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Golondrinas, de Bernardo Atxaga. La memoria no perdona, pero a veces regresa

Hay una costumbre que conservo de mis años de corresponsal, cuando el tiempo entre un destino y el siguiente lo pasaba leyendo en aeropuertos y en habitaciones de hotel sin nombre: la de leer despacio a los autores que escriben despacio. Bernardo Atxaga es uno de ellos. No escribe poco, pero escribe con una deliberación que se nota en cada frase como se nota el peso de la madera buena. Golondrinas es el primer regreso largo de Atxaga a la novela extensa en varios años, y les digo una cosa: la espera, en este caso, no fue en vano.

El argumento es deceptivamente sencillo. Tres tiempos: el País Vasco de los años cuarenta, el de los setenta y el presente. Un suceso real —del que Atxaga no da más detalles de los precisos, y hace bien— actúa como eje sobre el que gira todo lo demás. Tres generaciones que arrastran el peso de lo ocurrido sin haberlo decidido, sin haberlo pedido, a veces sin saberlo siquiera. La memoria aquí no es un recurso narrativo: es una herramienta de conocimiento, y Atxaga la usa como el cirujano usa el bisturí, sin prisa y sin piedad.

Permítanme ser directo en esto: el riesgo de la novela de tres tiempos es que alguno de ellos no aguante. Que los autores se enamoren de un período y abandonen los otros al esqueleto de la estructura. Atxaga no comete ese error. Los tres tiempos tienen el mismo peso específico, la misma atención a los detalles que revelan más que los grandes gestos: un objeto en una cocina, una manera de abrir la puerta, el silencio de alguien que sabe y no dice. Es un libro construido con sabiduría artesanal, del tipo de sabiduría que solo se adquiere después de haber escrito mucho y haberlo pensado más.

Conozco bien el País Vasco de los años cuarenta por lo que he leído y por lo que me han contado quienes lo vivieron. Atxaga lo reconstruye sin folclore, sin nostalgia fácil, sin la trampa del color local. Lo que importa es lo moral: quién calló, quién habló, quién lo pagó más caro. Los años setenta, en cambio, tienen otro ritmo —más violento, más urgente—, y los pasajes ambientados en ese período son los que más tensan el libro. El presente actúa de decantador: la herida ya está vieja, pero no ha cicatrizado.

Lo que hace grande a Atxaga —en el Obabakoak de 1988 y en todo lo que vino después— es que nunca escribe para demostrar lo que sabe. Escribe para entender. Golondrinas es un ejercicio de comprensión: de los que sufrieron, de los que infligieron el sufrimiento, de los que miraron para otro lado y luego tuvieron que vivir con eso. No hay juicio fácil. Hay, en cambio, una escritura que respeta la complejidad sin rendirse a ella.

Compren este libro. Y si pueden, léanlo sin prisa. Es de esas novelas que, leídas de golpe, pierden la mitad.

— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás

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