Hace unos días, arreglando un armario, encontré una libreta de hace quince años en la que había apuntado, con una letra que ya no reconozco del todo, una lista de cosas que iba a hacer cuando tuviera tiempo. Aprender a nadar bien. Llamar más a una amiga. Estar callada un rato al día. Me quedé sentada en el suelo un momento largo, con la libreta abierta, pensando en la distancia entre aquella mujer y esta. Y luego me puse a leer El retiro, de Charlotte Wood, que Libros del Asteroide publica hoy en traducción de José Gabriel Rodríguez Pazos, y me pareció que el libro venía a hablarme precisamente de eso.
La protagonista no tiene nombre. Es una mujer de mediana edad, agotada por su trabajo, que deja Sídney y a su familia y se instala temporalmente en una pequeña comunidad religiosa en el campo australiano. No es creyente. Eso es importante y la novela no lo esquiva: no estamos ante una historia de conversión ni ante uno de esos relatos de bienestar en los que alguien se marcha al campo y descubre que la felicidad estaba en las verduras. Ella no busca a Dios. Busca callarse.
Lo que Wood hace con ese material es lo que me ha hecho detenerme. La vida de la comunidad —el silencio, las tareas, las horas fijas, los cuerpos envejecidos de las monjas, el paisaje que no ofrece consuelo pero tampoco molesta— está contada con una atención al detalle que convierte lo mínimo en acontecimiento. Y a mí eso me parece muy difícil de escribir. Es fácil hacer literatura del drama; hacerla del fregadero, de la sopa, de la rutina que se repite, requiere una paciencia que casi nadie tiene.
Y entonces el mundo entra. Porque el mundo siempre entra. Al monasterio vuelven los restos de una hermana que desapareció décadas atrás, y con ellos vuelve todo lo que la comunidad había ido colocando en su sitio a base de años. El duelo, la culpa, las preguntas que nadie hizo en su momento. La novela se convierte ahí en otra cosa: en una reflexión sobre si el retiro es una forma de sabiduría o una forma de huida, y sobre si es posible distinguirlas desde dentro.
Wood no responde. Y esto, que en otro libro me habría irritado, aquí me parece lo correcto, porque la protagonista tampoco puede responder. Va anotando, va observando, va dándose cuenta de cosas que preferiría no ver sobre sí misma. Hay una honestidad en ese procedimiento que se agradece mucho en un momento en el que tanta literatura sobre la interioridad femenina acaba siendo una celebración del propio dolor bien iluminada.
El libro llegó a la lista final del Booker de 2024 con su título original, Stone Yard Devotional, y ha sido elogiado por escritoras que a mí me importan mucho —Sigrid Nunez, Anne Enright, Claire Fuller— además de por Tim Winton, que de Australia y de silencio sabe lo suyo. Digo esto no para impresionar a nadie con nombres, sino porque me parece significativo que quienes lo han defendido sean gente que escribe libros lentos. Este es un libro lento. Quien busque acontecimientos se va a impacientar en la página cuarenta.
Hay una cosa más, y con esta me quedo. La novela está atenta a la vejez de las mujeres con una naturalidad que casi no se ve. Las monjas no son ni santas ni pintorescas ni sabias; son mujeres mayores que llevan décadas conviviendo, con sus manías y sus rencores pequeños y sus cuerpos que ya no responden. Que alguien las mire así, sin condescendencia y sin ternura impostada, me parece un pequeño acto de justicia literaria.
Se me ocurre además que la decisión de no ponerle nombre a la protagonista, que podría haber sido un gesto vacío de los que se llevan mucho, aquí tiene su lógica. Una mujer que se va precisamente a dejar de ser quien era difícilmente puede seguir llamándose como se llamaba. Y el lector, al no tener dónde agarrarla, acaba prestándole su propia biografía sin darse cuenta. A mí me pasó, y no siempre me gustó lo que iba encontrando.
No sé si diría que es un libro consolador. Creo que no lo es, y creo que no quiere serlo. Pero salí de él más callada, y a estas alturas ya no estoy segura de que haya mucha diferencia entre las dos cosas.
Merece la pena que se dejen encontrar por este libro. Eso sí, no lo empiecen un día de prisas: pide una tarde entera y una casa en silencio, y devuelve exactamente lo que se le da.
— Ángela de Claudia Soneira








