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Las islas negras de Alexis Ravelo: La intemperie moral de un archipiélago

Las islas negras de Alexis Ravelo: La intemperie moral de un archipiélago

Las islas negras reúne por primera vez en un solo volumen La ceguera del cangrejo, Un tío con una bolsa en la cabeza y Los nombres prestados, tres novelas con las que Alexis Ravelo fue fijando un territorio literario propio dentro de la negra española, y esa operación de reunirlas ahora no funciona como simple rescate de catálogo, sino como la prueba de que había en su obra una misma música de fondo: la corrupción como clima, la violencia como costumbre y el perdón como asunto siempre tardío. Ravelo, nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1971, dejó una narrativa muy pegada a la calle y a la fractura social, y la cronobiografía pública de su obra permite ver con claridad que estas tres piezas, publicadas originalmente entre 2019 y 2022, forman una secuencia de madurez más que una suma ocasional de títulos dispersos. Siruela sitúa el libro en su colección policíaca y los repertorios bibliográficos lo presentan como un volumen de 672 páginas, pero el dato importante no es el grosor, sino la respiración larga que adquiere un autor cuando se lo lee así, de corrido, sin que cada entrega quede aislada por la novedad de temporada. Lo que aparece entonces es un escritor que no usó Canarias como postal exótica ni como decorado de folclore, sino como laboratorio feroz de lo español contemporáneo, donde el dinero, el urbanismo, el turismo, la impostura y la necesidad se mezclan hasta formar una sustancia moral bastante más tóxica que el paisaje de catálogo.

Basta mirar el modo en que se presentan los conflictos de cada una de las novelas para entender por dónde iba Ravelo: en La ceguera del cangrejo, “Ángel Fuentes acaba de perder a su pareja en un accidente en Lanzarote” y sospecha enseguida que la muerte oculta otra verdad, lo que ya instala una investigación nacida no del heroísmo, sino de la herida y de la desconfianza. En Un tío con una bolsa en la cabeza, el golpe es más seco y más cruel, porque “Gabriel Sánchez Santana es el alcalde corrupto del no menos corrupto municipio de San Expósito” y queda reducido, con la cabeza dentro de una bolsa de basura, a investigador de su propio asesinato; la escena tiene algo de farsa salvaje, pero también de ajuste de cuentas con una España municipal donde el poder local suele oler a sudor, cemento y alcantarilla. Y en Los nombres prestados la máscara se vuelve identidad quebrada: “Tomás Laguna podría ser un corredor de seguros jubilado, y Marta Ferrer podría perfectamente pasar por traductora”, pero ambos viven bajo nombres y biografías fingidas mientras el pasado regresa para cobrar intereses atrasados. Ese encadenamiento de tramas revela un rasgo central de Ravelo: no escribía enigmas para entretener la tarde, sino historias donde la culpa cambia de domicilio, la mentira se vuelve una forma de supervivencia y nadie sale limpio, aunque todavía conserve un resto de dignidad bajo el barro.

La frase reproducida en Fnac, “Los personajes de Ravelo están hechos de piel mucho más que de tinta”, acierta porque apunta al nervio de este libro: aquí no comparecen piezas de ajedrez narrativo, sino seres empujados por pérdidas, rencores, miedo y cansancio, y por eso la intriga importa menos que la erosión interior que deja. Las islas negras permite leer esa insistencia de Ravelo como una memoria negra de la vida social, política y económica española de las últimas décadas, tal como lo resume la propia presentación editorial, pero el interés del volumen está en que esa memoria no se formula con discurso sociológico ni con superioridad ideológica, sino con carne narrativa, con personajes ambivalentes y con una mirada que sabe que el mal rara vez se presenta vestido de excepción: casi siempre llega con modales administrativos. Por eso este tomo vale menos como monumento póstumo que como recordatorio incómodo: Ravelo entendió que la novela negra, cuando no se limita al truco policial, sirve para radiografiar la normalización del abuso y la facilidad con que una comunidad aprende a convivir con lo indecente si el sol aprieta, el dinero circula y cada cual conserva su pequeña coartada. Leído hoy, en bloque, el libro deja una impresión áspera y persistente: la de un país que se mira en las islas para fingir que contempla una periferia, cuando en realidad está viendo, con luz demasiado nítida, su propio centro moral.

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