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Antonio Gala, poeta escondido en el teatro y la prosa

A Antonio Gala se le recuerda por sus novelas, por su teatro, por su voz pausada de aristócrata andaluz del lenguaje. Pero antes de todo eso —antes del personaje, de las tertulias, de las bufandas largas y las columnas que parecían escritas con tinta de nostalgia— hubo un poeta.

Porque Gala empezó donde empiezan los verdaderos escritores: en la intemperie de la poesía.

En 1959 publicó Enemigo íntimo, su primer libro. Un título que ya contenía toda una declaración de guerra: el enemigo no estaba fuera, sino dentro. Dentro del alma, dentro del deseo, dentro de esa inquietud que hace escribir a los hombres cuando la vida todavía no ha aprendido a mentir.

En aquellos poemas había un joven que miraba el mundo con una mezcla de fervor y desasosiego. No era todavía el autor consagrado que más tarde escribiría El manuscrito carmesí, ni el dramaturgo que triunfaría con Anillos para una dama. Era un muchacho enfrentado a sí mismo, a su propia conciencia, a su propio temblor.

La poesía de Enemigo íntimo tenía algo de confesión y algo de duelo. El poeta hablaba con su sombra. Y esa conversación era ya profundamente galaica —no por Galicia, sino por Gala—: sensual, melancólica, cargada de símbolos y de silencios.

Porque Gala escribía con la elegancia de los que saben que las palabras también tienen perfume.

Aquel libro inaugural anunciaba ya sus obsesiones: el amor, la soledad, el paso del tiempo, la conciencia de que toda belleza lleva dentro una grieta. La poesía, en él, no era un ejercicio literario; era una forma de escucharse por dentro.

Luego vinieron los años de teatro, de novelas, de artículos. Vinieron los premios, las polémicas, la celebridad. Gala se convirtió en un escritor leído, discutido, a veces incomprendido, pero siempre reconocible.

Desde su refugio en Fundación Antonio Gala, en Córdoba, seguía escribiendo con esa mezcla de ironía y ternura que lo hacía único en el panorama literario español.

Pero en el fondo —aunque el público lo celebrara como dramaturgo o novelista— nunca dejó de ser aquel joven que había publicado Enemigo íntimo, libro que me gusta especialmente.

Porque los poetas no abandonan la poesía.
Simplemente la esconden en otros géneros.

En las frases largas de sus novelas.

En los silencios de sus personajes.

En esas columnas donde parecía que el tiempo hablaba despacio.

Antonio Gala fue muchas cosas: dramaturgo, narrador, articulista, personaje público. Pero en el origen de todo —como una raíz secreta— estaba la poesía.

Y quizá por eso su literatura tiene siempre ese temblor leve, ese brillo melancólico que sólo poseen los escritores que empezaron hablando con su propio enemigo interior.

El mismo que, desde el primer libro, lo acompañó siempre.

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