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Lo que podemos saber, de Ian McEwan. Un poema perdido y doscientos años de distancia

Hay una tradición, más frecuentada de lo que suele reconocerse, en la que la novela adopta las herramientas de la erudición para desmontarlas desde dentro. Pálido fuego, de Nabokov, es su ejemplo canónico: unos versos que, sometidos a una lectura académica delirante, entregan claves que quizá solo existen en la cabeza de quien las busca. Posesión, de A. S. Byatt, la continuó por otra vía. Lo que podemos saber, la nueva novela de Ian McEwan que Anagrama publica en Panorama de narrativas con traducción de Eduardo Iriarte Goñi, se sitúa deliberadamente en esa genealogía.

El punto de partida es el año 2119. El planeta ha quedado alterado por inundaciones extensas tras un accidente nuclear catastrófico, y los habitantes de ese futuro contemplan los albores del siglo XXI como una época de esplendor cultural. Thomas Metcalfe, investigador académico solitario, indaga qué ocurrió en la llamada Segunda Cena Inmortal, celebrada en 2014. Se llamó así porque en los anales literarios figura otra anterior, la de 1817, que reunió alrededor de una mesa a Wordsworth, Keats y Charles Lamb. En la de 2014, el poeta Francis Blundy leyó ante los asistentes un poema de amor escrito para su esposa Vivien, titulado «Una Corona para Vivien». De ese texto no se conserva copia alguna, y es precisamente su ausencia lo que organiza la novela entera.

Conviene detenerse en el mecanismo, porque es donde McEwan ha puesto su inteligencia. La distancia temporal no funciona aquí como decorado distópico sino como instrumento epistemológico: el libro pregunta qué se puede llegar a saber de una época a partir de sus restos, y hasta qué punto el investigador proyecta sobre el archivo lo que necesita encontrar. Metcalfe estudia el siglo XXI con la devoción con que un romanista estudia Roma, y en esa devoción hay un componente de nostalgia que el propio libro somete a examen. El futuro mira al pasado y lo idealiza; nosotros hacemos lo mismo, y la novela nos lo pone delante sin subrayarlo.

La estructura aprovecha ese desdoblamiento con eficacia. Hay un plano de investigación, con su ritmo de indicios y hallazgos, y hay un plano reconstruido, el de aquella velada de 2014 y el matrimonio Blundy, que se va revelando por capas. Lo que empieza como ejercicio erudito termina abordando materia mucho menos noble: el matrimonio como territorio de sobreentendidos, la vanidad literaria, lo que un hombre celebra en público y lo que administra en privado. El poema desaparecido, que parecía un enigma de filólogos, resulta ser un asunto conyugal.

El propio McEwan lleva décadas explorando esa zona. Desde Expiación, la culpa y la interpretación errónea han sido sus materiales; desde Amsterdam, la comedia de costumbres intelectuales. Aquí las junta. El Sunday Times ha sugerido que el libro podría inaugurar un género, la novela de campus postapocalíptica, y la fórmula es ingeniosa aunque describe mejor el chiste que el fondo. Más ajustado me parece lo que escribió Dwight Garner en The New York Times: «La mejor novela que ha escrito en años».

No comparto sin matices ese entusiasmo. La novela tiene un problema que arrastran casi todos los libros construidos sobre un artefacto: la máquina se ve. Hay tramos, sobre todo en el primer tercio, en los que el andamiaje de la investigación pesa más que el interés por los personajes, y el lector avanza por deber estructural antes que por deseo. McEwan es demasiado buen constructor para dejar cabos sueltos, y esa perfección tiene un coste: en algunos pasajes el libro parece resuelto antes de estar vivido.

Dicho lo cual, cuando la novela encuentra su centro —y lo encuentra— alcanza una temperatura que su autor no visitaba desde hace tiempo. Hay páginas sobre la relación entre Francis y Vivien de una crueldad muy contenida, escritas con esa prosa exacta que McEwan maneja con una naturalidad que a estas alturas resulta casi injusta hacia sus contemporáneos.

Es, en definitiva, un libro de madurez que no se conforma con serlo. Y su pregunta, la que da título al conjunto, sobrevive al argumento: qué podemos saber realmente de quienes nos precedieron, cuánto de lo que llamamos conocimiento histórico es en realidad una forma educada de imaginación. Libros así recuerdan por qué la literatura sigue haciendo falta cuando los archivos ya parecen completos.

— Antonio Isidro Graña Ojeda

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