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Vientos de ira, de Mayte Magdalena. Lo peor empieza el día que acaba la guerra

Hace unos días, ordenando papeles, encontré una foto de mi abuela con un abrigo que le venía grande y una cara de circunstancias que de niña yo interpretaba como enfado y ahora entiendo que era otra cosa. Estaba leyendo esta novela por entonces y las dos cosas se me juntaron, como pasa siempre que un libro te pilla en el momento justo. Porque de eso va Vientos de ira: de las mujeres que aguantaron con el abrigo grande y la cara seria mientras el país se decidía a olvidarlas.

Mayte Magdalena escribió Zapatos de lluvia pensando en su madre. Esta segunda novela la ha escrito pensando en su padre, que cruzó los Pirineos camino del exilio cuando tenía siete años. Lo cuenta ella misma en las entrevistas y se le nota en el libro: hay una manera de narrar la huida que solo tiene quien la ha oído contar en casa, con detalles que no vienen en los manuales de historia y que son los que se quedan.

La premisa está en la primera página y es de las que se recuerdan: a veces lo peor empieza el día que acaba una guerra. A partir de ahí la novela abre tres caminos que avanzan en capítulos alternos y que van acercándose sin prisa hasta juntarse. Yo tengo mis reservas con esta estructura, que ahora se lleva mucho y que a menudo se usa para disimular que no hay una historia bastante fuerte, pero aquí funciona porque las tres líneas cuentan la misma cosa desde tres distancias distintas.

La primera es la de Paola, en un Madrid arrasado, sacando adelante a tres hijos sin saber si su marido Adrián volverá del frente o si está enterrado en cualquier sitio. Paola roba. Hace estraperlo. Pasea una virgen de casa en casa para que las señoras con posibles le recen un rato y le den unas monedas. Es un personaje magnífico precisamente porque la autora no lo ennoblece: no es una heroína de la resistencia, es una mujer que hace lo que puede y que a veces hace lo que no debe, y el libro no le pide cuentas por ello.

La segunda línea es el camino de Francia. Pablo y Sonsoles se van con tres de sus hijos, perseguidos —y esta es una expresión que Magdalena usa y que me parece de una delicadeza enorme— por amar sin permiso. Por el camino se les une Manuel, un miliciano, y entre los cuatro se arma una de esas familias improvisadas que fabrica la desgracia. Los capítulos de los campos de refugiados franceses son los mejores del libro, y son duros, pero están escritos sin regodeo, que es lo difícil.

La tercera transcurre en un pueblo de Castilla, en casa de los padres de Paola, donde viven sus hermanos Manolo y José. Manolo estuvo en el bando de los que ganaron, lo cual complica las cosas de un modo que la novela aprovecha muy bien. Aquí no hay batallas ni fronteras: hay miedo. El miedo pequeño y diario de las visitas nocturnas, las puertas que se fuerzan, la Guardia Civil que pasa despacio por la calle y, sobre todo, la denuncia del vecino. Ese capítulo del pueblo tiene una frase sobre la delación que me obligó a levantar la vista del libro, y no la copio aquí porque merece encontrarse en su sitio.

Son casi setecientas páginas, y no voy a decirles que todas se sostengan igual. Hay tramos en la parte central en que la novela se repite, personajes secundarios que se presentan con más ceremonia de la que después justifican, y algún golpe emocional que se ve venir con demasiada antelación. La editorial la sitúa en el terreno de la novela histórica con componente romántico y ese encasillamiento le hace, creo, un flaco favor, porque el romance es lo menos interesante que hay aquí y lo que peor envejece.

Lo que sí me parece un acierto sostenido es el trato con los personajes. No hay héroes ni villanos. Están los que denuncian y los que callan, y la autora se cuida mucho de explicarnos quién es quién en términos morales. La gente hace cosas espantosas por hambre y cosas hermosas por costumbre, y en un libro sobre la posguerra española eso es casi un gesto político, porque lo cómodo sería repartir papeles.

Salí de la novela con la sensación de haber estado en una casa fría durante mucho rato. Y con la foto de mi abuela otra vez encima de la mesa, que ya no la he guardado. Habrá quien busque en un libro así la reconstrucción histórica exacta y quien busque la emoción; a mí me ha dado sobre todo lo segundo, y no me parece poca cosa. Los silencios de las familias españolas del siglo pasado están hechos de esto, y cada vez queda menos gente que pueda contarlo de primera mano.

Déjense encontrar por ella, si tienen el ánimo. Pero no la empiecen un domingo por la tarde.

— Ángela de Claudia Soneira

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