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Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince.

Cuando la muerte te cede la silla y te deja vivo

Hay libros que empiezan con una especie de saldo de cuentas: tú sigues aquí, otro no, y a ver qué haces con eso. Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince, es exactamente eso: una crónica escrita por un hombre que sabe que está vivo porque, en el momento preciso, se cambió de sitio en una mesa de restaurante. Minutos después, un misil ruso cayó sobre Kramatorsk, en el este de Ucrania, y mató a la escritora Victoria Amelina en la silla que él había ocupado. Desde ahí, desde esa indecencia objetiva de haber sido perdonado por la metralla, arranca este libro que se presenta como no ficción, pero se lee como una novela de guerra y culpa con un narrador al que la vida le ha puesto un blanco alrededor del cuerpo.

El viaje a Ucrania tiene algo de locura y algo de vieja obligación moral. Abad, recién operado del corazón, acepta la invitación para participar en un encuentro literario en plena invasión, sabiendo que se mete en un territorio donde cada tren, cada hotel, cada escalera puede convertirse en objetivo militar. La primera parte del libro cuenta ese desplazamiento con una mezcla de curiosidad, miedo y humildad que lo aleja de cualquier heroísmo barato: el autor se declara cobarde una y otra vez, admite que no entiende del todo qué hace allí, reconoce que el instinto más fuerte que tiene es el de salir corriendo. Pero no se va. Y cuando el misil impacta en el RIA Lounge y el techo se derrumba sobre los comensales, cuando la cuenta de muertos empieza a crecer y él descubre que la víctima número trece se llama Victoria y ocupaba su lugar, la narración cambia de tono: ya no es un reportaje de viaje, sino la autopsia de una culpa que no terminará nunca de cicatrizar.

El título, tomado de la oración católica “ahora y en la hora de nuestra muerte”, marca el campo de juego. El libro no habla solo de la guerra que sale en las noticias, sino del modo en que esa guerra entra en la biografía de un hombre que ya venía de otras heridas: el asesinato del padre, la violencia colombiana, la convicción de que escribir es la única forma decente de conversar con los muertos. Aquí la liturgia es sencilla: el autor enumera fechas, lugares, nombres, reconstruye conversaciones, se aferra a los hechos con una precisión casi periodística porque sabe que, si falla ahí, todo se convierte en fábula. Pero al mismo tiempo deja claro que no puede limitarse a esa contabilidad: necesita entender qué hace un escritor en medio de una guerra que no es la suya, por qué aceptó ir, qué responsabilidad tiene hacia la mujer que murió en su silla, hacia la memoria de los otros doce cadáveres, hacia los vivos que siguen jugándose la piel cada día mientras él regresa a casa.

Hay páginas donde la guerra se describe con una frialdad controlada: sirenas, refugios, trenes nocturnos, soldados jóvenes que no parecen haber nacido para sostener un fusil. Pero el verdadero campo de batalla del libro está en otro sitio: en la cabeza y el pecho de quien narra. Abad examina sin piedad sus propios reflejos: la tentación de dramatizar, el miedo disfrazado de prudencia, la posible obscenidad de convertir en literatura el momento exacto en que una metralla te perdona a ti y destroza a quien tienes al lado. Se acusa de cobarde y de vanidoso, de crédulo y de incrédulo, de buscar consuelo en Dios y de no creérselo del todo. Esa insistencia en poner el foco sobre sus propias grietas es lo que impide que Ahora y en la hora se convierta en un panfleto o en un diario de viaje con barniz bélico: no hay pose de héroe ni impostura de víctima, sólo un tipo que se sabe superviviente por puro azar y usa las únicas armas que tiene —las palabras— para intentar estar a la altura.

Al fondo, el libro repite una vieja lección que casi siempre se aprende demasiado tarde: la guerra no es un espectáculo, ni un mapa de flechitas, ni una abstracción geopolítica, sino el momento en que alguien se levanta de una silla y otro se sienta en su lugar sin saber que la próxima explosión lleva su nombre. Contar eso, lograr que el lector imagine el espanto de la vida bajo las bombas, es la apuesta más alta de este libro: que quien lo lea termine entendiendo que la experiencia de haber salido vivo obliga, al menos, a una cosa muy concreta y nada literaria, que es hacer lo posible para que esa escena no se repita. Y si, como admite el propio Abad, escribir es la única forma que tiene de cumplir con esa obligación, entonces Ahora y en la hora no es solo la crónica de un misil y sus trece muertos; es también el intento de un hombre de no traicionar, con su silencio, el sitio vacío que le dejaron en la mesa.

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