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Lorenzo Silva: tres décadas mirando España desde el lado incómodo de la ley

Lorenzo Silva: tres décadas mirando España desde el lado incómodo de la ley

Hay escritores que construyen su obra como una sucesión de destellos aislados y otros que levantan, libro a libro, un territorio reconocible donde el lector sabe que siempre encontrará una mirada, una ética, una forma de entender el mundo. Lorenzo Silva pertenece claramente a estos últimos. Desde mediados de los noventa, su narrativa ha tejido una red de novelas policiacas, históricas y ensayísticas que suman millones de lectores y han hecho de él uno de los nombres imprescindibles a la hora de pensar cómo la literatura española ha contado el presente: a ras de calle, con la Guardia Civil al fondo, con guerras más o menos lejanas resonando todavía en los cuerpos y con una conciencia muy clara de las sombras del Estado y de sus ciudadanos.

Su trayectoria arranca lejos del fenómeno Bevilacqua y Chamorro, con novelas como La flaqueza del bolchevique (finalista del Premio Nadal 1997), donde ya se percibía una inclinación por los personajes en conflicto con el orden establecido, y se consolida en registros diversos: la guerra colonial en El nombre de los nuestros, la memoria de la Guerra Civil en Carta blanca (Premio Primavera 2004), la reflexión histórica y moral sobre el golpe de Companys en Recordarán tu nombre, la mirada hacia las raíces castellanas en Castellano o la exploración de los límites de la violencia y del Estado en Nadie por delante y Púa. A ello se suman el libro de viajes Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos, y el ensayo Sereno en el peligro, premiado con el Algaba, donde la investigación sobre la Guardia Civil se convierte en una pieza clave para entender el trasfondo de buena parte de su ficción posterior. Todo compone un mapa coherente: el de un escritor que mira la historia y la actualidad no desde la neutralidad académica, sino desde la posición de quien se sabe implicado en las fracturas que describe.

El gran cauce de esa implicación ha sido, sin duda, la serie protagonizada por Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, subteniente de la UCO y brigada de la Guardia Civil respectivamente. Desde El lejano país de los estanques hasta Las fuerzas contrarias, pasando por hitos como El alquimista impaciente (Premio Nadal 2000) o La marca del meridiano (Premio Planeta 2012), la saga ha demostrado que es posible escribir novela de investigación popular sin renunciar al análisis profundo de un país que cambia a golpes de corrupción, violencia de género, terrorismo, crimen organizado y precariedad. Las fuerzas contrarias, publicada en 2025, concentra esa ambición: ambientada en plena pandemia, con cadáveres certificados a distancia y residencias convertidas en puntos ciegos del sistema, enfrenta a Bevilacqua y Chamorro no solo a dos crímenes, sino a la constatación de que el mal se infiltra mejor cuando la sociedad está paralizada por el miedo. El propio Silva ha señalado que en esa novela se evidencian “fracturas que ya existían” y que la pandemia solo dejó al descubierto: el trato a los mayores, la insuficiencia de las estructuras sanitarias, las carencias de un Estado que certifica muertes desde el portal mientras algún asesino oportunista aprovecha la confusión.

Uno de los grandes aciertos de la serie —y de la poética de Silva en general— es haber hecho de Virginia Chamorro mucho más que una comparsa del carismático Bevilacqua. El autor lo ha reconocido: incluir desde el inicio a una investigadora joven, aparentemente tímida, fue su “mayor acierto” porque le permitió narrar, a través de ella, la transformación de la sociedad española en materia de género: el paso de la mujer de un papel doméstico o subalterno a posiciones de autoridad dentro de un cuerpo históricamente masculinizado como la Guardia Civil. Esa sensibilidad hacia las tensiones de género y hacia las desigualdades atraviesa también la serie escrita a cuatro manos con Noemí Trujillo, protagonizada por la inspectora Manuela Mauri. En La Innombrable (2024), tercera entrega, el foco se sitúa en la prostitución y la trata de menores: una joven de dieciséis años captada por una red, clientes que saben que pagan por sexo con niñas y un sistema judicial donde la inspectora pelea para que no solo caiga la red, sino también quienes alimentan la demanda. La novela, como ha subrayado la crítica, refuerza la idea de que el policial, en manos de Silva y Trujillo, funciona como altavoz de la denuncia social: la investigación no se limita a identificar culpables, sino que expone mecanismos de explotación y violencia que el discurso público tiende a invisibilizar.

Si algo distingue a Lorenzo Silva en el panorama de la novela negra y la narrativa histórica española es la combinación de rigor documental, ambición ética y respeto por las reglas del género. Sus libros se leen con la fluidez de un buen thriller, pero no se agotan en el giro de guion o en la sorpresa final: construyen personajes que envejecen, que dudan, que se equivocan, que arrastran traumas de guerra, de familia, de oficio, y que obligan al lector a preguntarse qué significa realmente “estar de parte de la ley” en un país donde la ley, demasiadas veces, llega tarde o llega mal. De ahí que sus guardias civiles literarios hayan resistido ya tres décadas sin perder relevancia: porque, más allá del caso concreto, nos siguen contando España —sus luces, sus zonas oscuras, sus contradicciones— a ritmo de buen policial. Y porque, como demuestra también su trabajo ensayístico y su incursión en otras series, Silva escribe siempre desde un mismo compromiso de fondo: no convertir el crimen en espectáculo, sino en espejo.

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