A partir de 2032, en un instituto de reputación impecable al que todo el mundo llama el insti de los suicidios, los alumnos más brillantes empiezan a desaparecer uno detrás de otro. Todas las muertes parecen suicidios. La palabra parecen es la que sostiene Inducción por shock, la vigésima novela de Chuck Palahniuk, que Random House publica este julio con traducción de Luis Murillo Fort.
Detrás de las desapariciones está Greener Pastures, una plataforma secreta que observa a los niños desde que nacen, los clasifica mediante pruebas estandarizadas y subasta a los más dotados entre los mayores millonarios del mundo, que compran los derechos de explotación de su vida profesional futura. No hace falta forzar nada para ver el mecanismo real que hay debajo: la evaluación continua, el ranking, el niño convertido en activo financiero antes de terminar de aprender a leer. Palahniuk no ha inventado la idea. Le ha quitado los eufemismos.
La protagonista es Samantha Deel, adolescente con una voz excepcional para el canto coral y una casa que es un vertedero: madre alcohólica, padre que mezcla vodka con Percodan y un tío en silla de ruedas, delincuente sexual registrado, al que ella tiene que cambiar los pañales. Cuando Greener Pastures la capta, la operación se presenta como rescate. No lo es. Es una forma más sofisticada de sometimiento, con mejor decorado y contrato firmado.
Ahí está el hallazgo más incómodo del libro, y conviene decirlo con todas las letras porque es lo que lo separa de la distopía juvenil de catálogo: muchos de los suicidios del instituto no son reales. Son una vía encubierta de fuga, la única salida que algunos chicos encuentran a hogares insufribles. Palahniuk plantea así una pregunta que ningún debate público quiere formular en esos términos: qué le ofrece la sociedad a un adolescente para quien desaparecer del mundo constituye una mejora objetiva de su situación.
La arquitectura formal es la suya de siempre, llevada más lejos. Saltos temporales, cambios bruscos de perspectiva, relatos que parecen independientes hasta que dejan de parecerlo y extractos ficticios del manual interno de Greener Pastures intercalados en la narración. Esos extractos son lo mejor escrito del conjunto: la lengua del departamento de recursos humanos aplicada a criaturas de doce años, sin una sola palabra fuera de sitio. Por encima de todo eso corre una referencia continua a Moby Dick, con la capacidad lectora de los niños convertida en subtrama. La elección no es decorativa. Melville escribió la novela de la obsesión que devora a quien la persigue; aquí los que persiguen son los compradores, y las ballenas tienen quince años.
El título es literal, y lo explica la propia novela: inducción por agotamiento mental, inducción por fraccionamiento. Son técnicas de manipulación con nombre técnico y uso documentado. Palahniuk las nombra y después las ejecuta sobre el lector, que es un truco viejo suyo y sigue funcionando.
La recepción ha sido más favorable de lo que venía recibiendo. José Antonio Gurpegui, en El Cultural, la ha llamado «la sátira distópica más feroz y arriesgada de cuantas ha escrito», ha celebrado que recupere el pulso narrativo de sus títulos más aclamados tras el bajón de Not forever, but for now y ha advertido, con razón, de que esa vocación experimental produce una complejidad literaria poco apta para el lector convencional. Carlos Castrosín, en Qué Leer, ha destacado una escritura cortante y contundente, enfocada con meticulosidad para desorientar y provocar, y un tono que oscila entre la bufonada y la sinceridad más dolorosa. Las dos lecturas coinciden en lo esencial y las dos son justas.
Añado una reserva. La advertencia sobre la complejidad merece un matiz: el problema no es la dificultad, es la dispersión. Hay tramos en que la fragmentación deja de producir vértigo y empieza a producir distancia, y en una novela cuyo asunto es el maltrato institucional de los adolescentes la distancia juega en contra. Cuando Palahniuk se queda quieto con Samantha —en la casa, en el coro, delante del tío— el libro es demoledor. Cuando se marcha a jugar con el aparato, se enfría. La sátira gana y la chica pierde presencia, y este es un libro que solo funciona del todo mientras ella esté delante.
Conviene recordar de dónde viene todo esto. El club de la lucha lo convirtió en 1996 en autor de culto y en una etiqueta de la que lleva treinta años sin poder bajarse; después vinieron Rant (2007), La invención del sonido (2020) y Not forever, but for now (2024). Se le ha reprochado repetirse, y a veces con razón. Esta novela desmiente el reproche en un punto concreto: aquí no está el nihilismo de bolsillo que le copiaron sus imitadores, sino algo bastante menos cómodo, que es la sospecha de que el sistema no necesita ejercer violencia para destruir a alguien. Le basta con evaluarlo bien y ponerle precio.
Palahniuk pasó por el festival Celsius 232 de Avilés los días 17 y 18 de julio, coincidiendo con la salida del libro. Sigue teniendo público, y ese público es en buena parte el que llegó con El club de la lucha hace treinta años. La pregunta pertinente es si está dispuesto a seguirlo ahora que escribe difícil y sin red. Esta novela lo pone a prueba, y merece que la prueba se apruebe.
— Ana María Olivares








