Despedidas de Julian Barnes: cuando la vida te obliga a hacer inventario
Hay libros que llegan con una especie de discreción educada, sin aspavientos, y sin embargo te dejan la casa patas arriba. Despedidas, el último de Julian Barnes, es uno de esos. No entra en la habitación diciendo “miradme, soy una gran novela sobre la vejez y la muerte”, sino que se sienta a tu lado, como un señor inglés con buena chaqueta y mejor ironía, y empieza a hablar de cosas que preferirías posponer: el cuerpo que se estropea, los amigos que se van, los amores a los que dijimos que no en el momento exacto en que deberíamos haber dicho que sí. A los ochenta años, Barnes ha decidido que este será su último libro de ficción y lo anuncia con la calma de quien ya ha probado todos los disfraces posibles de la literatura. Aquí mezcla autobiografía, ensayo y relato con una naturalidad que desarma: no necesita justificar nada, solo contar, con esa voz suya tan limpia, qué significa despedirse de la vida sin ponerse melodramático ni hacerse el héroe.
El corazón del libro es la historia de Jean y Stephen, dos compañeros de universidad a los que el propio Barnes presentó, algo así como esos emparejamientos que hacemos de jóvenes cuando todavía creemos que el amor se organiza desde el sentido común. Se enamoraron, claro, porque la realidad a veces obedece al guion más previsible, y al cabo de un tiempo llegaron a esa frase que tantas parejas pronuncian como si fuera un examen final: “o nos casamos o rompemos”. Rompieron. Y Barnes, que se había quedado sin amigos y sin novela, guardó el resentimiento en un cajón durante cuarenta años, hasta que la vida —y otra vez él, que en este libro se reconoce sin pudor como “un liante con las vidas ajenas”— volvió a cruzarlos ya convertidos en “nuevos viejos”. El reencuentro, el matrimonio tardío, las alegrías y las traiciones en la vejez, la dificultad de soportar un amor que llega cargado de achaques: todo eso sirve al autor para examinar, con una lupa muy poco sentimental, qué hacemos con el tiempo que nos queda cuando ya no nos sobran fuerzas para reinventarnos.
Lo que distingue Despedidas de tantos libros sobre la decrepitud es el humor con el que Barnes se mira a sí mismo. Su diagnóstico de cáncer abre el volumen como una especie de nota a pie de página vital —“este es el principio del final”, apunta en su libreta—, pero en vez de convertirlo en tragedia, lo usa como punto de apoyo para un ejercicio de sinceridad sin solemnidad. Habla de la muerte de su mujer, Pat Kavanagh, de amigos como Martin Amis o de figuras editoriales como Carmen Callil, y lo hace con una mezcla de ternura y mala leche que muchas lectoras reconocerán: esa forma de recordar a los muertos sin borrarles los defectos, sin convertirlos en estampitas. La vejez aparece con todos sus detalles físicos —los dolores, las pequeñas humillaciones del cuerpo—, pero también con una especie de dignidad doméstica: se siguen haciendo listas de la compra, se discute por tonterías, se agradecen los días sin sobresaltos. Nada que temer ya hablaba de esto, pero aquí el tono es todavía más íntimo, más de conversación a media voz, con la confianza de quien sabe que el lector no necesita grandes discursos, sino que le digan la verdad sin demasiada poesía.
En el plano literario, el libro es un pequeño catálogo de las obsesiones de Barnes: la memoria, sus trampas, la manera en que construimos un relato de nosotros mismos a base de recuerdos dudosos, anécdotas repetidas y diarios que, en el fondo, también mienten. “¿Qué contiene más verdad: lo que recordamos, lo que apuntamos, lo que otros cuentan de nosotros?”, se pregunta, y a partir de ahí teje una meditación sobre la identidad que tiene mucho de ensayo disfrazado. Pero no se queda en la teoría: la historia de Jean y Stephen funciona como banco de pruebas. Él, que los presentó y les prometió que no escribiría nunca sobre ellos, acaba convirtiéndose en su confesor y en su “caja de resonancia”, el testigo que escucha las versiones de ambos y entiende, demasiado tarde, que ha metido las manos donde no debía. Para cualquiera que haya intentado mediar en las relaciones ajenas —amigas, hermanos, ex parejas— hay aquí un reconocimiento incómodo: uno cree que ayuda y, sin darse cuenta, se vuelve parte del problema.
Hay, por debajo de todo, una pregunta que Barnes no formula del todo pero deja flotando en el aire: cuándo es el momento de saber parar. Parar de escribir, parar de intentar remendar lo que se rompió hace décadas, parar de fingir que somos eternamente jóvenes. Él mismo se responde a medias: este es su “último libro”, su “despedida oficial”, su “última conversación” con el lector. Lo dice con esa flema británica que le impide ponerse solemne: no hay grandes frases finales, no hay revelaciones luminosas, solo la constatación de que la vida se parece más a “una comedia ligera con final triste” que a la tragedia con moraleja que algunas religiones prometen. Se nota que el libro está escrito desde la libertad de quien ya no tiene que demostrarse nada: puede ser digresivo, mezclar chismes, recuerdos, citas literarias, confesiones íntimas y escenas de pareja sin pedir perdón. Y, sin embargo, la prosa conserva la elegancia de siempre, esa precisión que no necesita gritar para dejarte una frase clavada durante días.
Despedidas no es un testamento ruidoso ni una rendición. Es, más bien, el tipo de conversación que te gustaría tener con alguien mayor al que respetas: alguien que no idealiza el pasado, que no demoniza el presente y que reconoce, con una sonrisa algo cansada, que la vida ha sido en parte talento y en parte suerte. Barnes dice que ha tocado todas sus melodías y que se baja del escenario, pero lo hace sin portazo: deja la puerta entornada, como si nos invitara a seguir hablando de libros, de amores mal cronometrados y de cuerpos que se rompen, aunque ya no haya más novelas suyas en la mesa de novedades. Para quienes llegamos a él con El sentido de un final o con Niveles de vida, esta última entrega tiene algo de cita pendiente que por fin se cumple: no un gran drama, sino un adiós razonable, con humor, con pudor y con la lucidez de quien ha aprendido que las despedidas, si se hacen bien, también pueden ser una forma de cuidado.







