Maite, de Fernando Aramburu: Cuatro días para no mirar
San Sebastián, julio de 1997. Cuatro días. Es todo lo que Aramburu necesita para construir una novela que pesa mucho más que su extensión. El 10 de julio ETA secuestra a Miguel Ángel Blanco, concejal del PP en Ermua. El 12 lo asesina. En esos mismos días, Maite, una mujer sensible y reflexiva, recibe en su piso de la calle San Marcial a su hermana Elene, que lleva años viviendo en Providence con su marido americano y sus hijos, y vuelve porque su madre, Manoli, ha sufrido un ictus y el miedo a que la internen en una residencia la tiene muy afectada. Lo que ocurre fuera —el horror colectivo, las manifestaciones, el conteo regresivo de los telediarios— y lo que ocurre dentro —los silencios entre hermanas, los secretos que cada una carga, la fragilidad de la madre— funcionan en paralelo durante toda la novela sin cruzarse del todo. Eso es, exactamente, lo que interesa a Aramburu.
Maite es la quinta entrega de la serie Gentes vascas que Aramburu lleva construyendo con paciencia de artesano desde hace años. Pero conocer las entregas anteriores no es requisito: la novela se sostiene sola. Se sostiene, sobre todo, en un personaje que desde la primera página impone su presencia con esa autoridad silenciosa que tienen las personas que piensan mucho y dicen poco. Maite no es una heroína. Es una mujer atrapada en convenciones que ha aceptado como propias sin haberlas elegido del todo, una mujer que se da cuenta de que hay cosas que no ha mirado de frente y que quizás ya no quedan horas suficientes para mirarlas. Aramburu la narra en tercera persona pero con tal proximidad a su conciencia que el resultado es casi una primera persona: los monodiálogos que la protagonista mantiene consigo misma, ese plegarse hacia dentro que es la marca de su carácter, son el auténtico motor emocional de la novela.
El asesinato de Miguel Ángel Blanco es el telón de fondo. Y aquí conviene ser preciso, porque Maite no es una novela sobre ETA aunque ETA esté en cada página. Aramburu ha dicho que quiso escribir una novela de mujeres, no sobre el terrorismo, y eso se nota en cómo trata el peso histórico: lo integra como la lluvia, como algo que está ahí, que moja, que no se puede ignorar, pero que no devora la intimidad de los personajes sino que la condiciona. Las hermanas oyen las noticias, hablan del concejal, sienten la presión del entorno, pero tienen también sus propias heridas. La madre tiene su vejez y su miedo. La historia colectiva y la historia privada avanzan juntas sin que ninguna fagocite a la otra, y ese equilibrio, que parece sencillo y no lo es, es uno de los logros técnicos más notables de la novela.
Elene, la hermana que volvió de lejos, mira San Sebastián con los ojos de quien ha vivido fuera el tiempo suficiente para no ver ya las cosas como naturales. Ese contraste entre la mirada desde dentro —Maite, que ha permanecido, que ha normalizado— y la mirada desde fuera —Elene, que observa con extrañeza— es el eje del que cuelgan las conversaciones más incómodas, esas en las que se dice casi todo excepto lo que de verdad importa. Aramburu no juzga a sus personajes. Los expone. Los deja hablar y callar y esquivarse, y confía en que el lector tenga la paciencia y la inteligencia de completar lo que no se dice. Eso, que algunos críticos han leído como frialdad o distancia excesiva, a mí me parece respeto.
Hay voces críticas que apuntan que la novela no cumple del todo las expectativas que genera su dispositivo: que el vínculo entre el drama de Miguel Ángel Blanco y el drama doméstico no alcanza la fusión que parecía prometida, que la prosa, en algunos tramos, pierde la vibración que caracterizó a Patria. Es una objeción razonable. La articulación entre lo histórico y lo íntimo funciona mejor en la primera mitad que en el desenlace, donde la emoción a veces se contiene tanto que acaba por enfriarse antes de llegar. Pero incluso con esa reserva, Maite es una novela que hace lo que la mejor literatura siempre ha hecho: tomar un momento de la historia que todos creemos conocer y devolvérnoslo desde dentro de una conciencia individual, desde la altura —o la pequeñez— de una vida concreta, para que lo que era memoria colectiva vuelva a doler como si fuera por primera vez.
Aramburu lleva décadas mirando el País Vasco sin apartar los ojos cuando incomoda. Maite es otra prueba de que esa mirada sostenida, cuando la ejerce un narrador de su oficio, produce literatura que permanece.









