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Dos tardes con Benito Pérez Galdós, de Ignacio Martínez de Pisón. Un novelista se declara galdosiano

Cuando un novelista dedica un libro entero a otro novelista, el resultado rara vez es solo un homenaje. Suele ser, más bien, una declaración de método: una explicación de por dónde le entró la vocación y de qué sigue considerando útil cuando se sienta a trabajar. Dos tardes con Benito Pérez Galdós, el ensayo breve que Ignacio Martínez de Pisón publica en Alianza dentro de la serie «Dos tardes con…», dirigida por Sergio del Molino y Pilar Álvarez, funciona en ese doble plano desde la primera línea, y su interés no reside únicamente en lo que dice de Galdós, sino en lo que revela de quien lo lee.

Pisón (Zaragoza, 1960) lleva cuarenta años construyendo una de las obras narrativas más coherentes de la literatura española contemporánea, desde La ternura del dragón (1984) y Carreteras secundarias (1996) hasta Castillos de fuego (2023), pasando por El tiempo de las mujeres (2003), Dientes de leche (2008), El día de mañana (2011), Premio de la Crítica, La buena reputación (2014), Premio Nacional de Narrativa, Derecho natural (2017) y Fin de temporada (2020), además de las memorias de Ropa de casa. Sus lectores habían deducido siempre el parentesco: la atención a las clases medias, el pulso del tiempo histórico atravesando las biografías privadas, la desconfianza hacia el efectismo. Lo que no había ocurrido nunca, como ha observado José María Pozuelo Yvancos en Zenda, es que el propio autor se proclamara galdosiano en voz alta. Ese es, antes que ningún otro, el acontecimiento de este libro.

El volumen, de ciento cuatro páginas, se organiza en dos bloques. El primero recorre el espíritu y el sentido de los Episodios nacionales, esas cuarenta y seis novelas que abarcan setenta y cinco años de vida española, de Trafalgar (1873) a Cánovas (1912), y que constituyen probablemente el proyecto narrativo más desmesurado que ha emprendido un escritor en nuestra lengua. El segundo se ocupa del Madrid social y novelesco de Galdós, con su población de arribistas, funcionarios, cursis, señoritos y desclasados, ese censo de la ambición y de la caída que sigue explicando el país con una precisión incómoda. La lectura que Pisón hace del siglo XIX español es sombría y no la disimula: lo define como «una gran oportunidad perdida», y desgrana los términos de la pérdida —Fernando VII, las camarillas, las guerras carlistas, la Restauración— con la economía de quien ha manejado esos materiales antes en la ficción.

El origen del libro explica su centro de gravedad. Pisón había estudiado a fondo el reinado de Isabel II como guionista de una serie de televisión, y de ahí proceden las páginas más vivas del ensayo: las dedicadas a la reina destronada y al artículo que Galdós publicó en El Liberal el 12 de abril de 1904, tres días después de su muerte, resumen de una entrevista mantenida con ella en su residencia parisina de la rue Kléber. Conviene detenerse en ese episodio, porque condensa lo que el libro defiende: el novelista que había novelado el reinado entero se sienta frente a la protagonista real y comprueba que la historia, vista de cerca, tiene la textura frágil de una conversación de sobremesa. Es la escena fundacional de lo que hoy llamaríamos microhistoria, y Daniel Gascón, en Letras Libres, ha subrayado con razón que el ensayo reivindica al escritor canario como precursor de esa mirada y como un novelista bastante más irónico y sutil de lo que creyeron sus detractores.

De esos detractores queda constancia, y el libro la aprovecha. Cuando se disputaba el Nobel entre Menéndez Pelayo y Galdós, El Diario Montañés reprochó al segundo haber realizado uno de los mayores esfuerzos que se han hecho por la descatolización de España. El reproche, formulado como acusación, se lee hoy como el mejor elogio disponible, y Pisón tiene la inteligencia de no comentarlo demasiado. Del mismo modo administra las páginas sobre la personalidad del autor, incluida su relación con Emilia Pardo Bazán, sin caer en la anécdota sentimental que ese asunto invita siempre a explotar.

Merece la pena subrayar dos gestos más. El primero es la afirmación, sostenida con argumentos y no como boutade, de que el mejor lector de Galdós fue Luis Buñuel, lo que lleva a Pisón a recordar su propia juventud aragonesa y aquel deseo adolescente de ser surrealista para formar parte de la secta a la que pertenecía su paisano. El segundo es la honestidad del aparato: el ensayo se apoya sin disimulo en la biografía de Yolanda Arencibia y en los prólogos de Dolores Troncoso, y esa transparencia, poco frecuente en el género, evita que la divulgación se disfrace de hallazgo.

Como en todo libro que un artista dedica a otro, según anotó también Gascón, Pisón está hablando de sí mismo. Lo hace sin narcisismo y sin coartada teórica, con la prosa clara y desprovista de ornamento que caracteriza sus novelas. No es un estudio académico ni pretende serlo; es la conversación de un novelista con su maestro, medida en las dos tardes que anuncia el título y ajustada al precio modesto de once euros con noventa y cinco. Al cerrarlo, uno advierte que la operación tenía un fin práctico: recordar que el realismo no es una escuela superada, sino un instrumento que sigue funcionando cuando alguien sabe manejarlo. Galdós lo sabía. Pisón, que lo ha comprobado en su propia obra, se limita a decirlo en voz alta.

— Antonio Isidro Graña Ojeda

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