Cuando la novela es el fracaso más productivo
Hay libros que empiezan con una frase que muchos han pensado y pocos se atreven a pronunciar: “Ese imbécil va a escribir una novela”. En este caso, la frase funciona como título, como chiste privado y como declaración de intenciones. Juan José Millás, que lleva décadas hurgando en la frontera entre lo real y lo inventado, decide ahora mirar de frente a ese imbécil —un escritor que se llama Juan José Millás, periodista veterano, cansado, al que un periódico le encarga el que podría ser su último gran reportaje— y preguntarse qué queda de una vida cuando se la revisa con la excusa profesional de un trabajo pendiente.
La premisa es tan sencilla que podría pasar por un gag: un redactor de largo recorrido recibe la llamada del medio donde colabora, le piden un reportaje sobre “lo que quiera”, un broche de oro que cierre su trayectoria periodística, y ese gesto de libertad total se convierte en la peor de las condenas. Elegir el tema definitivo supone revisar todos los asuntos posibles, todos los materiales de vida, hasta que el reportaje se revela imposible y lo que acaba escribiéndose, en su lugar, es esta novela, resultado de un fracaso confeso. Ahí está uno de los primeros movimientos inteligentes del libro: hacer que la ficción nazca de no saber cumplir un encargo, de no encontrar una única historia que sirva de resumen, y aceptar que la única forma honrada de cerrar un círculo es multiplicar los círculos.
El protagonista, que comparte nombre y biografía fragmentaria con el autor, emprende una especie de expedición al pasado a partir de un recuerdo borroso: una mañana de infancia en la sucursal del Banco Hispano Americano, a la que fue con su madre, y la figura difusa de Alberto, un amigo de la universidad que encarna un tipo de vida posible que él no llegó a vivir. A partir de ahí, la novela se despliega como un juego de idas y venidas entre memoria y fantasía, entre escenas que podrían pertenecer al archivo personal del escritor y otras que se sitúan claramente en el territorio de la ficción, sin que el libro tenga ningún interés en fijar una frontera precisa. Millás lleva años explorando la identidad escindida, la figura del doble, la sensación de no ser del todo el que uno cree ser; aquí lo hace de manera especialmente explícita, al convertir al propio escritor en personaje que se mira con una mezcla de ternura, ironía y severidad.
Lo más sugerente, quizá, es la forma en que el texto alterna la narración de episodios concretos —una infancia modesta, los movimientos estudiantiles bajo el franquismo, las primeras experiencias laborales, los afectos que no cuajaron, los errores que siguen latiendo décadas después— con las reflexiones sobre el oficio de escribir y sobre la vejez. El personaje se pregunta qué clase de viejo está siendo, cómo se convive con la conciencia de estar en la última etapa de la vida sin dejar de mirar el mundo con esa ingenuidad necesaria para que todavía sorprenda. En entrevistas, el autor ha hablado de la “sencillez compleja” como objetivo: relatos en apariencia ligeros, llenos de humor, donde el motor reflexivo no se vea, como el motor de un coche bien construido que no hace ruido, pero impulsa todo. La novela encarna esa fórmula con bastante precisión.
El humor atraviesa el libro de punta a punta, pero no como disculpa ni como máscara, sino como herramienta para soportar el peso de lo que se cuenta. En el desfile de personajes secundarios —un infiltrado en los movimientos estudiantiles que ahora quiere ver contadas sus memorias, una mujer que cometió un crimen y fue absuelta gracias a un falso párroco, un dentista traumatizado por haber matado de niño al Ratoncito Pérez— hay algo de catálogo de vidas que merecerían, por sí solas, un reportaje. Cada una de esas historias tentadoras se abre como posibilidad y se cierra como renuncia: podrían ser el “gran tema” del último trabajo periodístico, pero el protagonista las va descartando, y en ese gesto de ir dejando cosas fuera la novela encuentra su forma: recoger los restos de lo que no se escribió, darle a los descartes la dignidad de materia literaria.
No es extraño que quienes leen Ese imbécil va a escribir una novela hablen de una mezcla muy particular de ligereza y gravedad. El tono, cercano, coloquial, incluso juguetón por momentos, convive con una honda preocupación por cuestiones que no admiten respuestas fáciles: qué hacemos con la herencia emocional que arrastramos, cómo se cierran los círculos reales e imaginados, qué lugar concedemos a la imaginación en una vida que, a menudo, parece limitarse a cumplir lo que otros han previsto. Millás defiende que la imaginación no tendría por qué ser peligrosa, pero puede serlo, y que el problema no está en lo que se nos ocurre, sino en el empeño en materializarlo sin medir consecuencias; la novela, en cierto modo, es una exploración de las zonas peligrosas de la imaginación, de esos recuerdos que quizás no fueron como se cuentan, pero que conviene cerrar porque pesan tanto como los hechos comprobables.
En el fondo, el libro es un ajuste de cuentas amable con un oficio y con una vida. El encargo de un último reportaje sirve para repasar la relación del autor con el periodismo —un género al que declara devoción y del que se ha ido alejando, más por la precariedad del sector que por falta de amor— y para reivindicar la novela como espacio donde la reflexión y la emoción pueden dialogar sin compartimentos estancos. La broma del título encierra una verdad incómoda: para ser escritor tal vez haya que ser, un poco, ese imbécil que mira el mundo con extrañeza, que se deja afectar por lo que ve, y a la vez lo bastante lúcido para ordenar ese asombro en una forma que permita a otros reconocerse. Ese desequilibrio entre ingenuidad y lucidez, entre juego y gravedad, es justo lo que sostiene esta novela, que se lee con la sonrisa alerta de quien sospecha que, mientras se ríe, le están hablando muy en serio de cómo hemos llegado hasta aquí.









