El burrito que sobrevivió a su poeta
Tal día como hoy hace ciento cuarenta y cuatro años, el 23 de diciembre de 1881, nació en Moguer Juan Ramón Jiménez, hijo de comerciantes de vino. Vivió sesenta y siete años, ganó el Nobel de Literatura en 1956 y tres días después de recibirlo murió su mujer Zenobia en San Juan de Puerto Rico. Jamás se recuperó de esa pérdida. Murió dos años más tarde en la misma clínica donde había muerto ella. Pero Platero, el burrito de su libro más leído, sigue vivo ciento once años después de su publicación.
«Platero y yo» se publicó en 1914 como obra lírica en prosa. No es un cuento infantil aunque millones de niños lo hayan leído en las escuelas de toda Hispanoamérica. Es un ejercicio de coherencia metapoética: Juan Ramón Jiménez expuso su propia visión de la poesía y del poeta a través de la prosa poética. Platero representa la inocencia infantil del poeta, la parte de él que permanece pura frente al mundo. Hay una confusión constante entre los sentimientos del poeta y los del burro porque Platero es parte del poeta mismo.
La obra tiene un marcado carácter circular: termina como profetiza al comienzo. Platero muere al final, pero esa muerte ya estaba anunciada desde las primeras páginas. Juan Ramón Jiménez utilizó la luz como símbolo de esperanza y felicidad, en contraste con la oscuridad que aparece en determinadas escenas. La luna simboliza la melancolía, la reflexión y el paso de la vida. Los niños representan la inocencia y la pureza, esa perspectiva infantil de la vida que el poeta considera necesario mantener.
Cuando Juan Ramón Jiménez escribió «Platero y yo» estaba en su etapa modernista, pero ya empezaba el giro hacia la poesía pura que definiría su obra posterior. En libros como «Eternidades» (1918), «Piedra y cielo» (1919), «Poesía» (1923) y «Belleza» (1923), eliminó todo aquello que no tendiese a la esencia poética y a la plenitud espiritual. La ornamentación modernista desapareció en favor de un lenguaje sobrio y desnudo que aspiraba a la precisión absoluta. Ese giro hacia la poesía pura ejerció una influencia enorme en los poetas de la generación del 27: Lorca, Alberti, Guillén, Salinas, Aleixandre, Dámaso Alonso.
La vida de Juan Ramón Jiménez estuvo marcada por la enfermedad mental, la hipersensibilidad y la obsesión por la perfección. En 1900 se trasladó a Madrid para estudiar Derecho, pero un año después, tras la muerte de su padre y la ruina familiar cuando perdieron todo el patrimonio embargado por el Banco de Bilbao, ingresó con depresión en un sanatorio de Burdeos. Regresó a Madrid al Sanatorio del Rosario y después a Moguer para ayudar a su familia. Allí publicó alrededor de dieciocho poemarios entre 1905 y 1912.
En 1956, cuando la Academia Sueca le otorgó el Nobel de Literatura, su esposa Zenobia murió tres días después en San Juan de Puerto Rico. Jaime Benítez, rector de la Universidad de Puerto Rico donde ambos daban clases, aceptó el premio en su nombre porque Juan Ramón no pudo moverse de allí. Permaneció en Puerto Rico hasta su muerte dos años más tarde, destruido por la pérdida de Zenobia.
«Platero y yo» sigue siendo lectura obligatoria en escuelas de medio mundo. Eso ha generado una lectura infantilizada de una obra que no es infantil. Juan Ramón Jiménez explicó en el libro su labor como poeta: figura consagrada a una fuerza espiritual descifrable solo a través de la naturaleza y con la que alcanzar la eternidad. Platero es el vehículo de esa búsqueda espiritual, no un personaje para niños. La ternura con que está escrito no debe confundirse con simplicidad. Es prosa poética construida con precisión técnica absoluta, cada palabra medida, cada imagen calculada para producir un efecto emocional exacto.
Ciento cuarenta y cuatro años después de su nacimiento, Juan Ramón Jiménez es recordado principalmente por un burrito. Ese burrito pequeño, peludo, suave, que era tierno y mimoso, ha sobrevivido mejor que toda la poesía pura del autor. La paradoja es que «Platero y yo» contiene toda la poética de Juan Ramón Jiménez concentrada en ciento treinta y ocho capítulos breves: la búsqueda de la belleza absoluta, la defensa de la inocencia como valor supremo, la contemplación de la naturaleza como forma de conocimiento, la muerte como parte necesaria de la vida. Quizás el burrito ha sobrevivido precisamente porque condensa mejor que ningún poema la obsesión central de su creador: alcanzar la eternidad a través de la palabra justa.









