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Náufragos del cielo de Jesús Gallego: El vuelo que España dejó caer en el olvido

Náufragos del cielo de Jesús Gallego: El vuelo que España dejó caer en el olvido

Hay libros que uno coge con la intención de leer un par de capítulos antes de dormir y termina quedándose despierta hasta las tres de la madrugada con la luz encendida y la conciencia un poco revuelta. Náufragos del cielo es uno de esos libros. Lo publicó Roca Editorial el 8 de enero de 2026 y lo firma Jesús Gallego, periodista de la Cadena SER, que tiene el talento peculiar de los que saben contar las cosas de verdad: sin ampulosidades, sin adornos que distraigan, con esa prosa directa y honesta que no se disculpa por lo que dice.

El punto de partida es un dato que, una vez leído, resulta imposible sacudirse de encima: entre 1970 y 1985, murieron en España 1.759 personas en accidentes de aviación comercial. No es una cifra abstracta. Gallego se encarga de que no lo sea. El eje de la novela es el accidente del vuelo Avianca 011, un Boeing 747 que cubría la ruta París-Bogotá con escala en Madrid y que se estrelló en la madrugada del 27 de noviembre de 1983 en Mejorada del Campo, a pocos kilómetros del aeropuerto de Barajas, matando a 181 personas. Un avión moderno, de los más seguros de su época, destruido por el encuentro fatal entre unos sistemas de control aéreo anticuados, heredados de la dictadura, y una España que ya quería parecerse a Europa pero que aún no había terminado de actualizar sus entrañas administrativas.

Lo que hace Gallego, y aquí está la verdadera apuesta narrativa del libro, es resistirse a quedarse en la crónica fría del desastre. Entre el pasaje de aquel vuelo viajaban cuatro escritores latinoamericanos de primera línea que iban a Madrid para participar en un congreso literario: Marta Traba, Ángel Rama, Jorge Iván Gerontia y Manuel Escorza. El autor confiesa que se lanzó a investigar precisamente cuando leyó que aquel vuelo había sido apodado «el vuelo maldito de los escritores». Eso ya dice mucho de quién es Gallego y de dónde le duelen las cosas. La presencia de esos cuatro nombres convierte la novela en algo más que una reconstrucción de un accidente aéreo: la convierte en una elegía por vidas que tenían demasiado que decir todavía.

Pero donde el libro me capturó del todo fue en sus personajes de ficción. Gallego inventa a dos azafatas colombianas, María Elena Mendoza y Marcela Bernal, jóvenes, enteras, con sus historias de amor y sus proyectos, dibujadas con una precisión que duele exactamente porque sabemos lo que les espera. El autor habla en entrevistas de ese «shock» que supone escribir a personajes que uno sabe que van a morir. Eso se nota en cada página que les dedica. Hay en ellas una dignidad que contrarresta deliberadamente el estereotipo de las azafatas de los setenta, sometidas entonces a una sexualización sistemática por parte de las compañías aéreas, y que el autor retrata sin suavizar el asunto. Me parece uno de los gestos más inteligentes y más silenciosamente políticos de toda la novela.

La prosa de Gallego no se exhibe. Funciona como funciona la buena prosa periodística, con el lector siempre en mente, llevándote de la mano sin que notes que te llevan. Hay momentos de una frialdad clínica en la reconstrucción técnica del accidente —las comunicaciones entre los controladores de Paracuellos y Barajas con el piloto son demoledoras, en palabras del propio autor— y hay momentos de una ternura muy contenida cuando se acerca a las vidas de quienes iban a bordo. Ese equilibrio es difícil de sostener durante 384 páginas y Gallego lo sostiene.

Lo que me quedó después de cerrar el libro fue una especie de rabia tranquila, que es quizás la reacción más honesta que puede provocar una novela de estas características. No rabia contra Gallego, sino rabia contra el olvido, contra la desidia institucional, contra esa capacidad tan española de enterrar bajo el ruido lo que debería haberse investigado y explicado. Náufragos del cielo recupera una historia que este país archivó sin mirarla demasiado y la devuelve con toda su carga humana intacta. Eso no lo hace cualquiera.

Ángela de Claudia Soneira

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