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José Félix Olalla un poeta de prestigio del que llegan sus memorias

Con Los cantos de Toribiano (Ediciones Vitruvio), José Félix Olalla añade una nueva y significativa pieza a una trayectoria literaria larga, coherente y muy sólida. Conocido sobre todo como poeta —y reconocido muy tempranamente con un accésit del Premio Adonáis por Doble luna de Marte—, Olalla se adentra ahora en el territorio de la prosa memorialística sin abandonar la mirada lírica que ha caracterizado toda su obra.

    Lejos de tratarse de una “ópera prima narrativa”, el libro debe leerse como la decantación natural de una voz literaria madura que lleva décadas ejercitándose en la precisión verbal, el ritmo y la observación interior. Los cantos de Toribiano reúne veintitrés estampas autobiográficas que recorren la infancia, la juventud y la madurez del autor a través de un alter ego entrañable: Toribiano, apodo familiar que remite a los veranos rurales en Espinosa de los Monteros y a una identidad íntima ligada a la memoria y al juego.

    El propio título condensa bien la poética del libro. “Canto” es aquí canción, fragmento épico y también piedra rodada por el río. Los “cantos” de Toribiano son, a la vez, piezas narrativas breves y materiales de la infancia: piedras de la ribera del Trueba con las que los niños construían maquetas mientras esperaban la hora del baño. Desde ese símbolo humilde y cargado de resonancias, Olalla construye un libro donde la vida ordinaria adquiere densidad literaria sin perder naturalidad.

    Las escenas que desfilan por estas páginas son mínimas y, a la vez, reveladoras: el miedo infantil ante un guiñol sombrío; el aprendizaje fallido como monaguillo; los campamentos scouts; los tebeos arrojados a la basura; los primeros amores torpemente perdidos; la mili; los años de trabajo en Tenerife y en Londres; la paternidad; la convivencia con personajes familiares inolvidables como Carmen o Gabriela; y, ya en la madurez, la experiencia de la enfermedad neurológica y la hospitalización.

    Uno de los grandes méritos del libro es su tono. Olalla escribe sin grandilocuencia, sin sentimentalismo y sin nostalgia empalagosa. La emoción está siempre contenida y sostenida por una ironía suave que actúa como mecanismo de defensa y como forma de lucidez. Incluso cuando aborda episodios delicados —la estancia en la UCI, la fragilidad física, la conciencia del deterioro—, el texto rehuye el dramatismo y se apoya en una ética de la paciencia, el humor mínimo y la gratitud por los afectos recibidos.

    No es casual que Los cantos de Toribiano esté atravesado por referencias literarias que van de León Felipe a Kipling, de Medardo Fraile a Camus o Carlos Edmundo de Ory. No aparecen como ornamento culturalista, sino como parte orgánica de una biografía de lector. En uno de los pasajes más reveladores, el joven Toribiano elige como especialidad scout la de “lector”: una imagen que funciona casi como declaración de principios de todo el libro.

    Este volumen confirma además algo que los lectores de su poesía ya sabían: que José Félix Olalla posee una rara capacidad para unir claridad expresiva y profundidad reflexiva. Su prosa es limpia, rítmica, de una sencillez solo aparente. No busca deslumbrar con artificios formales, sino acompañar al lector con una voz serena, exacta y hospitalaria.

    Conviene subrayar que Olalla no es un autor tardío que llega a la literatura tras jubilarse, sino un escritor veterano que lleva toda la vida publicando poesía y que ahora ensancha su territorio expresivo hacia la memoria narrativa. El accésit del Adonáis por Doble luna de Marte no fue un accidente juvenil, sino el primer hito visible de una vocación sostenida en el tiempo.

    Los cantos de Toribiano es, en última instancia, un libro de gratitud: hacia la infancia, la familia, los amigos, los hijos, la literatura y la vida misma, con sus heridas incluidas. Un libro humilde y profundo, que demuestra que la verdadera épica contemporánea no siempre está en los grandes gestos, sino en la fidelidad a la propia experiencia y en la capacidad de contarla con verdad.

 

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