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Majareta de Juan Manuel Gil: cuando el conserje resulta ser el espejo más incómodo del barrio

Majareta de Juan Manuel Gil: cuando el conserje resulta ser el espejo más incómodo del barrio

En Majareta, Juan Manuel Gil hace algo que parece sencillo pero no lo es: tomar a un conserje prejubilado de un colegio concertado y convertirlo en el centro de gravedad moral de una comunidad que solo se mira a sí misma cuando necesita un culpable. Leo Almada, “el majareta”, lleva más de treinta años en la conserjería de los Nuevos Hermanos cuando lo ponen en la calle de forma anticipada, sin explicaciones claras, como se aparta a quien estorba en una foto que se quiere limpia. Poco después tiene lugar un episodio perturbador, una excursión escolar irregular —un minibus, veinte niños de seis años, un solo adulto: él— que termina en suceso nacional y abre la veda de los chismes, las declaraciones, las versiones cruzadas. A partir de ahí, todo el barrio habla del majareta, pero el majareta nunca habla. La novela se levanta precisamente sobre ese hueco: el punto ciego de un hombre reducido a apodo, sobre el que los demás proyectan sus miedos, sus prejuicios, sus miserias.

Gil organiza el libro como un coro de voces que no se ponen de acuerdo más que en una cosa: la necesidad de explicar lo que pasó sin asumir ninguna responsabilidad. Hay vecinos que juran haberlo visto venir, padres que jamás sospecharon nada, compañeras de colegio que se declaran sorprendidas y a la vez reivindican su instinto, una mujer que “tiene Gracia de Dios”, un “matrimonio chino” que observa desde la distancia, un conductor de autobús que en cuatro páginas, casi sin saberlo, deja caer la clave política del libro. Gil se vale de hasta cincuenta testimonios, nos dicen algunas lecturas atentas, para reconstruir no solo el día del suceso, sino la infancia, la familia, la manera de estar en el mundo de Leo Almada. La historia avanza con una lentitud calculada, “caótica, arborescente y deliberadamente enrevesada”, donde detalles que parecen irrelevantes adquieren peso al final, cuando una maestra —“la maestra que lo llamaba Sapena”— recoloca las piezas y obliga al lector a volver mentalmente sobre sus propios juicios precipitados.

Lo que sostiene la novela, más que el suspense sobre lo ocurrido, es el juego de versiones. “Aquí no es tan importante saber qué ocurrió como el juego que resulta de combinar las acciones, barajarlas y desordenarlas para mostrar que la realidad no tiene una sola cara”, ha escrito un crítico, y es difícil resumirlo mejor. El “amigo necesario del autor”, un personaje que aparece varias veces, se encarga de ordenar, comentar, sacar conclusiones sobre lo que se cuenta, poner en duda la verosimilitud y señalar la dificultad de llegar a una verdad única. La figura del escritor —o de un doble muy evidente del escritor— se cuela ahí, en esa voz que acompaña, pregunta, se deja fascinar y a la vez desconfía de cada testimonio. Hay algo incómodo en ese dispositivo: el lector se ve emplazado junto al autor y su amigo, obligado a armar la historia a partir de fragmentos interesados, sin acceder nunca al relato directo del protagonista. El majara es el ángulo muerto desde el que todo se deja ver pero que permanece oscuro.

Bajo la capa de humor —porque la hay, y mucha—, Majareta es una novela cruel en el mejor sentido: no aparta la mirada de las pequeñas miserias que sostienen un sistema entero. La excursión en minibus con un solo adulto no es un arrebato aislado de irresponsabilidad; es, como ha señalado Jorge Burón, el síntoma de una red de irregularidades asumidas como costumbre: salidas escolares con poco personal, concertadas católicas que funcionan con lógicas de impunidad, adjudicaciones y despidos llenos de zonas grises, un modo de gestionar la infancia donde los que siempre pagan el pato son los mismos. En cuatro páginas, el conductor del autobús explica —sin pretenderlo— “las condiciones materiales, políticas y socioeconómicas” que hacen posible el suceso, y la novela prefiere esa constatación lateral a cualquier discurso inflamado. No denuncia con altavoces; reproduce, en su entramado, las mismas articulaciones perversas que critica: la manera en que el poder cambia de discurso según quién habla y de quién se hable, la facilidad con que la culpa se desplaza hacia el eslabón más débil.

Hay, además, una apuesta clara por la forma. Majareta prolonga la línea metaliteraria que Gil ha ido explorando desde Trigo limpio: desdoblamientos de la figura autoral, mezcla de materiales autobiográficos con pura invención, reflexión sobre cómo se arma una historia a partir de restos. El resultado es un artefacto que se lee, en la superficie, como una novela de voces sobre “un conserje secuestrador” —así lo ha calificado Babelia— y, por debajo, como una alegoría de cómo hablamos de los otros cuando ya no pueden defenderse. El apodo del protagonista, “majareta”, funciona como un diagnóstico cómodo que exime de pensar: si está loco, si es raro, si siempre fue extraño, la comunidad puede seguir tranquila. Lo que la novela va mostrando, con paciencia, es que esa supuesta excentricidad patológica se parece demasiado a un cuento tenebroso colectivo, uno en el que todos, de un modo u otro, han decidido mirar hacia otro lado.

Que esta historia de rumores y declaraciones se publique en un sello como Seix Barral, bajo el paraguas del Grupo Planeta, añade una ironía involuntaria que algunos lectores no han dejado pasar: el mismo conglomerado que alimenta premios de literatura discutible sostiene también —en otras colecciones— algunas de las novelas más interesantes del año, entre ellas esta. Majareta, en ese contexto, no se limita a contar la caída de un conserje mal visto; señala una estructura entera, una manera de organizar la escuela, el barrio, la opinión pública, en la que la verdad importa menos que la comodidad de tener a mano un culpable reconocible. Es ahí donde la novela se acerca, sin subrayarlo, a una literatura verdaderamente política: esa que “muestra las costuras del mundo” sin aspavientos y deja que sea el lector quien decida hasta qué punto quiere verlas.

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