La otra mañana, con el café aún caliente, leí que la Real Academia le había hecho por fin un sitio a Sergio Ramírez —ochenta y tres años, una silla con su letra y un país, el suyo, que sigue sin dejarle volver— y me acordé, no me pregunten por qué, de una vecina de mi abuela que guardó durante años en el armario el abrigo de un marido que ya no estaba. Por si acaso, decía. A una le pasa que las noticias grandes se le cuelan por la rendija de lo pequeño. Y creo que las dos cosas, la academia y el abrigo, se me juntaron por lo mismo: por todo lo que seguimos guardando cuando ya no sirve y que, sin embargo, pesa. De eso, en el fondo, va esta novela.
La maldición de Ramfis (Alfaguara) cierra las andanzas del inspector Dolores Morales, ese policía cansado al que Ramírez viene acompañando desde El cielo llora por mí, allá por 2008, y que pasó después por Ya nadie llora por mí y por Tongolele no sabía bailar. Ahora lo encontramos donde han ido a parar tantos paisanos suyos: en el exilio, en Costa Rica, con el mar de por medio y la casa siempre al otro lado. Hay un asesinato, claro, porque esto es una novela negra y Ramírez juega limpio con las reglas del género. Un magnate vinculado al poder de Managua aparece muerto en un velero de lujo varado frente a la costa del Pacífico. Y a partir de ahí, lo de siempre y lo de nunca: un investigador sin jurisdicción, una verdad que a casi nadie conviene, y un país que asoma entero por el ojo de una cerradura.
Lo que me ha hecho detenerme —y subrayar, mentalmente, porque iba en el metro— es el barco. Resulta que ese velero tuvo otros nombres y otros dueños. Antes de ser capricho de nuevo rico fue el Angelita, el yate de Rafael Trujillo, el dictador dominicano, y luego de su hijo, Ramfis. Esa es la maldición del título: no una cosa de brujería, sino algo mucho más terrenal y más difícil de exorcizar. Los tiranos se heredan los muebles. Se pasan de mano en mano los yates, los métodos, la impunidad, hasta el modo de mirar a la gente como si fuera servicio. Ramírez, que de dictadores sabe más de lo que ninguno querríamos saber, no necesita levantar la voz para contarlo. Le basta con seguir el rastro de un barco.
Y aquí va una cosa que me parece de las más valientes del libro, y la digo sin solemnidad, como se dicen las cosas importantes: Ramírez escribe sobre la Nicaragua de Ortega y Murillo desde fuera, despojado de su nacionalidad, con sus libros perseguidos en su propia tierra. Podría haberse refugiado en la rabia, que la tiene y con razón. En cambio ha escrito una novela. Con su trama, su humor seco, sus secundarios que una se cruzaría en cualquier cantina. Hay una elegancia ahí —la de quien decide que al miedo se le contesta con literatura— que a mí me ha llegado más que cualquier manifiesto.
No es un libro triste, conste. Dolores Morales tiene esa gracia melancólica de los buenos detectives latinoamericanos, los que llevan el desencanto con una sonrisa de medio lado. Una se ríe, se ríe de veras, y al rato se da cuenta de que se estaba riendo de algo que no tiene ninguna gracia, y esa es justo la trampa que tiende la buena novela negra cuando la firma alguien que sabe. El género, en sus manos, no es un entretenimiento con muerto: es una manera de decir la verdad cuando la verdad anda perseguida.
Cerré La maldición de Ramfis pensando otra vez en la vecina del abrigo en el armario. En lo que guardamos. En que hay países enteros que viven así, con el abrigo de un muerto colgado, esperando a que alguien se atreva a ponerle nombre a lo que pasó. Sergio Ramírez lleva toda una vida poniéndoselo, y a estas alturas, con la Academia y el exilio a cuestas, sigue haciéndolo con el pulso firme. Merece la pena dejarse encontrar por este barco y por este libro. Aunque al bajar de él una se quede, como me he quedado yo, mirando el mar un rato más de la cuenta.
— Ángela de Claudia Soneira








