Pocas obras literarias han quedado tan sepultadas por su adaptación cinematográfica como la novela que Thea von Harbou publicó por entregas en 1925 y en volumen al año siguiente. Durante décadas, hablar de Metrópolis ha sido hablar exclusivamente de la película de Fritz Lang, y el texto que la originó ha circulado como material subsidiario, apéndice o curiosidad de cinéfilos. La edición que ha preparado T&T, con nueva traducción de Jesús Gómez Gutiérrez, permite por fin invertir esa jerarquía y leer el libro por lo que es.
Conviene detenerse primero en las circunstancias de su escritura, porque explican mucho. Von Harbou redactó la novela y coescribió el guion en paralelo, casada entonces con Lang, en un procedimiento que hoy llamaríamos transmedia y que en la Alemania de Weimar era una operación comercial calculada: el relato se publicaba por entregas mientras se rodaba la película, alimentando la expectación de un estreno que acabaría siendo el mayor fracaso económico de la UFA pese a ser su producción más costosa. La autora, según se cuenta, escribía a máquina con cinta bicolor, negro para la acción y rojo para los diálogos, un detalle que dice bastante sobre cómo concebía el texto: como una partitura de dos voces.
El argumento es conocido incluso por quienes no han leído el libro. Una megaurbe vertical partida en dos: arriba, una élite que vive del ocio y del despilfarro; abajo, una masa obrera consumida por las máquinas que sostienen ese ocio. Freder, hijo del amo de la ciudad, Joh Fredersen, descubre por azar el mundo subterráneo y queda escindido entre su privilegio y lo que acaba de ver. María, que predica en las catacumbas la reconciliación entre las clases, desencadena el conflicto: Fredersen encarga al inventor Rotwang una ginoide con el rostro de María para desactivar el movimiento obrero desde dentro, y el resultado es una revuelta que destruye lo que pretendía salvar.
La lectura del texto revela algo que la película, por su propia naturaleza, no podía transmitir del mismo modo: la densidad del andamiaje simbólico. Von Harbou construye toda la novela sobre el mito de la Torre de Babel, y lo hace de manera explícita, casi didáctica, con un registro que oscila entre el expresionismo y el fervor bíblico. Ese registro es hoy su principal obstáculo y también su rasgo más interesante. Hay páginas de una exaltación que resulta ajena al lector contemporáneo, y hay otras en las que la prosa alcanza una intensidad visionaria que la imagen cinematográfica, por muy poderosa que sea, no puede sustituir.
La fórmula que cierra la obra —el mediador entre la cabeza y las manos debe ser el corazón— ha sido durante un siglo el motivo de su descrédito intelectual. Se le ha reprochado ingenuidad, se le ha reprochado corporativismo, se le ha reprochado incluso proximidad ideológica con lo que vendría después en Alemania, y no puede decirse que ese último reproche carezca de fundamento biográfico. Merece la pena, sin embargo, leer la fórmula en su contexto: no propone un sentimentalismo conciliador, sino la exigencia de una instancia ética que medie entre quien decide y quien ejecuta. Formulada en 1925, en plena tensión entre capital y trabajo, la propuesta era conservadora pero no vacía. Leída ahora, cuando la distancia entre quien diseña los sistemas y quien los padece se ha vuelto mayor que nunca, resulta menos ingenua de lo que suele concederse.
La edición de T&T aporta elementos que justifican su existencia frente a las tres traducciones españolas anteriores. Las cuarenta y cinco ilustraciones a color de Tomás Hijo no son decorativas: proponen una iconografía propia que se aparta deliberadamente del imaginario visual fijado por Lang, lo que ayuda a leer el texto sin la película superpuesta. El prólogo de Luis Madorrán y los dos apéndices —uno sobre el filme, firmado por Javier Memba, y otro sobre la autora, a cargo de Elisa McCausland y Diego Salgado— sitúan la obra con rigor y sin apologética. El de McCausland y Salgado tiene el acierto de leer el conjunto como un modelo temprano de narración distribuida entre medios, que es probablemente la clave más productiva para acercarse hoy a este material.
Queda la cuestión de la autora, que ninguna edición honesta puede eludir. Von Harbou permaneció en Alemania tras la marcha de Lang, se afilió al partido nazi y siguió trabajando en el cine del régimen. Los apéndices lo abordan sin coartadas y sin convertir el dato en juicio sumario sobre el libro, que es la única manera razonable de proceder. La novela es anterior a esa deriva y contiene tanto los elementos que la anticipan como los que la contradicen.
Es, en definitiva, una recuperación oportuna y bien hecha. No convierte a Metrópolis en una obra maestra que hubiéramos estado ignorando, pero devuelve al texto la condición de objeto autónomo y permite discutirlo por sus propios méritos. Después de un siglo a la sombra de una pantalla, no es poco.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








