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Caja negra de Francisco Narla

Turbulencias que no avisan: la caja negra no miente

Elijo no sentarme a leer «Caja negra» con la comodidad de quien espera un argumento lineal. Francisco Narla, como si estuviera elaborando un guiso sin receta, mezcla lo paranormal con la aviación y la tradición gallega casi como si estuviera buscando la nota discordante que se lleva el paladar del lector. El libro arranca en un vuelo, treinta mil pies por encima de la gente sencilla, pero Narla no se conforma con los cielos: la intriga se escabulle entre psicofonías que salen de capillas infestadas de leyendas celtas. Sinesio Amorós, parapsicólogo aficionado, de esos que se gastan lo que no tienen para ir detrás de voces imposibles, graba sonidos en una iglesia olvidada, y lo que sigue parece rocambolesco: rastros de familias desaparecidas, rituales antiguos que están lejos de ser superstición y, en medio, el temblor gallego de quien sabe que en su tierra lo paranormal nunca es decorado, sino amenaza.

Thomas Rye, el piloto, siempre quiere estar por encima de todo, y cuando el dolor de cabeza lo corroe, mata. Narla no suaviza: expone la pulsión criminal, de esos seres tan oscuros capaces de burlar los controles y convertir los vuelos en trastiendas del horror. Es difícil empatizar, tampoco hace falta. Rye camina por la novela con la precisión de quien no se deja conmover por nada, y ese desapego aterra. Las tramas parecen distantes al inicio, pero avanzan como cabos atados por manos que saben del oficio. Mientras la cuenta atrás se adentra en el ritmo trepidante del thriller, Narla va soltando las piezas: parapsicología gallega, asesinatos en las alturas, encuentros inesperados que remiten a tragedias tan frescas como el último desastre aéreo, y una pulsión de destino que atraviesa desde París hasta Lugo como un escalofrío.

Rosalía, la joven gallega que se cruza con el parapsicólogo, aporta datos, mueve la trama y encarna esa ligereza propia de las mujeres que trabajan en novelas de hombres. Cuando la atracción surge, la acción no se detiene. La novela juega con tres hilos: psicofonías, crímenes inexplicables en vuelos comerciales, y el monstruo que acecha en un París univeristario. Narla enlaza tres historias donde el desconcierto empuja tanto como la curiosidad, y lo hace con precisión, sin adornos innecesarios. Los personajes se mueven entre lo racional y lo inexplicable, como si el libro se deslizara entre el viento húmedo de la costa gallega y la sequedad técnica de una cabina de avión.

La ambientación, poderosa y detallada, es virtud de alguien que pisa los escenarios antes de escribirlos. La tragedia reciente de la aviación sirve de espejo escalofriante para el desenlace y justifica lo que podría parecer una obsesión: que la realidad, cuando quiere, supera siempre a la ficción. Narla logra construir un thriller angustioso, de esos que no se pueden dejar a medias, en el que la cuenta atrás se siente en el estómago antes que en las páginas. No aspira a ser redentor ni filosófico: ninguno de sus personajes quiere salvar el mundo, más bien intentan salvarse a sí mismos. El mérito está en la mezcla, en la habilidad para unir el horror cotidiano y el misterio que nunca es banal en Galicia, en la contención de un ritmo que no admite tregua.

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