Luis Cernuda y la nostalgia de lo imposible
Ahora que noviembre trae el eco tranquilo de esos días que se repiten cada año, me detengo en el aniversario del adiós de Luis Cernuda. Imaginen: es 1963 y en su exilio mexicano, el poeta lleva consigo esa tristeza elegante y esa rabia educada que solo sabe canalizar en versos. Cernuda, siempre a contracorriente, forjó su “Desolación de la Quimera” como quien aprende a convivir con una sombra ajena.
Hay una melancolía palpable al leerle, una nostalgia que no busca piedad. En su poesía se agolpa la memoria, el deseo y ese no pertenecer que tanto nos puede a las mujeres, cuando la vida nos aparta de la seguridad y el mundo, simplemente, sigue sin entender que la ternura también puede tener filo. En cada poema suyo, me reconozco en esa voz que se pelea con el tiempo, que se resiste a la costumbre de aceptar.
No hay componendas en su escritura, ni trampa ni cartón. Lo suyo fue “La realidad y el deseo”: una batalla entre lo que tuvo y lo que le fue negado. A veces —leyendo sus versos— siento que Cernuda está conversando con nosotras, las que, como él, a veces miramos Madrid con saudade y aprendemos de su distancia el arte de vivir a pesar de la herida. Su mundo era el de la poesía pura, la que no se permite atajos dialécticos, la que duele y no se rinde.
Y así, nos deja ese legado inmenso, ese diario íntimo disfrazado de confesión universal. Qué fascinante resulta pensar que fue capaz de hablar de amor sin recurrir al tópico, que nunca dulcificó su desarraigo ni edulcoró sus contradicciones. En su obra, hay espejos rotos y puertas abiertas, pero sobre todo, una honestidad que ahora, cada vez más, necesitamos.
Cernuda sigue siendo, para la que escribe, un faro de lucidez en un mar de imposturas. Su aniversario no es solo una excusa para releerle; es un recordatorio de que la poesía sirve para mirar de frente, para no desfallecer ante la nostalgia de lo imposible, para seguir preguntando —como él— si realmente la realidad puede reconciliarse con el deseo.









