Los cauces, de María Sotomayor: Cuando el poema no basta y nace la novela
Hay escritores que llegan a la novela porque la poesía se les ha quedado estrecha para lo que necesitan contar. No porque el poema sea un género menor —es, probablemente, el más exigente— sino porque ciertos materiales de la experiencia piden más superficie, más tiempo, más respiración. María Sotomayor, poeta de raíces cordobesas nacida en el Madrid de 1982, ha llegado a la narrativa exactamente así: no como quien abandona un territorio sino como quien lo expande. Los cauces (Espasa, 2026) es su primera novela, y su origen, lejos de ser un giro comercial, es la consecuencia natural de una escritura que desde sus primeros poemarios ha venido midiendo los límites del lenguaje contra la experiencia más dura.
La dedicatoria de la novela actúa como cifra de todo: «Para quienes crecieron sin saber qué es el amor y qué el daño». Esa frase no es un ornamento retórico. Es una coordenada moral. Sotomayor escribe desde y para una experiencia que ella misma vivió: el abuso infantil en el entorno familiar, ese espacio que debería ser fundamento de seguridad y que, cuando falla, genera una herida que no respeta calendario ni psicología. La novela no oculta el origen autobiográfico de su materia. Lo asume, lo trabaja, lo lleva al terreno de la ficción sin renunciar a la honestidad que le da su peso.
La estructura elegida —recuerdos fragmentados, sesiones de terapia, encuentros con otras personas marcadas por experiencias semejantes— no es, en este caso, una opción estética caprichosa. Es la traducción formal de cómo funciona la memoria traumática: no como relato lineal sino como irrupción, como fragmento que aparece sin avisar, como imagen que retorna antes de que el pensamiento la convoque. Sotomayor conoce esa arquitectura desde adentro, y eso se nota en cómo la prosa se mueve, según señalan los primeros lectores: con «una voz única, honesta y lírica» que no separa el daño de la belleza que también puede nacer del daño.
El recorrido poético de Sotomayor hasta aquí es el de una escritora que ha ido afinando cada vez más los instrumentos. Desde Estoy gritando, me conocí de esta manera (2013) hasta La Furia (2023), pasando por el IX Premio de Poesía Joven Pablo García Baena que obtuvo en 2016 con Nieve antigua, su obra poética ha mantenido una coherencia de fondo: la exploración del cuerpo, del deseo y de la violencia como territorios del lenguaje, no como temas ilustrados con palabras. Esa coherencia no desaparece en la novela. Se traslada. «La escritura de Sotomayor es mudable y flexible», escribió de su poesía la crítica especializada, «atiende a las infinitas preguntas sobre el lugar del cuerpo de la mujer en la sociedad contemporánea». Los cauces es la respuesta narrativa a esas mismas preguntas.
Lo que distingue a esta novela de otros relatos sobre trauma no es el tema, que la literatura contemporánea ha frecuentado con desigual fortuna, sino la procedencia de quien escribe. Un poeta que da el salto a la narrativa lleva consigo una disciplina con la palabra que la mayoría de los narradores no tiene: la conciencia de que cada frase puede funcionar también como verso, de que el ritmo no es solo musicalidad sino estructura de sentido. Eso se traduce en una prosa que, según la editorial, no renuncia a ser «poética y profundamente dolorosa» al mismo tiempo. La paradoja no es un defecto: es el método.
Sotomayor ha construido además, desde dentro del oficio, una posición en el ecosistema cultural que la acredita como alguien comprometida con el libro como objeto de vida. Fundadora de la librería La Semillera en el Madrid literario de hace unos años y ahora de La Romántica en Córdoba, sabe lo que cuesta que un libro encuentre sus lectores. Los cauces, que llega a las librerías con todo ese bagaje a cuestas, no busca la complacencia del lector. Le ofrece algo más difícil: «la resistencia, la valentía y la búsqueda de una voz propia», que es, en definitiva, lo que hace que una obra permanezca después de que se cierre la última página.








