebla lo cubre todo y el viento nunca se calla. El hallazgo despierta rumores, viejas sospechas y esa incomodidad característica de las comunidades cerradas que prefieren el silencio a la verdad.
Poco después, una anciana aparece muerta de un disparo de escopeta. Todo apunta a un accidente de caza, una de esas muertes que encajan bien en el paisaje agreste de las islas, pero Jimmy Perez no se fía de lo evidente. Cleeves construye a su detective como alguien que sabe leer entre líneas, que entiende que en los lugares donde la gente vive apretada por la geografía y la costumbre, las palabras dicen menos que los silencios. Perez no es un héroe de manual ni un genio atormentado: es un hombre que trabaja desde la intuición y el conocimiento profundo de su territorio, consciente de que en Shetland el pasado nunca está lo suficientemente enterrado.
Lo que funciona en esta novela es la paciencia con la que Cleeves despliega su trama. No hay prisa por resolver el enigma ni concesiones al lector impaciente que busca acción y giros espectaculares. Aquí la tensión se construye con la niebla, con la brisa marina que trae ecos de la Segunda Guerra Mundial, con los rencores familiares que se heredan como se hereda la tierra o el color de los ojos. La autora sabe que el mejor suspense no necesita espectacularidad sino atmósfera, y en ese terreno es una maestra absoluta. Cada página huele a sal, a humedad, a secretos guardados en cajones que nadie se atreve a abrir.
La novela forma parte de una serie que ya ha demostrado su solidez tanto en el papel como en la pantalla, adaptada por la BBC con éxito notable. Pero Huesos rojos no necesita de su versión televisiva para sostenerse: es una novela que funciona por derecho propio, con personajes bien dibujados y una trama que avanza sin aspavientos pero sin pausa. Cleeves ganó el prestigioso CWA Gold Dagger Award y se nota en cada línea que no escribe para demostrar nada sino para contar una historia. Su prosa es limpia, funcional, sin exhibicionismos literarios pero con la suficiente densidad emocional para que el lector sienta el peso de las heridas que nunca llegaron a cerrarse.
Lo interesante de esta novela es cómo retrata una comunidad donde la identidad colectiva pesa más que la verdad individual. En Whalsay, hablar de más puede significar romper lazos que van más allá de la amistad o el parentesco: es traicionar un código de supervivencia forjado en siglos de aislamiento. Cleeves no juzga a sus personajes ni los simplifica en víctimas y verdugos, sino que entiende que en lugares como este la culpa se reparte de formas más complejas de lo que el derecho penal contempla. El inspector Perez navega por ese laberinto moral con la certeza de que resolver un crimen no siempre significa hacer justicia, y esa ambigüedad es lo que da profundidad a una trama que podría haberse quedado en el mero procedimiento policial.
Principal de los Libros ha tenido el acierto de traer esta serie a España en un momento en que el tartan noir —esa vertiente escocesa de la novela negra que incluye a Ian Rankin o Val McDermid— empieza a recibir la atención que merece. Huesos rojos no tiene la brutalidad urbana de Edimburgo ni la sofisticación de los thrillers escandinavos que saturan el mercado, pero ofrece algo más valioso: una mirada honesta sobre cómo el pasado condiciona el presente y cómo hay comunidades donde lo que no se dice pesa más que cualquier confesión. Cleeves escribe con la convicción de quien conoce bien el territorio que retrata y no necesita adornarlo para hacerlo interesante. Al final, lo que queda después de cerrar el libro es la sensación de haber estado en Whalsay, de haber respirado ese aire cargado de humedad y secretos, y de entender que hay lugares donde los huesos rojos del título —esos restos humanos teñidos por el tiempo— son apenas el síntoma de heridas mucho más profundas que ninguna investigación policial puede curar del todo.
Ana María Olivares








