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«El loco de Dios en el fin del mundo» de Javier Cercas. Un ateo en el avión del vicario de Cristo.

Un ateo en el avión del vicario de Cristo

Hay propuestas que, sobre el papel, parecen un chiste privado entre dioses aburridos: un ateo militante, racionalista contumaz, invitado a subirse al avión del papa para acompañarlo al que este mismo llamó “el fin del mundo”. El loco de Dios en el fin del mundo, la “novela sin ficción” de Javier Cercas, arranca exactamente ahí: en un vuelo rumbo a Mongolia en el que el escritor se ha embarcado con una misión que suena a despropósito y a ajuste de cuentas íntimo a la vez. No va a cubrir un viaje oficial ni a firmar una crónica piadosa; va a preguntarle al anciano vicario de Cristo si existe la vida eterna, si de verdad hay una resurrección de la carne, si su madre verá a su padre cuando muera. Y, de paso, va a llevarle a su madre la respuesta.

La sinopsis, en apariencia mínima, contiene todas las tensiones que sostienen el libro: un escritor que se define sin rodeos como ateo, anticlerical, laicista, fascinado sin embargo por la figura del papa Francisco; una Iglesia a la que ha criticado con frecuencia y que ahora le abre las puertas del Vaticano, le permite hablar con los hombres que rodean al pontífice y lo deja viajar pegado a la delegación oficial; un destino, Mongolia, que no es un bastión católico sino un país budista con poco más de tres millones de habitantes y apenas unos miles de fieles. Todo en el planteamiento parece diseñado para incomodar: al escritor, obligado a poner a prueba sus prejuicios; al lector, que ve cómo el viejo esquema del “autor contra la Iglesia” se desarma y se recompone en otra cosa; al propio aparato eclesial, observado de cerca por alguien que no está dispuesto a firmar panegíricos.

Cercas bautiza el libro como “novela sin ficción” porque utiliza todos los recursos de la narrativa —estructura, escenas, diálogos, suspenso— sin inventarse el material de fondo: aquí no hay personajes apócrifos ni tramas paralelas, sino un yo narrador que se exhibe con su mezcla habitual de ironía y desgarro, y una galería de figuras reales: el papa, sus colaboradores, los católicos de la periferia mongola, la madre del autor y su pregunta obstinada sobre el más allá. El resultado es un híbrido extraño y eficaz: por un lado, un thriller filosófico que avanza como una investigación sobre el misterio de la fe y el papel de la Iglesia en el siglo XXI; por otro, una suerte de testamento espiritual ajeno, el de Francisco, leído y reinterpretado por alguien que no cree en Dios pero que entiende el poder político, moral y simbólico de la institución que ese hombre encarna.

El viaje a Mongolia funciona como espina dorsal del relato, pero también como metáfora insistente. Francisco, recuerda Cercas, fue el primero en hablar de sí mismo como alguien venido “casi del fin del mundo”, y no sólo por su origen argentino: también por esa obsesión suya con las periferias, con los descartados, con los lugares donde la Iglesia parece estadísticamente irrelevante y, sin embargo, decide estar. Acompañarlo a Ulán Bator es acompañarlo a una frontera geográfica y simbólica: ahí donde la fe se sostiene sin la protección masiva de la tradición, donde cada comunidad es un enclave frágil. En ese paisaje de templos budistas, católicos minúsculos y estepas inmensas, el libro alterna las conversaciones con el pontífice y su entorno con las propias cavilaciones del narrador: sobre la resurrección, sí, pero también sobre la política, el poder, la corrupción interna de la Iglesia, los intentos de reforma, las resistencias ferozmente organizadas, los posibles herederos y hasta la hipótesis de un cisma si Francisco hubiera llegado más lejos en su empeño.

Una de las decisiones más inteligentes del libro es no disfrazar la contradicción: cada crítica severa al Vaticano, a sus zonas de sombra, a sus silencios culpables, convive con una especie de respeto obstinado por la figura del papa; cada elogio a la valentía de Francisco viene acompañado de la enumeración de sus límites, sus ambigüedades, sus gestos fallidos. Cercas, que ha hecho de la ambivalencia moral una de sus herramientas preferidas, sabe que una narrativa lineal —el Papa bueno contra la Iglesia mala, el escritor descreído convertido a última hora— sería un fraude. Por eso, el escritor no se cae del caballo en mitad de la estepa ni descubre de pronto la fe, pero sí deja constancia de una transformación más discreta: una sensibilidad religiosa afinada, la intuición de que la pregunta por la vida eterna no es un residuo medieval sino una preocupación radical, que atraviesa incluso a quienes dicen no creer.

Leído desde la tradición del propio Cercas, El loco de Dios en el fin del mundo prolonga el proyecto que va de Soldados de Salamina a Anatomía de un instante: someter a examen una figura y un episodio histórico para, a través de ellos, interrogar una época y un sistema de valores. Aquí la figura es Francisco; el episodio, un viaje papal aparentemente lateral; la época, una modernidad que se proclama secular y sin embargo sigue obsesionada con la supervivencia tras la muerte, con la autoridad moral, con la necesidad de relatos que otorguen sentido a la intemperie. Que el libro se haya convertido en uno de los títulos clave del año no es sólo cuestión de coyuntura ni de marketing vaticano: responde a la sensación, bastante incómoda, de que en esa cabina de avión, con un ateo interrogando al “loco de Dios”, se está hablando de algo que nos concierne a todos, creamos o no. Y esa es precisamente la clase de conversación que merece un libro entero.

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