- La Navidad es un árbol con letras. Un abeto tipográfico donde cuelgan novelas como bolas, ensayos como campanas, poemarios como ángeles de escayola pobre. Diciembre no se lee: se recuerda. Y el libro —ese objeto que aún huele a imprenta y a tiempo— sigue siendo el regalo que no caduca, el único que no engorda ni se rompe ni se devuelve. He aquí, pues, los diez libros más importantes de esta Navidad, no porque lo digan los suplementos culturales —esa meteorología del entusiasmo—, sino porque dialogan con el invierno del mundo.
En agosto nos vemos, de Gabriel García Márquez, el libro póstumo es siempre un velatorio con lectores. Aquí Gabo vuelve como se vuelve a Macondo: con una mujer sola, una isla, el deseo como última verdad. Es breve, leve, imperfecto. Como la memoria. Y por eso importa.
La llamada, de Leila Guerriero: El periodismo cuando deja de ser noticia y se convierte en literatura moral. Guerriero escribe con una precisión quirúrgica, pero con alma. Es un libro sobre la violencia, sí, pero también sobre la palabra como resistencia. Navidad también es eso: mirar lo que duele sin luces.
El infinito en un junco, de Irene Vallejo, este libro ya es un clásico navideño, como el turrón blando o el Bach de las Goldberg. Habla de libros y, por tanto, habla de nosotros. Es la Biblia laica de los lectores, el evangelio del papiro y la biblioteca.
Los errantes, de Olga Tokarczuk, la Nobel escribe como quien camina sin mapa. Fragmentos, viajes, cuerpos, fronteras. Es un libro para leer despacio, entre comidas familiares y silencios heredados. La Navidad también es errancia interior.
Poeta chileno, de Alejandro Zambra, Zambra ha escrito la novela más tierna sobre la paternidad sin padre, la poesía sin solemnidad y la familia como accidente. Un libro que se lee con sonrisa y deja poso. Como un buen brindis.
Vivir con nuestros muertos, de Delphine Horvilleur, un libro sobre el duelo que no entristece, sino que acompaña. La autora —rabina, ensayista, mujer lúcida— nos recuerda que la Navidad también es una conversación con los que no están. Y que eso no es triste, sino humano.
Los nombres propios, de Marta Jiménez Serrano, la intimidad elevada a categoría literaria. Amores, rupturas, juventud, memoria reciente. Un libro que se lee como quien revisa viejas fotografías sin saber si reír o llamar a alguien.
El acontecimiento, de Annie Ernaux, Ernaux escribe como quien confiesa sin pedir perdón. Este libro —duro, necesario— recuerda que la literatura no está para adornar el mundo, sino para decirlo. En Navidad también hay verdad, aunque no tenga lazo.
Las gratitudes, de Delphine de Vigan, la palabra “gracias” como tema literario. Un libro pequeño y hondo, ideal para regalar a quien ya lo ha tenido todo. O a quien empieza a perderlo.
Poesía completa, de Blanca Sarasua, porque la Navidad sin poesía es un centro comercial. Sarasua escribe el amor como quien escribe una herida limpia. Regalar poesía es un acto de fe, y esta obra completa es un misal laico para el invierno y una voz originalísima.









