Corazón de oro de Luz Gabás: Lo que uno busca cuando busca oro
Hay novelas que uno sabe desde la primera página para quién están escritas. No lo digo como crítica, lo digo como constatación. Corazón de oro sabe exactamente a quién le habla y le habla bien: con generosidad, con una épica que no se avergüenza de sí misma, con ese calor de relato largo que te hace compañía durante días. Eso también es una habilidad, y no menor.
Luz Gabás lleva años construyendo un territorio propio en la narrativa española. Sus novelas —desde Palmeras en la nieve hasta Lejos de Luisiana, con la que ganó el Premio Planeta 2022— funcionan porque no intentan ser lo que no son. Son aventura, son amor con mayúsculas, son historia en el sentido de que hay un pasado real detrás aunque los personajes sean inventados. Esta vez elige California, 1849, la fiebre del oro, ese momento en que medio mundo se lanzó a buscar algo que la mayoría nunca encontró y algunos encontraron sin buscar. Un buen escenario para preguntar qué es lo que uno quiere de verdad cuando cree que quiere hacerse rico.
El protagonista se llama Lorién, tiene veinte años, viene de un pueblo pirenaico inventado que Gabás llama Pasolobino —un guiño muy de ella, muy de arraigo al territorio aragonés— y huye después de matar accidentalmente a un primo. Esa huida lo lleva de los Pirineos al sur de Francia, de ahí a Nueva Orleans, luego por el Misisipí y finalmente a California. Un viaje que en el siglo XIX era una odisea y en la novela se convierte en el marco donde Lorién va encontrando lo que no sabía que buscaba: un amor, una amistad imposible, algo parecido a la dignidad.
Lo más interesante del libro no es la fiebre del oro como telón de fondo —aunque Gabás la maneja con solvencia, con ese ojo para el detalle histórico que ya demostró en Lejos de Luisiana— sino la mezcla de personajes que construye alrededor de Lorién. Cynthia, la joven californiana que representa a las mujeres en un mundo que cambia demasiado rápido para ellas. Sandor, el vasco que se convierte en amigo cuando la amistad cuesta más que el oro. Escolano, el poeta chileno que parece fuera de lugar y por eso mismo encaja en todo. Hay mexicanos, indígenas, estadounidenses. Una California antes de ser California tal como la conocemos, convulsa y mestiza y brutalmente hermosa.
Gabás ha dicho en entrevistas que quería un héroe que no fuera el forajido del Oeste. Eso explica mucho. Lorién no es un tipo duro, no es el hombre que resuelve todo a tiros. Es alguien que intenta no perder lo que tiene dentro mientras el mundo de fuera lo empuja a perderlo. La tesis de la novela, si es que se puede llamar así, es exactamente lo que sugiere el título: que hay gente que pasa por el barro y sale sin mancharse demasiado, y que eso, en ciertos momentos de la historia, es casi un acto heroico.
Tengo con esta novela la misma relación ambivalente que tengo con cierto cine de aventuras: me dejo llevar y mientras lo hago lo paso bien, pero en algún momento me pregunto si el camino no es demasiado recto. Corazón de oro cumple con lo que promete sin sorprender demasiado. Los personajes son generosos pero predecibles; el amor es intenso pero no retorcido; los dilemas morales aparecen donde deben aparecer. Hay oficio, hay ritmo, hay ese don para el detalle ambiental que distingue a los narradores que hacen sus deberes históricos de los que simplemente ponen un disfraz de época a historias contemporáneas.
Lo que me gusta de Gabás, sin embargo, es que nunca finge ser Flaubert. Sabe que está escribiendo novela popular con ambición y esa honestidad se nota en cada página. Sus 560 páginas se leen con la fluidez de quien construyó esa fluidez a conciencia, con trabajo y con respeto al lector. No es poca cosa en un panorama donde se publica mucho y se construye poco.
Corazón de oro es, en definitiva, la novela de Luz Gabás que sus lectores esperaban. Para quien llegue nuevo a su obra, es una puerta grande. Para quien la conozca, una confirmación de que cuando alguien domina su propio género, el género importa menos que el dominio.









