Hay autoras que la crítica convierte en anécdota antes que en obra, y Eve Babitz fue, durante mucho tiempo, una de ellas: la mujer que posó desnuda jugando al ajedrez con Marcel Duchamp, la que salió con media bohemia angelina de los setenta, la nota a pie de página de las biografías de los hombres que sí importaban. Yo era un encanto, la recopilación de crónicas que Literatura Random House publica ahora en español con prólogo de Rodrigo Fresán, es el libro que corrige esa cuenta pendiente. Y lo hace sin pedir disculpas por el camino que tomó para llegar hasta aquí.
El volumen reúne cincuenta piezas escritas entre 1975 y 1997 para revistas como Rolling Stone, Esquire, Harper’s Bazaar y Vogue, casi todas inéditas en castellano hasta ahora. Desfilan por sus páginas Francis Ford Coppola, Jim Morrison, Nicolas Cage, incluso Charles Manson: nombres que en manos de cualquier otra cronista funcionarían como reclamo publicitario y que en las de Babitz operan de otra manera, como material de trabajo para hablar de algo más grande que ella misma —el yoga, la acupuntura, los bailes de salón, el amor libre— sin que nunca se pierda de vista que la verdadera protagonista de estas crónicas es Los Ángeles, esa ciudad que la crítica literaria de la Costa Este trató durante décadas como un chiste cultural.
Conviene decirlo con precisión: no es un libro de cotilleo con estilo, que es la lectura perezosa que se le hizo durante años a Babitz. The Atlantic la ha llamado, con razón, una de las escritoras verdaderamente originales de la Los Ángeles del siglo XX, y Dwight Garner, en The New York Times, ha resumido su prosa como Nora Ephron pasada por el filtro de Joan Didion, con más lujuria, más drogas y más tequila. La comparación con Didion es la que más se repite, y la que más conviene matizar: donde Didion observaba desde una distancia clínica que se ha convertido en modelo de estilo para media generación de cronistas, Babitz escribe desde dentro, con la piel puesta en cada fiesta que describe, y esa diferencia de posición —no de talento— es la que la mantuvo fuera del canon mientras Didion entraba en él por la puerta grande.
Hay una conciencia de clase y de género trabajando bajo la superficie desenfadada de estas crónicas que la lectura frívola no ha sabido ver: Babitz escribe sobre el placer, sí, pero también sobre el precio que una mujer pagaba por reclamarlo en voz alta en la América de los setenta, y lo hace sin la solemnidad de manifiesto que habría convertido el gesto en panfleto. No hay aquí ninguna denuncia explícita del machismo de la contracultura que retrata; hay, en cambio, una mirada que registra sus contradicciones —la promesa de libertad y el precio real de ejercerla— con una ironía demasiado fina para que se le escapara a nadie que leyera con atención, y demasiado sutil para que la leyeran así en su momento.
Conviene también situar la traducción, firmada por Miguel Gómez Besós, que resuelve con acierto uno de los mayores riesgos del libro: verter al español un habla muy marcada por el argot angelino de los setenta sin convertirla ni en arcaísmo ni en probeta de anglicismos forzados. La edición llega, además, en un momento de reivindicación más amplia de Babitz —sus novelas Slow Days, Fast Company y Eve’s Hollywood llevan varios años reeditándose en distintos mercados— que conviene no confundir con una simple moda editorial: es, más bien, la corrección tardía de un descuido crítico que duró demasiado.
El libro, además, funciona como una autobiografía involuntaria: la cronología de las piezas, que se detiene poco antes del accidente de 1997 que dejó a Babitz gravemente quemada y que marcó el final de su vida pública, dibuja el arco completo de una escritora que documentó una época mientras la vivía y que después desapareció de la conversación literaria durante casi dos décadas, hasta que una nueva generación de lectoras la rescató a principios de este siglo. Ese rescate tardío no debería leerse como una anécdota curiosa del mercado editorial. Es, más bien, la prueba de un sesgo estructural: el que decide, en cada momento, qué tipo de escritura sobre el placer y sobre las mujeres cuenta como literatura y cuál se archiva como frivolidad.
Yo era un encanto no necesita el prólogo de Fresán para justificarse, aunque lo agradezca. Se sostiene solo, como se sostuvieron en su momento las crónicas que hoy se reúnen aquí sin que nadie las tomara del todo en serio. Este es exactamente el tipo de libro al que merece la pena dedicarle una discusión larga, y más de una: sobre Babitz, sobre Los Ángeles, y sobre quién decide qué literatura envejece bien.
— Ana María Olivares








