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Oposición, de Sara Mesa. Vivir de interina en la oficina como si fuera un país extranjero

Vivir de interina en la oficina como si fuera un país extranjero

Hay libros que no necesitan grandes catástrofes para contar una tragedia. Les basta con un edificio gris, una mesa compartida y un número de registro en la puerta. Oposición, de Sara Mesa, es uno de esos libros. Lo que cuenta, en apariencia, es sencillo: una chica joven, Sara Villalba, “Sada” para el resto porque el frenillo le roba hasta el nombre, entra como interina en una oficina de la Administración, la OMPA, y se pasa los días entre formularios, ventanillas y compañeros que han hecho del reglamento una forma de estar en el mundo. Bajo esa superficie tan poco glamourosa, la novela va levantando otra cosa: la historia de cómo una persona normal empieza a sospechar que el futuro que le han vendido —oposición, plaza fija, vida resuelta— quizá sea solo una jaula mejor pintada.

La fuerza del libro está en la mirada de Sada, que entra en la oficina como quien llega a un planeta nuevo, con curiosidad, un poco de miedo y muchas ganas de entender las reglas. Pronto descubre que el trabajo real es mínimo y el teatro burocrático, infinito: protocolos que nadie se cree, informes que no sirven para nada, un manual de simplificación administrativa que complica todo lo que toca. Entre el tedio y la extrañeza, la protagonista empieza a llenar los márgenes de su jornada con caligramas, poemas absurdos, juegos con ese lenguaje administrativo que le suena a otra especie: “realizar” en vez de hacer, “recepcionar” en vez de recibir. Es su manera de no volverse loca, de oponerse a la marea sin montar una revolución de pancarta.

Mesa hace aquí algo muy suyo: parecer que solo habla de papeles, sellos y cafés de máquina mientras, en realidad, abre en canal un sistema que todos conocemos y sobre el que casi nunca nos paramos a pensar. La novela radiografía con precisión cómo la burocracia no solo complica la vida de los ciudadanos, sino que también desgasta a quienes la sostienen desde dentro: funcionarios que se sienten atrapados, interinos que viven colgando de un hilo, personas que se cuentan a sí mismas que están “en lo seguro” mientras se les va apagando la mirada. Al mismo tiempo, enseña con bastante mala leche cómo la familia empuja a las hijas hacia ese “trabajo estable” casi como si fuera una religión: mejor una hija humillada entre expedientes que una hija en el paro, aunque nadie se atreva a decirlo en voz alta.

Oposición es también una novela sobre el lenguaje y el desajuste entre lo que se dice y lo que se siente. El idioma de la oficina —sus eufemismos, sus frases hechas, sus correos interminables— funciona como una muralla que separa a la Administración de la realidad de la gente. Frente a eso, Sada responde con torpeza y humor involuntario: se equivoca, se distrae, hace cosas irresponsables solo para ver qué pasa, como una niña que prueba hasta dónde cede la valla del patio. Su “oposición” no es heroica ni ejemplar; es pequeña, confusa, a ratos ridícula. Justo por eso resulta creíble. Todos hemos tenido alguna vez la tentación de empujar un poco el sistema a ver si se tambalea.

Leída desde fuera, la novela podría parecer una pieza más en la colección de críticas al funcionariado. Pero esa sería una lectura cómoda y bastante injusta. Lo que hace Mesa es más incómodo: pregunta por qué un país empuja a tanta gente hacia trabajos que no los ilusionan, qué precio pagamos por la seguridad, qué pasa con quienes no encajan en el molde de la estabilidad a cualquier coste. Sada no es una mártir ni una santa; es una chica que no tiene discurso político sofisticado, que simplemente siente que aquello no es para ella y no sabe muy bien qué hacer con esa certeza. Ahí, en esa mezcla de desorientación, lucidez y ganas de sobrevivir sin tragarse todas las reglas, es donde la novela duele de verdad. Porque habla de oficinas y expedientes, sí, pero sobre todo habla de nosotros, intentando no perdernos en un sistema que, demasiadas veces, parece diseñado para que dejemos de hacernos preguntas.

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