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Donde termina el verano, de Elma Correa: Lo que no se nombra también pesa

Donde termina el verano, de Elma Correa: Lo que no se nombra también pesa

Hay novelas que no necesitan explicar dónde transcurren porque el lugar ya lo contiene todo. Mexicali es así: una ciudad que existe como sala de espera entre dos países que se ignoran y se necesitan, donde la frontera no es una línea cartográfica sino una condición del cuerpo, del miedo, de la infancia. Elma Correa nació allí, coordina allí el encuentro internacional de escritores Tiempo de Literatura y eligió ese mismo suelo para su primera novela en un sello internacional. Que el Premio Biblioteca Breve 2026 haya recaído en esta escritora mexicana —quinta compatriota suya en lograrlo en los sesenta y ocho años del galardón— no es un gesto de exotismo editorial. Es el reconocimiento de que había una voz que contaba algo que hasta ahora no estaba contado de esta manera.

La trama arranca con dos niñas, Elisa y Aimé, y con la clase de amistad que solo se tiene una vez: la que se forma a los doce años, cuando la lealtad es un código sagrado y el mundo parece todavía negociable. La noche antes de que Elisa se marche a estudiar fuera con una beca de atletismo, ocurre algo. La novela llama a ese algo «la responsabilidad de ambas en un suceso trágico» y en esa formulación tan cuidadosa, tan deliberadamente oblicua, está parte del mecanismo narrativo: lo que no se nombra también pesa, también fractura, también se hereda. El secreto no destruye solo a dos personas. Destruye «a todo el barrio, una comunidad donde la violencia se mezcla con la superstición y el miedo».

Veinte años después, Elisa regresa. Fracasada la promesa atlética por una lesión de rodilla, convertida en profesora de Educación Física, sola y avergonzada de sí misma. Aimé, en cambio, ha prosperado de una manera que la novela tampoco explica del todo enseguida: «es una mujer influyente que ha sabido reconducir su destino con mano férrea». La confrontación entre las dos trayectorias no es el argumento. Es el escenario donde Correa examina algo más difícil: cómo dos personas cargan de manera distinta con exactamente el mismo peso.

Lo que hace Correa —y aquí es donde me quedé pensativo ante el libro— es resistir la tentación de distribuir la culpa de forma ordenada. En un territorio donde los feminicidios son estadística cotidiana y los niños desaparecen como si fuera lo natural, la novela no convierte a sus personajes en víctimas ni en victimarias de catálogo. Elisa y Aimé son, simultáneamente, supervivientes y cómplices. Eso incomoda. Y esa incomodidad es la prueba de que la novela funciona.

La estructura, según la propia editorial, tiene algo de serie televisiva: tramas paralelas que se desarrollan en distintas épocas y con distintos personajes en primer plano. Esa arquitectura serviría para algo menor si no estuviera al servicio de una escritura que varios lectores y críticos han calificado de «hipnótica y precisa». Lo hipnótico en prosa no es ornamento: es el ritmo que hace que el lector no pueda detenerse aunque lo que lee le pese. Lo preciso es la negativa a explicar de más, a señalar con el dedo lo que el texto puede dejar flotando. Correa parece haber aprendido bien esa lección.

Donde termina el verano es, en último término, el retrato de «dos mujeres que cargaron con algo que no eligieron cargar, en un lugar que no eligieron, en un tiempo en que nadie les preguntó qué querían». Esa es la elegía que propone esta novela: no por un mundo que se ha perdido, sino por todas las vidas que se agotan en ese umbral entre lo que pudo ser y lo que fue.

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