Libros y LecturasReseñas y Crítica

Coloquio de invierno de Luis Landero: Lo que la nieve obliga a confesar

Coloquio de invierno de Luis Landero: Lo que la nieve obliga a confesar

Hay una vieja verdad que la literatura conoce desde siempre y que los hombres siguen descubriendo con asombro, como si fuera nueva: que el encierro, la incomodidad y la imposibilidad de huir son las únicas condiciones en que ciertos seres humanos acaban siendo honestos. Landero lo sabe, y por eso necesitó una nevada para escribir esta novela.

Coloquio de invierno —y conviene aclarar que ese es su título real, no Los oscurecimientos como circuló en las listas de anticipos— sitúa a siete huéspedes y al matrimonio que regenta un hotel rural en el corazón de la tormenta Filomena, que en enero de 2021 paralizó media España y dejó a mucha gente atrapada sin más compañía que la que el azar le había asignado. Sin cobertura, sin escapatoria y con leña suficiente, estos personajes hacen lo que hacían los hombres antes de que la televisión les enseñara a callarse en compañía: se cuentan historias. Las que guardaban. Las que nunca habían dicho a nadie. Las que pesan.

La estructura es tan antigua como la literatura misma. Boccaccio la usó cuando la peste diezmaba Florencia. Chaucer la puso en boca de peregrinos. Landero la trae al siglo XXI sin ningún complejo, porque sabe que los marcos narrativos no envejecen cuando lo que contienen es verdadero. Lo que cambia es el tono: aquí no hay festín ni júbilo. Hay algo más parecido al cansancio lúcido de quien lleva años cargando con una historia y encuentra, por fin y por casualidad, un lugar donde depositarla sin miedo al juicio.

Los personajes de Landero no son héroes ni monstruos. Son exactamente lo que uno se encuentra cuando viaja en tren o espera en una sala de urgencias: personas comunes con vidas que habrían pasado desapercibidas de no ser por ese único episodio que las define, que las torció o que sencillamente las marcó con una cicatriz invisible. El amor mal resuelto, la cobardía que uno no supo reconocer a tiempo, la dignidad perdida en algún lugar del camino y nunca del todo recuperada. El escritor extremeño lleva treinta y cinco años explorando ese territorio y en esta novela lo hace con una economía de recursos que solo dan los maestros: sin efectismos, sin psicologismo barato, sin la tentación de explicarlo todo.

La prosa funciona como debe funcionar la prosa buena: se nota cuando no está. Landero escribe con esa precisión que no se aprende en talleres literarios sino leyendo mucho y viviendo sin anestesia. Cada relato tiene su tono propio, su temperatura narrativa, su manera de acercarse a la verdad oblicuamente, porque nadie cuenta sus fracasos de frente. Y en esa sucesión sin jerarquías —no hay protagonista, no hay historia dominante, no hay moraleja que el autor imponga desde arriba— va emergiendo algo más difuso y más real que una tesis: la constatación de que contar no es recordar, sino hacer habitable lo que ya no tiene remedio.

La novela exige paciencia. No hay trama en el sentido convencional del término, no hay giro final ni revelación que redima o condene a nadie. El lector que llegue buscando intriga se va a aburrir, y está bien que así sea: ese lector y este libro no tenían nada que decirse. Pero quien acepte las condiciones del juego —que son las mismas que las de la conversación junto al fuego, la escucha sin prisa, la disposición a que otro hable sin interrumpirle— encontrará en Coloquio de invierno una de esas obras que no cambian el modo de ver el mundo pero sí el modo de verse a uno mismo.

Fernando Aramburu lo ha recomendado sin reservas. El éxito en ventas le ha seguido. Y la crítica, en general, ha sabido leerlo bien, lo cual no siempre ocurre con los libros que renuncian a hacer ruido para hacer algo más difícil: durar.

Coloquio de invierno no es la mejor novela del año porque todavía queda mucho año. Es, por ahora, la más necesaria: la que recuerda que la literatura existe para hacer exactamente esto, poner en palabras lo que de otro modo se pudre en silencio.

Andrés García-Pérez Tomás

Noticias relacionadas

Las jefas de Esther García Llovet: El aburrimiento también mata
Corazón de oro de Luz Gabás: Lo que uno busca cuando busca oro