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CUENTOS PARA UN DESTIERRO DIGNO: LA MEMORIA QUE NO PIDE PERMISO

CUENTOS PARA UN DESTIERRO DIGNO: LA MEMORIA QUE NO PIDE PERMISO

Les voy a contar una cosa. Hace unos días llegó a mis manos un libro delgado, sin aspavientos, con un título que a cualquier lector medianamente curtido le pone en guardia: Cuentos para un destierro digno. Lo abrí sin demasiadas expectativas —que uno lleva décadas en este oficio y sabe que las sorpresas abundan menos que las decepciones— y no lo cerré hasta el final. Eso, señoras y señores, no ocurre todos los días. Ni todos los años.

El libro es de Martín Lorenzo Paredes Aparicio. Lo publica Ediciones Amaniel. Y lo que hace, con una sencillez que no debe confundirse con simpleza, es exactamente lo que la literatura tendría que hacer siempre y casi nunca hace: decir la verdad. La de los que se quedan sin tierra. La de los que se van porque quedarse equivale a la cuneta. La de los que trabajan, aman, mueren y no salen en los suplementos culturales de los periódicos.

No me vengan con que el título les resulta excesivo. No lo es. El destierro —el verdadero, el de los que pierden la tierra bajo los pies y no vuelven a recuperarla— no tiene nada de retórico. Lo sabe bien el bisabuelo Manuel Valenzuela, que en uno de los mejores relatos del libro huye de España disfrazado de cura, cruza Francia, llega a México con cien pesetas en el bolsillo y termina trabajando en los olivares de la provincia argentina de Córdoba, muerto antes de poder cumplir su deseo más elemental: volver. Ese hombre no es un personaje. O no solo eso. Es la historia de miles de españoles que se fueron porque la alternativa era la cuneta. Y hay que tener agallas —o convicción, que es lo mismo dicho de otra manera— para escribir sobre eso sin caer en la lamentación de mausoleo ni en el panfleto de tribuna.

Paredes Aparicio escribe sobre Jaén con la misma obsesión territorial con la que otros escriben sobre el Mediterráneo o sobre el Dublín de Joyce. La Sierra de Mágina. El Portichuelo. La Plaza de Santa María. El convento de la Coronada. La catedral de Vandelvira. No son telones de fondo pintados a deprisa; son el territorio moral de una voz que ha decidido no traicionar a los suyos. Eso, en los tiempos que corren —donde la literatura parece haber decidido que lo universal empieza por no pertenecer a ningún sitio—, merece cuando menos respeto.

Lo que no esperaba encontrar en estas páginas es la variedad de registros. Paredes Aparicio pasa del costumbrismo lírico a la distopía, del relato histórico a la fábula con fantasmas, del cuento social al monólogo epistolar, con la naturalidad de quien no demuestra oficio sino que simplemente lo tiene. La violinista Elena que recorre el tranvía de su ciudad leyendo libros que alguien deja misteriosamente en su asiento; la joven Julia que libera las almas de las brujas ejecutadas en la cripta de un convento; el inmigrante Enat que llega a España, cae detenido por error en su primera noche y encuentra trabajo, amor y fantasmas en una casería del Portichuelo: son personajes que conviven sin estorbarse, cada uno dueño de su propio tono, dentro de una misma visión del mundo. Una visión que, dicho sea sin ambages, cree en el amor, en la dignidad de los que no tienen nada, en la música como antídoto contra la barbarie y en algo que este articulista no suele ver proclamado con tanta naturalidad: en Dios, en la trascendencia, en que algo debe quedar después de todo esto.

Me detengo en «Balada del día de Reyes» porque me parece la pieza más dura del libro. Un niño pobre espera a los Reyes Magos en un barrio sin asfaltar, en una casa con cristales rotos y voces violentas, mientras la ambulancia hace su ronda de costumbre. No van a llegar. No llegan nunca a ciertas calles. Y cuando el autor escribe que «pronto acabarán las fechas en las que la humanidad se divierte regalando caridad», hay en esa frase una rabia contenida, una lucidez sin compasión hacia los hipócritas del calendario festivo, que recuerda a Chaves Nogales —al que el propio Paredes Aparicio invoca varias veces— en su mejor forma: la de quien denuncia desde dentro, sin la comodidad del exilio ideológico.

Y al final, eso es lo que queda. La impresión de haber leído a alguien que escribe porque necesita hacerlo, no porque esté construyendo una carrera. Que habla de los jornaleros fusilados junto a un olivar y de los emigrantes que trabajan recogiendo aceitunas y de una violinista anciana que muere en su asiento de tranvía camino de la eternidad, con la misma gravedad moral. Que cree —y en esto tiene razón— que la literatura solo vale la pena cuando dice la verdad. No toda la verdad, que eso es imposible. Pero su verdad. La que ha visto, la que ha recibido, la que no puede callar.

Ese tipo de escritor es el que necesitamos. Y el que menos abunda.

Andrés Garcia Pérez-Tomás

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