La novela negra nórdica lleva más de dos décadas construyendo un territorio propio dentro del género policiaco, uno en el que el paisaje —la nieve, el aislamiento, la oscuridad que dura meses— deja de ser telón de fondo y pasa a operar casi como un personaje más, con su propia lógica narrativa. Huellas en los fiordos, primera entrega de la serie Hildur de la escritora finlandesa afincada en Islandia Satu Rämö, se inscribe en esa tradición con una ambición formal que conviene no despachar como un simple fenómeno editorial, aunque los números —más de un millón de ejemplares vendidos, traducción a veintiséis idiomas, primer puesto en las listas de Der Spiegel— inviten a hacerlo.
El planteamiento es, en apariencia, el habitual del género: una investigadora con un trauma no resuelto, un cadáver que aparece en circunstancias que borran buena parte de las pruebas, una comunidad pequeña que sabe más de lo que dice. Hildur, la protagonista, lleva veinticinco años en Ísafjörður, la localidad de los fiordos occidentales islandeses donde, siendo niña, desaparecieron sus hermanas pequeñas, Rosa y Björk, en un caso que nunca se cerró. Trabaja como inspectora de policía en la comisaría de su pueblo natal y encuentra en el surf, en las aguas heladas del Atlántico Norte, la única forma de descarga que se permite. Cuando aparece un hombre asesinado, con la garganta cortada y el cuerpo sepultado bajo una avalancha que destruye buena parte de las evidencias, Hildur y su compañero, el becario finlandés Jakob Johanson, deben enfrentarse a los secretos de una comunidad que Rämö construye con más matices de los que el arranque del argumento hace prever.
Conviene situar además esta primera entrega en el contexto de lo que el mercado español ha ido incorporando del género nórdico en los últimos años. Tras el desgaste de ciertas fórmulas —el detective atormentado sin más, el paisaje como decorado intercambiable—, la llegada de autoras como Rämö responde a un cansancio del lector con las variantes urbanas del noir escandinavo, más volcadas en la crítica social explícita que en la construcción de atmósfera. Rämö, sin renunciar del todo a esa dimensión crítica —el libro no calla la precariedad económica de las comunidades pesqueras ni el peso del aislamiento sobre la salud mental—, prioriza la arquitectura del relato sobre el mensaje, una decisión que se agradece cuando el género lleva tanto tiempo repitiendo sus propias consignas.
Conviene detenerse también en el modo en que la autora trabaja el tiempo. La desaparición de las hermanas, ocurrida un cuarto de siglo atrás, no funciona como flashback ilustrativo sino como una presión constante sobre el presente de la narración: el lector percibe que el caso nuevo y el caso antiguo, aunque el texto no lo declare de forma explícita, comparten una misma economía del silencio, la que sostiene a las comunidades pequeñas y aisladas cuando deciden qué se cuenta y qué se calla. Es un procedimiento que recuerda, salvando las distancias, a lo que hicieron en su día autores como Arnaldur Indriðason o Yrsa Sigurðardóttir con el paisaje islandés, aunque Rämö —que escribe en finlandés sobre un territorio que no es el suyo de nacimiento— aporta una mirada de forastera integrada que se nota en la precisión casi etnográfica con la que describe la vida cotidiana de Ísafjörður: el trabajo, el clima, las jerarquías informales del pueblo.
La construcción de la pareja protagonista, Hildur y Jakob, es uno de los aciertos más sólidos del libro. Rämö evita el recurso fácil de la tensión romántica forzada y opta, en cambio, por una relación de aprendizaje mutuo: él aporta la mirada extranjera que necesita explicaciones, ella la autoridad de quien conoce el terreno mejor de lo que le conviene. Ese desequilibrio bien administrado permite a la autora introducir al lector en la comunidad sin recurrir a la exposición forzada, un problema habitual en el subgénero cuando el detective de fuera sirve de excusa narrativa poco disimulada.
No todo funciona con la misma limpieza. El ritmo se resiente en el tramo central, cuando la investigación se detiene en varias pistas secundarias que aportan atmósfera pero poco avance, y la resolución, sin ser decepcionante, opta por una explicación algo más convencional de lo que el planteamiento inicial hacía esperar. Son limitaciones propias de una primera entrega que tiene, además, la tarea de sostener una serie completa sobre sus hombros, y que por momentos se nota escribiendo para lo que vendrá después más que para el libro que tiene entre manos.
Con todo, Huellas en los fiordos consigue lo que pocas novelas del género logran en su arranque: hacer del lugar una razón narrativa y no solo una ambientación vendible. Es, en definitiva, una novela de género bien construida, con una protagonista que tiene recorrido para varias entregas más y con un tratamiento del paisaje que justifica, por una vez, el entusiasmo con que se ha recibido en media Europa.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








