Actualidad NoticiasPanorama Editorial

Los caminos entrecruzados de Ramón J. Sender

Hay escritores que no caminan: atraviesan. Pasan por la literatura como una ráfaga con polvo de carretera, con sangre seca en las botas y una verdad incómoda en los bolsillos. Ramón J. Sender fue uno de esos. Un hombre escrito por la Historia y, a la vez, empeñado en reescribirla desde la herida.

Sender no tuvo una vida: tuvo un siglo encima. Nació en Aragón, tierra de piedra y silencio, donde las palabras pesan más que los gestos, y desde muy pronto entendió que escribir no era un oficio sino una forma de resistencia. Periodista antes que novelista, llevaba la frase como quien lleva un arma cargada: no para disparar al aire, sino para apuntar al centro moral de las cosas. En él, la literatura no adorna: acusa.

La Guerra Civil lo partió en dos, como a tantos. Pero en Sender la fractura no se cerró nunca. Le fusilaron a la mujer, le robaron el país, le desordenaron la fe y aun así siguió escribiendo, que es una manera muy española de no rendirse. Su exilio no fue solo geográfico —América, el desierto, las universidades— sino también interior: ese lugar donde el escritor ya no sabe si escribe para recordar o para sobrevivir.

Sender tenía algo de profeta cansado. No el profeta bíblico de la voz tronante, sino el que ha visto demasiado y aun así insiste. Su prosa es seca, sin maquillaje, con una moral de intemperie. No hay lirismo gratuito: hay verdad narrada. Y cuando se permite la ternura —en los niños, en la memoria rural, en cierta nostalgia de justicia— lo hace como quien deja una flor en un lugar devastado.

Réquiem por un campesino español no es una novela: es una lápida escrita con rabia contenida. Un país entero cabe en esas páginas breves, donde el cura duda, el campesino muere y la Historia pasa como un tractor sin frenos. Sender entendió antes que muchos que la tragedia española no era solo política, sino moral: la traición cotidiana, el silencio cómplice, la misa que tapa el disparo.

Y luego está el otro Sender, el torrencial, el prolífico, el que escribe como si el tiempo fuera a acabarse mañana. Novelas, ensayos, memorias. A veces irregular, sí, pero siempre auténtico. Porque Sender no buscaba el estilo: buscaba decir. Y decir, en ciertos momentos, es más importante que escribir bien.

Murió lejos, como mueren los exiliados, con la patria convertida en recuerdo y la lengua como último refugio. Pero dejó algo que no se exilia: una obra que incomoda, que pregunta, que no se deja domesticar por las modas ni por las reconciliaciones fáciles.

Leer hoy a Ramón J. Sender es abrir una ventana a un país que todavía no ha terminado de entenderse. Y quizá por eso sigue siendo necesario. Porque hay escritores que entretienen, escritores que brillan… y luego están los que duelen. Sender pertenece a esa estirpe. Y de esa no se sale indemne.

Noticias relacionadas

La AAEC expande su prestigioso Premio Andalucía de la Crítica con nuevas categorías de ensayo y literatura infantil y juvenil