Libros y LecturasReseñas y Crítica

Mentira de Juan Gómez-Jurado: cuando la verdad es solo otra arma en el combate

Mentira de Juan Gómez-Jurado: cuando la verdad es solo otra arma en el combate

En algún momento, a fuerza de repetir que el thriller es puro entretenimiento, hemos olvidado que el género nació para hablar de miedo, culpa y violencia moral, no solo para vender ejemplares en aeropuertos. Con Mentira, Juan Gómez-Jurado decide salir del parque temático del universo Reina Roja y encerrarse en un espacio mucho más reducido y peligroso: una aldea asturiana incomunicada por la nieve, unos cuantos vecinos con más secretos que ganado, uno o varios cadáveres bajo el hielo y una narradora que, desde la primera línea, te avisa de que su oficio es mentir. “No me llamo Eva Ramos, pero tú vas a llamarme así”. Ahí está todo el programa: la protagonista se presenta, se desmiente, te tiende la mano y, al mismo tiempo, te quita el suelo bajo los pies.

Eva —llamémosla así, porque ella misma lo impone— se define como “mentirosa profesional”. Su trabajo consiste en arreglar problemas ajenos mediante engaños de alta precisión, esos encargos discretos que rara vez terminan con un agradecimiento público y casi nunca figuran en currículums respetables. Por una carambola que el libro va desgranando en flashbacks calculados, acaba con su hermano Pablo en una aldea de montaña, aislada por una tormenta de nieve que corta carreteras y comunicaciones. Ese encierro, que remite tanto al crimen en cuarto cerrado como a los experimentos sociales más crueles, convierte el pueblo en un tablero de caza mayor: nadie puede entrar ni salir, todos se vigilan, todos se conocen desde hace años, todos guardan cuentas pendientes. Cuando los muertos empiezan a aparecer en la nieve, el círculo de sospechosos se estrecha y el oficio de mentir deja de ser una ventaja profesional para convertirse en una condena.

La principal apuesta formal de la novela está en la voz. Gómez-Jurado rompe con la omnisciencia limpia de sus thrillers anteriores y se entrega a un narrador no fiable llevado hasta el extremo: una protagonista que no solo admite que miente, sino que juega con esa confesión como un arma más. “Mi trabajo es mentir, pero contigo no voy a hacerlo”, le dice al lector; a continuación, la vemos mentir a medio censo del pueblo sin despeinarse. El dispositivo es metanarrativo en toda regla: el autor te obliga a caminar por arenas movedizas, a desconfiar de cada recuerdo, cada descripción, cada gesto, mientras él dosifica la información a golpe de capítulos breves, cortes en negro y revelaciones finales de página que mantienen el pulso alto durante casi setecientas páginas. No es un truco nuevo, pero aquí se explota con una eficacia que muchos lectores de género agradecerán: la experiencia de lectura se vuelve adictiva porque la duda es permanente, porque cada dato nuevo reescribe lo anterior, porque el pacto de confianza entre narrador y lector queda roto desde el inicio y, aun así, seguimos avanzando.

La elección del escenario no es decorativa. En lugar de refugiarse en la parafernalia tecnológica de la posverdad —pantallas, algoritmos, campañas de desinformación—, Mentira opta por retirar todo ese ruido y devolver el engaño a su forma más primitiva: rumor, silencio, media verdad, rencor heredado. La aldea asturiana incomunicada funciona como una Edad Media emocional: sin cobertura, sin salida, con una comunidad que actúa como tribunal invisible, donde cada gesto, cada omisión, cada desliz tiene memoria y precio. En ese contexto, la mentirosa profesional se enfrenta a algo que no controla: un entorno donde todos saben mentir a su manera, donde la mentira circula como moneda corriente y donde la verdad, cuando asoma, es tan peligrosa como el engaño. La nieve, el aislamiento, la violencia latente y el peso del pasado crean una atmósfera que sitúa el libro en la estela de las mejores novelas de encierro rural: de Agatha Christie al Steinbeck más oscuro, como ya han apuntado algunos, pero filtrados aquí por una sensibilidad muy contemporánea hacia la vigilancia y la paranoia.

En el fondo, lo que el libro pone en juego no es solo la resolución de un crimen, sino una pregunta más incómoda: quiénes somos cuando nadie nos mira, o cuando creemos que nadie nos mira, y hasta qué punto la identidad es otra forma de relato interesado. Eva llega al pueblo cargada de mentiras profesionales, de lecciones aprendidas de un mentor que ha hecho de la manipulación un arte rentable; los vecinos, por su parte, cargan con secretos que no caben en ninguna confesión dominical. Cuando la nieve los encierra a todos, lo que se rompe no es solo la coartada de un asesino; se resquebraja esa fachada de normalidad que cualquier comunidad rural —cualquier comunidad, a secas— sostiene a fuerza de pactos tácitos y silencios cómplices. El crimen actúa como detonante, pero la verdadera intriga es identitaria: no se trata solo de saber quién mató, sino de descubrir quién es realmente Eva Ramos, qué historias se ha contado a sí misma para sobrevivir y hasta dónde está dispuesta a seguir mintiendo cuando la muerte le pisa los talones.

Mentira no es una obra perfecta ni falta que le hace. Hay lectores que han visto en ella una novela excesiva, con páginas que sobran, anécdotas alargadas y un ritmo que por momentos se dispersa en pensamientos repetitivos, como si el autor no terminara de encontrar el punto medio entre la intriga y la hipertrofia de información. Otros subrayan exactamente lo contrario: que la longitud está al servicio de un juego psicológico en el que cada desvío, cada historia lateral, forma parte del gran engaño que sostiene el conjunto. Lo indiscutible es que Gómez-Jurado ha decidido, esta vez, tensar la cuerda de su propio modelo hasta el límite: renuncia al confort de su saga más rentable, dinamita cualquier esquema previo y se entrega a un experimento controlado con una única brújula clara, el tema que da título al libro. Allí donde otros se limitan a utilizar la mentira como giro de guion, él la convierte en materia prima del relato, en herramienta y en objeto de examen: la mentira como oficio, como defensa, como violencia, como forma de supervivencia y también como manera de organizar el mundo para que duela un poco menos.

Noticias relacionadas

Majareta de Juan Manuel Gil: cuando el conserje resulta ser el espejo más incómodo del barrio