La chica más lista que conozco, de Sara Barquinero: Ser lista no siempre es suficiente
Hay una edad en la que una cree, con toda la convicción que da la ignorancia, que la inteligencia es una especie de escudo. Que si lees lo suficiente, si te esfuerzas, si llegas a ese sitio donde están los que saben, ya no te podrá pasar nada malo. Sara Barquinero recordaba eso cuando escribió La chica más lista que conozco (Lumen, 2026), o eso me parece a mí. Porque Alicia, su protagonista, llega a Madrid a estudiar Filosofía cargada exactamente de esa certeza, y la novela es, entre otras cosas, el relato minucioso de cómo esa certeza se va deshaciendo.
Alicia viene de provincia, que en la literatura española sigue siendo una manera de decir que viene de un lugar donde todavía se tiene fe en Madrid. En la facultad encuentra a los compañeros que buscaba: inteligentes, comprometidos, con opiniones sobre todo. También descubre que esa brillantez convive con una crueldad particular, la del entorno académico, donde la arrogancia se disfraza de rigor y las pequeñas miserias se justifican con teoría. Y en medio de ese paisaje, aparece Juan, un profesor, más de diez años mayor, y Alicia se obsesiona con él. No es la primera vez que alguien escribe sobre esto. Pero Barquinero lo escribe de una manera que no deja escapatoria: ni a Alicia ni al lector.
Lo que convierte esta novela en algo más que una historia de campus —o de seducción académica, o de formación sentimental— es la elección formal. Barquinero construye el relato como si fuera un tratado filosófico, y eso no es un capricho estilístico. Es una decisión que tiene consecuencias en cada página: los personajes piensan mientras actúan, debaten lo que sienten, citan a Platón o a Sartre para entender lo que les está pasando, y esa tensión entre el análisis y la experiencia vivida es exactamente el territorio moral que la novela quiere explorar. ¿Puede el pensamiento protegerte de lo que te está haciendo daño? Barquinero responde que no, o al menos no siempre, y que hay algo especialmente doloroso en que las personas más preparadas para nombrarlo sean también las que más tardan en verlo.
El tema del consentimiento atraviesa la novela sin que la novela lo convierta en eslogan. Barquinero ha dicho en entrevistas que le interesa lo que no es delito pero que debería impedir tener un cargo público, esa zona oscura donde algo es legal y sin embargo es sucio, donde una estructura de poder previa contamina lo que se quiere presentar como libre. Y tiene razón en que eso es lo más difícil de escribir, porque lo que está claramente prohibido resulta más fácil de condenar que lo que simplemente huele mal. En La chica más lista que conozco, ese olor está en todas partes, y Barquinero lo deja ahí sin resolverlo en veredicto, que es como ocurre en la vida real.
Tras el extraordinario recorrido de Los Escorpiones —ochocientas páginas que la crítica comparó con Bolaño, con Foster Wallace, con Houellebecq, y que la Asociación de Librerías de Madrid eligió mejor libro de ficción del año en 2024— era inevitable preguntarse qué haría a continuación. Esta novela es mucho más breve y mucho más concentrada. Donde Los Escorpiones construía un laberinto, La chica más lista que conozco excava hacia dentro, en un solo personaje, en una sola historia. El riesgo era diferente y Barquinero lo afronta con una seguridad que no tiene nada de pretenciosa: sabe exactamente qué historia quiere contar y no se desvía.
La amistad femenina en entornos masculinizados, el precio de querer ser tomada en serio, la ansiedad de forjarse una identidad cuando el mundo académico premia la imitación del modelo dominante: todo eso está en la novela, pero no como agenda, sino como experiencia vivida desde dentro. Barquinero (Zaragoza, 1994) es doctora en Filosofía, y se nota, no porque la novela sea pedante —no lo es en absoluto— sino porque conoce esos pasillos por dentro, el modo en que huelen las conversaciones de sobremesa en las que alguien destruye la reputación de un colega sin levantar la voz.
La chica más lista que conozco es una novela sobre la vergüenza. No la vergüenza como castigo sino como señal, como ese malestar que aparece cuando algo que ocurre no debería ocurrir aunque nadie lo haya prohibido formalmente. Barquinero convierte ese malestar en literatura de primera fila. Se puede leer de un tirón o despacio, subrayando. De las dos maneras duele un poco, que es exactamente como deben doler las buenas novelas.
Ana María Olivares








