Dragones, sangre y decisiones que no admiten marcha atrás
A estas alturas, quien se acerque a Alas de ónix sabe que no entra en una novela tranquila, sino en un campo de maniobras donde cada página puede volarte algo: las expectativas, los nervios, la paciencia o el corazón. Rebecca Yarros llega a la tercera entrega de Empíreo con la maquinaria engrasada y la pólvora seca: el fenómeno editorial está garantizado, pero lo sorprendente es que, en medio del ruido, la autora todavía se toma en serio lo esencial, que es contar una historia de guerra, lealtad y deseo que no trate a sus lectores como adolescentes distraídos. Tras casi dieciocho meses en el Colegio de Guerra Basgiath, Violet Sorrengail ha dejado de ser la chica frágil a la que media academia daba por muerta; ahora es una jinete de dragón con conciencia del propio poder y, lo que es más peligroso, de la propia responsabilidad.
El arranque sitúa al lector donde lo dejó el libro anterior: enemigos dentro y fuera de las murallas, infiltrados en las propias filas, alianzas que crujen como cascos viejos y un enemigo, los venim, que ya no son amenaza lejana sino presencia constante. A estas alturas Violet tiene dos misiones y una sola vida para cumplirlas: salvar el reino de Navarre y encontrar la forma de rescatar a Xaden de la oscuridad en la que lo ha arrojado la transformación que todos temen nombrar. Eso obliga a sacar la guerra fuera del aula: viaje más allá de Aretia, islas desconocidas, gobernantes que prefieren sus privilegios al bien común, pueblos enteros que miran a los dragones con una mezcla de miedo y necesidad. El lector viaja con un pelotón reducido que se parece bastante a una familia disfuncional: amigos que se insultan para no admitir que se quieren, dragones que discuten con sus jinetes como viejos matrimonios, secundarios que aparecen para recordarte que en este mundo nadie sale indemne.
El libro es largo, desmesurado a ratos, y ahí reside parte de su encanto. Yarros escribe con la convicción de quien sabe que su lector aguantará casi novecientas páginas si se le da lo que ha venido a buscar: batallas bien contadas, tensión sexual con pólvora de verdad debajo y una trama que, por muy enrevesada que parezca, mantenga siempre visible la brújula moral. Violet se juega la piel y algo más en cada decisión: traicionar un secreto para salvar miles de vidas, mentir a quien ama para no condenarlo, insistir en la búsqueda de una cura para Xaden aunque todo indique que el enemigo ya lo ha reclamado como suyo. Él, por su parte, atraviesa ese arco que tantos héroes de fantasía no se atreven a recorrer: deja de ser el guerrero infalible para convertirse en alguien que teme convertirse en monstruo, un hombre que manda sobre una provincia y al mismo tiempo duda de si merece respirar el mismo aire que aquellos a los que protege.
Hay que decirlo: Alas de ónix no inventa la pólvora del género. Dragones vinculados a sus jinetes, academias militares mortíferas, amores marcados por la guerra y la magia, conspiraciones que todo lo atraviesan… todo eso ya estaba en otras sagas. Pero Yarros ha entendido algo que muchos autores olvidan: los tópicos, si se manejan con oficio y cierto descaro, siguen funcionando. La autora exprime cada recurso con la serenidad de quien conoce el manual y no se avergüenza de él: cliffhangers calculados al final de cada capítulo, diálogos que mezclan humor de cuartel y confesiones sentimentales sin pedir perdón, escenas de combate que no pierden de vista el mapa de la batalla ni el temblor de la mano que sostiene la espada. El resultado es un libro que se lee con la misma mezcla de ansiedad y placer culpable con la que se siguen las viejas series de aventuras: sabes que te están manipulando, pero pides otra dosis.
Más allá del ruido comercial —récords de preventa, ediciones de coleccionista que vuelan de las librerías, fandom organizado como un ejército—, lo que hace de Alas de ónix algo más que un producto bien empaquetado es su voluntad de llevar hasta el extremo los temas que la saga venía insinuando: qué significa la lealtad cuando el poder te pide sacrificar a los tuyos, hasta dónde se puede estirar el amor sin que se rompa, cuánta verdad puede soportar un mundo construido sobre mentiras convenientes. Violet y Xaden, con sus dragones a cuestas, se mueven en ese territorio resbaladizo donde no hay decisiones limpias, sólo la elección de qué tipo de culpa estás dispuesto a cargar. Y es ahí, en la conciencia de que toda victoria tiene precio, donde un entretenimiento de fantasía con dragones se convierte, contra todo pronóstico, en algo que recuerda de lejos a la vieja literatura de guerra: esa que te obligaba a preguntarte qué habrías hecho tú, y no te ofrecía la cortesía de una respuesta fácil.









