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La Casa Zafiro de Marissa Meyer. La mansión de las brujas falsas y los secretos góticos.

La mansión de las brujas falsas y los secretos góticos

La literatura contemporánea nos entrega, de cuando en cuando, piezas que deslumbran por su audacia formal y su capacidad para transformar mitos clásicos en recintos narrativos de inquietud y revelación. “La Casa Zafiro” de Marissa Meyer, que aparece estos días en la oferta española de novedades, se asienta en esta estirpe de relecturas emancipadas, tan propia de las voces que buscan ensanchar la tradición. La propuesta de Meyer, que las cifras estadounidenses avalan como superventas, resulta en este caso profundamente interesante, no sólo por el arriesgado juego con el arquetipo de Barbazul —que reaparece, aquí, engalanado en ropajes de mansión gótica y brujería impostada— sino por la capacidad de la autora de urdir una trama en la que la atmósfera precede, invade y condiciona la acción.

Mallory Fontaine, la protagonista, se presenta como una paradoja viva: bruja que ni es bruja ni deseó nunca serlo. Atrapada en el mecanismo social de fingir poderes que no posee, sus únicos dones reales se limitan a la visión de fantasmas, espectros que pululan el caserón en que se desenvuelve la historia. La Casa Zafiro, poco a poco, deviene en personaje: sus rincones oscuros, sus muros repletos de ecos y sus estancias marcadas por la sospecha aportan el verdadero pulso narrativo que sostiene el relato. Si la novela se mueve entre el thriller y la fantasía gótica, lo hace con una escritura de ritmo preciso, que no rehúye las modulaciones introspectivas ni las tensiones propias del relato de misterio.

Meyer logra que el lector se interrogue continuamente por la naturaleza de lo real. ¿Qué se oculta tras los asesinatos sucesivos en la mansión? ¿Dónde acaba la apariencia y comienza la verdad en un universo donde los personajes, como Mallory, están obligados a sobrevivir en la impostura? El telón de fondo es una sociedad donde la magia —auténtica o fingida— es moneda de cambio y maldición a la vez. Las figuras secundarias contribuyen con sus secretos y silencios a la construcción de una atmósfera inquietante próxima, en ocasiones, al terror clásico, aunque la autora no renuncia a la ironía fina ni a la mirada compasiva sobre sus criaturas.

En definitiva, “La Casa Zafiro” funciona como un engranaje exacto de sensaciones, expectativas y revelaciones. La novela satisface la doble exigencia de técnica y emoción, ese equilibrio que sólo los narradores maduros alcanzan. Su revisión de Barbazul, lejos del pastiche, ilumina nuevas sendas interpretativas y refuerza la vigencia de los temas eternos: el poder, la mentira, el miedo y la búsqueda de la verdad, aunque sea entre sombras y espectros. Nos hallamos ante una lectura que, sin duda, merece el interés del buen lector literario, atento siempre a las novedades que renuevan y desafían los géneros clásicos.

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