Tal día como hoy, trece de enero, hace ochenta y cinco años, murió en Zúrich James Joyce, escritor irlandés que revolucionó la narrativa del siglo XX y cuyo universo literario está tan anclado en Dublín que la ciudad se convirtió en geografía universal sin que él viviera allá más que los primeros veintidós años de su existencia.
Nació en Rathgar, barrio dublinés de clase media, el dos de febrero de 1882, en el seno de una familia católica de diez hermanos supervivientes. Su padre era John Joyce, su madre May. La madre quedó encinta quince veces, igual que la señora Dedalus en Ulises, detalle que muestra cómo Joyce trasladó la biografía familiar directamente a la ficción. Estudió en colegios jesuitas, se graduó en el University College Dublin y en 1902 se instaló en París con intención de estudiar literatura, pero en 1903 regresó a Irlanda para dedicarse a la enseñanza. En 1904 conoció a Nora Barnacle, su musa y futura esposa, la mujer que inspiraría a Molly Bloom y cuyo primer encuentro con Joyce el dieciséis de junio se celebra cada año como Bloomsday en Dublín.
Pasó la mayor parte de su vida adulta fuera de Irlanda. En 1904 se trasladó con Nora a Zúrich, donde vivió hasta 1906, cuando pasó a Trieste para dar clases de inglés en una academia de idiomas. Volvió fugazmente a Dublín en el verano de 1912 con toda su familia, pero ya no regresaría nunca más. En 1915, cuando la mayoría de sus estudiantes fueron reclutados para la Primera Guerra Mundial, se mudó de nuevo a Zúrich. Su relación con Irlanda y con la Iglesia católica estuvo marcada por conflictos que se reflejan en los tormentos interiores de Stephen Dedalus, su alter ego ficticio.
Publicó Dublineses en 1914, libro de cuentos donde describió la parálisis espiritual de una ciudad gris sometida al dominio colonial británico. Irlanda fue la primera colonia del Imperio en conseguir su independencia, precisamente en 1922, el año en que Joyce publicó Ulises. La novela narra las veinticuatro horas del dieciséis de junio de 1904 en la vida de Leopold Bloom y Stephen Dedalus mientras recorren Dublín. Cada capítulo corresponde con un tramo horario y está narrado con un estilo distinto: monólogo interior, narrativa clásica, teatro, textos periodísticos. El título proviene del protagonista de la versión latina de la Odisea de Homero, y toda la estructura está construida sobre vínculos con la obra homérica que Stuart Gilbert y Herbert Gorman hicieron explícitos tras la edición para defender a Joyce de las acusaciones de obscenidad.
El rasgo más importante del libro es el uso del monólogo interior, corriente de la conciencia en la terminología de William James, que consiste en expresar los pensamientos del personaje en secuencias sin objetivo lógico, como ocurre en el pensamiento real. La culminación de esta técnica es el epílogo de la novela, el famoso monólogo de Molly Bloom, en el que el relato, sin signos de puntuación, emula el fluir libre y desinhibido del pensamiento. La novela tiene doscientas sesenta y siete mil palabras en total, con un vocabulario de más de treinta mil, y en la mayoría de las ediciones consta de entre ochocientas y mil páginas divididas en dieciocho capítulos.
Después de Ulises publicó Finnegans Wake en 1939, novela controvertida que completó su ruptura total con las convenciones narrativas. Su escritura, comparable a la de Virginia Woolf por el uso del flujo de conciencia, desafía géneros y convenciones literarias. Junto a Marcel Proust, Franz Kafka y William Faulkner, Joyce es reconocido como uno de los autores más importantes e influyentes del siglo XX, pilar del modernismo anglosajón al que también pertenecieron Ezra Pound, T.S. Eliot y Virginia Woolf.
Regresó a Zúrich a finales de 1940, huyendo de la ocupación nazi de Francia. El once de enero de 1941 se sometió a cirugía en Zúrich por una úlcera duodenal perforada. Cayó en coma al día siguiente. Se despertó a las dos de la mañana del trece de enero de 1941 y murió quince minutos después, menos de un mes antes de cumplir cincuenta y nueve años. La última carta que escribió, en italiano y dirigida a su hermano Stanislaus el cuatro de enero, terminaba simplemente con la palabra «Jim».
Murió en el Hospital de la Cruz Roja con cincuenta y ocho años. Imaginamos que cuando murió la nieve cubría Zúrich, como ha ocurrido tantos inviernos en la ciudad suiza. Dejó inscrita a Dublín en el libro de oro de la literatura universal a pesar de ser una ciudad gris y aquejada de parálisis espiritual, como él mismo la definió. Todo su universo literario permanece enraizado en esa ciudad natal donde provee a sus obras de escenarios, ambientes, personajes y materia narrativa, aunque solo vivió allí hasta los veintidós años. Ochenta y cinco años después de su muerte, Joyce sigue siendo el autor que convirtió un día cualquiera de junio en una jornada dublinesa recorrida por todo el mundo cada año.








