La ciudad de las luces muertas de David Uclés: cuando Barcelona en tinieblas recuerda que su verdadera energía es la memoria
Hay novelas que no se limitan a contar una historia, sino que reclaman un territorio entero para convertirlo en materia de ficción. La ciudad de las luces muertas, con la que David Uclés ha ganado el Premio Nadal 2026, pertenece a esa estirpe: no se conforma con ambientarse en Barcelona, sino que la toma como protagonista, la somete a una prueba extrema —un día completo sin luz solar ni artificial— y la obliga a revelar, en la oscuridad, todas las capas de tiempo y de memoria que la han ido formando. El punto de partida es de una sencillez engañosa: en la posguerra, una joven provoca accidentalmente un apagón absoluto que sume a la ciudad en una penumbra azulada, donde solo el fuego conserva su capacidad de iluminar. A partir de ese gesto —que descubrimos pronto ligado a Carmen Laforet, la autora de Nada—, las Barcelonas que han existido convergen y se superponen: reaparecen edificios derribados, asoman construcciones del futuro, el tranvía de otro tiempo se cruza con las vías del metro actual y el Eixample se puebla de sombras de la Guerra Civil que vuelven a ocupar el cielo.
En ese palimpsesto, Uclés despliega una trama coral donde el realismo mágico —o lo que la crítica ha acordado llamar así, con más comodidad que precisión— funciona como herramienta para interrogar la historia y no como simple ornamento. Los muertos regresan, pero no como espectros abstractos, sino con nombres propios: Picasso hace llorar a Simone Weil, Cortázar retrata a Carmen Laforet, Gaudí barniza a los transeúntes, Roberto Bolaño se adelanta a su propia muerte, García Márquez huye en barca, George Orwell protege a Montserrat Caballé, Núria Espert y Jordi Savall de los proyectiles suspendidos en el aire. La novela organiza estos encuentros improbables como escenas de una “fiesta de las artes” que no pierde de vista su dimensión política: los escritores, los músicos, los pintores, las actrices, los arquitectos que se cruzan por las calles en tinieblas no son figurantes de un carnaval posmoderno, sino encarnaciones de eso que el propio Uclés ha definido como “conciencia profunda de la sociedad”.
En el centro de ese dispositivo está Carmen Laforet, convertida aquí en detonante del apagón: la joven que, en 1944, ganó el primer Nadal con Nada y narró una Barcelona de sombras y hambre, necesita —dice la novela— la oscuridad literal para poder escribir. Ese gesto, que podría interpretarse como simple guiño metaliterario, se inserta en un homenaje más amplio a las tres grandes escritoras que sostienen la genealogía catalana del siglo XX: Laforet, Mercè Rodoreda y Montserrat Roig. Uclés no lo oculta: proclama desde el atril del Nadal que La ciudad de las luces muertas es “una carta de amor a Barcelona. A Montserrat Roig, a Mercè Rodoreda y a Carmen Laforet, porque sin sus palabras y su escritura esta novela no existiría”. La ficción, así, se escribe desde una conciencia explícita de deuda: las voces que convirtieron la ciudad en espacio literario de resistencia durante la dictadura vuelven ahora para habitar una Barcelona en la que el tiempo se ha desordenado, pero la lucha por la memoria sigue siendo la misma.
Frente a la tentación de construir un gran mural solemne, la novela opta por una mezcla de gravedad e ironía que, en algunos pasajes, roza el humor surrealista. Los críticos han subrayado el carácter lúdico del artefacto: Dalí, por ejemplo, propone la teoría de los “castillos de naipes” para explicar que varias Barcelonas de distintos tiempos han colapsado sobre la misma mesa; Gaudí contempla, jubiloso, su Sagrada Familia terminada mientras se deja invadir por turistas de un siglo que no es el suyo; un detective llamado Pepe Carvalho recorre la ciudad como si investigara un crimen cósmico; una piloto, Mari Pepa Colomer, se juega la vida volando en plena oscuridad para colocar una bombilla en el cielo. En esa dimensión más jocosa, Uclés asume un riesgo calculado: si el exceso de guiños y de cameos puede amenazar con saturar la narración, también permite que el lector perciba la novela como un espacio de juego, de libertad imaginativa, y no como un tratado disfrazado de ficción.
El desenlace, con esa avioneta alcanzada por una bomba congelada en el aire, la reacción en cadena que hace estallar todos los proyectiles de la Guerra Civil retenidos sobre Barcelona y la nube de fuego que parece anunciar la destrucción definitiva, tiene la forma de una catarsis alegórica: hay un sacrificio, hay una reversión del deseo inicial de Carmen, hay una ciudad sometida a una prueba de purificación por el fuego. Y, sin embargo, la novela decide que al dar las doce la luz regresa, no como premio milagroso, sino como consecuencia de un gesto colectivo: la suma de artes, de memorias, de resistencias que han decidido no aceptar la oscuridad como destino. El jurado del Nadal sintetizó esta apuesta en una frase que puede leerse como poética de fondo del libro: “la luz regresa cuando alguien se atreve a imaginarla”.
Desde un punto de vista estrictamente literario, La ciudad de las luces muertas prolonga y depura la estética que Uclés ensayó en La península de las casas vacías, esa “novela total” sobre la Guerra Civil en un país rebautizado como Iberia, donde la imaginación fabuladora no diluía el horror histórico sino que lo hacía más visible. Aquí el escenario se reduce a una única ciudad, pero el movimiento es similar: convertir lo histórico en fábula, desplazar el foco de los manuales hacia las vidas concretas, de los partes oficiales a las casas, los cuerpos, las plazas bombardeadas, los teatros que buscan seguir abiertos en medio del caos. La crítica ha coincidido en señalar la “poderosa inventiva” y la “capacidad fabuladora” del autor, incluso cuando parte de esa misma crítica advierte de los riesgos de un dispositivo narrativo tan saturado de referencias, épocas y personajes. Hay quien ve en la novela un palimpsesto deslumbrante; hay quien la considera una “anodina fantasía rebosante de lugares comunes”. Entre esos dos extremos, el lector deberá encontrar su propia altura de lectura.
Lo que sí parece indiscutible es que Uclés ha decidido inscribir su novela en una tradición precisa: la de los relatos que utilizan lo fantástico no para escapar de la realidad, sino para interrogarla, para desarmar sus versiones oficiales. Barcelona en tinieblas, desbordada por todas sus épocas a la vez, se ofrece como metáfora de una ciudad —y, por extensión, de un país— que no ha terminado de ajustar cuentas con su historia, y que necesita de sus artistas, vivos y muertos, para encontrar una forma de seguir adelante sin renunciar a la memoria. Que ese gesto se articule en clave de homenaje a las escritoras que hicieron de la ciudad un espacio literario de resistencia y de refugio añade una capa de sentido que convierte La ciudad de las luces muertas en algo más que un mero “acontecimiento” de temporada. Es, con sus excesos y sus hallazgos, la confirmación de una voz narrativa que ha elegido el riesgo —formal, temático, político— como forma de fidelidad a la literatura que la hizo posible.








