El 18 de octubre de 1955, en un piso de la madrileña calle Monte Esquinza, moría José Ortega y Gasset. Filósofo, ensayista, maestro de generaciones, Ortega representó una de las cumbres del pensamiento español del siglo XX. Setenta años después, su sombra sigue proyectándose sobre la cultura, la política y la reflexión intelectual de nuestro tiempo.
Aquel otoño madrileño fue más silencioso de lo que merecía un pensador de su talla. Ortega murió en la intimidad, acompañado apenas por unos pocos discípulos fieles —entre ellos Julián Marías, Paulino Garagorri y Fernando Vela—. La prensa de la época, cauta y contenida, apenas recogió la noticia con discreción. Pero su desaparición marcó el cierre simbólico de una época: la del esfuerzo por modernizar el pensamiento español y abrirlo a Europa tras siglos de aislamiento. Sin embargo en algunos medios extranjero fue noticia de primera plana.
Había nacido en 1883, en el seno de una familia vinculada al periodismo —su padre y su abuelo dirigieron El Imparcial—, y desde joven mostró una inteligencia precoz. Estudió Filosofía y Letras en Madrid, se doctoró en 1904 y completó su formación en Alemania, donde entró en contacto con el neokantismo y la fenomenología. De ese encuentro surgió una obra que buscó reconciliar la razón con la vida, el pensamiento con la historia.
Ortega no fue un filósofo de gabinete. Su preocupación central era entender al hombre concreto, no al sujeto abstracto de los sistemas. De ahí su célebre afirmación: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo.”
Con esta idea formuló una filosofía de la vida que él mismo denominó razón vital, una forma de pensar que une el rigor de la razón con la experiencia viva del ser humano. Desde ella desarrolló su perspectivismo, doctrina que defiende que toda verdad depende del punto de vista del sujeto, de su posición en el mundo.
Sus ensayos —de Meditaciones del Quijote (1914) a La rebelión de las masas (1930), pasando por España invertebrada (1921) o La deshumanización del arte (1925)— son una radiografía lúcida de la cultura occidental y, en particular, de la identidad española. Con un estilo elegante y claro, Ortega convirtió la filosofía en literatura y el pensamiento en una forma de arte.
Fundador en 1923 de la Revista de Occidente, Ortega hizo de ella una auténtica ventana de modernidad. Desde sus páginas introdujo en España las ideas de Husserl, Heidegger o Freud, y fomentó un diálogo con Europa que resultó decisivo para la renovación cultural del país.
Durante la Segunda República participó activamente en la vida pública, fue diputado y defendió una política de reforma racional y liberal. Tras la Guerra Civil vivió unos años en el exilio. Vivió en Francia, Holanda, Argentina y Portugal antes de regresar a España en 1945. Nunca recuperó su cátedra universitaria, pero fundó el Instituto de Humanidades, desde donde siguió enseñando hasta sus últimos días.
Setenta años después, Ortega sigue siendo un autor incómodo y necesario. Su crítica al “hombre-masa” —esa figura que se impone por cantidad, pero carece de verdadera calidad espiritual— conserva una asombrosa actualidad en tiempos de redes sociales, consumo acelerado y pérdida de referencias culturales.
Su reflexión sobre Europa, la educación, la técnica y el papel de las minorías creativas continúa iluminando los dilemas de las democracias contemporáneas. “La vida es quehacer”, escribió, y su filosofía puede entenderse como una invitación permanente a asumir nuestra responsabilidad ante el mundo.
La Fundación Ortega y Gasset–Gregorio Marañón custodia hoy su archivo, su biblioteca y su memoria. Los Premios Ortega y Gasset de Periodismo, otorgados cada año por El País, perpetúan su nombre como símbolo de pensamiento crítico y libertad intelectual.
Releer a Ortega en 2025 no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de renovación. Su escritura —tan elegante como exigente— nos recuerda que pensar es comprometerse con la realidad. Frente a la confusión y la superficialidad de nuestro tiempo, su voz sigue invitando a la lucidez, a la disciplina interior, a la responsabilidad de ser.
Setenta años sin Ortega y Gasset equivalen a setenta años con él. Porque sus preguntas siguen abiertas, y su deseo de “salvar la circunstancia” resuena hoy con más fuerza que nunca. En la España de la velocidad y la distracción, su pensamiento nos devuelve a lo esencial: la necesidad de mirar el mundo con profundidad, inteligencia y asombro.
“Vivir es encontrarse en un mundo que hay que hacer nuestro.”
José Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote









