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Punto de araña, de Nerea Pallares: Cuando las mujeres del mar llaman a las arañas

Punto de araña, de Nerea Pallares: Cuando las mujeres del mar llaman a las arañas

Camariñas existe. Es un pueblo real en la Costa da Morte gallega donde el viento mete los dedos en las casas sin pedir permiso y las mujeres llevan siglos tejiendo encaje con palillos sobre almohadillas mientras los hombres se van al mar o simplemente se van. Nerea Pallares llegó a ese lugar y vio lo que siempre ha estado ahí, esperando que alguien lo nombrara de la manera correcta: una comunidad de mujeres que sostiene el mundo con las manos mientras no tiene voz en ninguna de las decisiones que ese mundo toma sobre ellas. Eso es Punto de araña (Libros del Asteroide, 16 de febrero de 2026). O es parte de lo que es, porque la novela tiene más capas que las que caben en una frase.

Ari llega a Camariñas para hacerse cargo del museo del encaje y ejercer de guía turística. Llega llamada por algo que no sabe nombrar, por un espíritu del mar y del viento que le resulta extrañamente familiar aunque nunca haya estado ahí. No sabe, todavía, que las mujeres del pueblo —palilleiras, rederas, mariscadoras, trabajadoras de la conservera— han tomado una decisión que está a punto de cambiarlo todo. Hartas del egoísmo de los hombres anfibios que se ausentan y sin embargo siguen siendo los dueños del dinero y de la palabra, han decidido llamar a las arañas. Tres deidades. Tres mujeres temibles que son dueñas del océano y del encaje, que gobiernan desde otra lógica, desde un orden más antiguo que cualquier norma escrita. Cuando la novela arranca con una muerte ante la que la sociedad patriarcalizada del pueblo no responde, son ellas —las mujeres, no las instituciones— las que toman la iniciativa.

Lo que hace Pallares con ese material no es sencillo ni se puede resumir sin traicionarlo un poco. La estructura es fragmentaria y coral: múltiples voces, múltiples registros, del poético al realista al mítico, tres generaciones de mujeres hablando al mismo tiempo sobre lo mismo sin decirse exactamente lo mismo. El jurado del Premio García Barros —que le otorgó el galardón por unanimidad al manuscrito en gallego bajo el lema Das arañas brancas— describió la arquitectura formal de la novela como «tejida con el más deslumbrante palillado de palabras», y esa metáfora no es solo retórica. Pallares trabaja la prosa como se trabaja el encaje: entrando y saliendo, cruzando hilos, creando un tejido donde la densidad y la transparencia alternan con una precisión que no parece esfuerzo pero que es todo esfuerzo.

El mar está en cada página. No como decorado sino como presencia activa, como personaje que mete humedad en las frases y hace que todo huela a sal y a roca mojada. La Costa da Morte tiene esa capacidad: es un lugar que no se puede tratar como fondo neutro porque tiene demasiada historia encima, demasiados barcos hundidos, demasiadas mujeres mirando el horizonte desde el puerto. Pallares lo sabe y lo usa sin turistificarlo, sin convertir Camariñas en postal de Galicia mítica. Lo que hay ahí es una comunidad real con sus conflictos reales —la precariedad del trabajo en la conservera, la dependencia económica, la violencia que no siempre tiene nombre legal— y la mitología entra en eso sin romperlo, como entra en la vida real de los pueblos que todavía recuerdan sus propias deidades.

La novela también juega formalmente con imágenes y caligrafía: distintos «nosotros» y puntos encabezan cada capítulo, un juego visual que no es ornamento sino arquitectura, que dice algo sobre quién habla y desde dónde antes de que empiece la primera frase. Eso, en una primera novela, indica una escritora que ha pensado cada decisión, que no llegó al libro por acumulación sino por diseño. Pallares tiene treinta y dos años y pasó por la Fundación Antonio Gala —la cantera de voces nuevas que más aciertos ha dado a la narrativa española reciente— antes de publicar esto. Se nota que ha tenido tiempo de leer mucho y de entender para qué sirve lo que ha leído.

La traducción al castellano que ahora publica Libros del Asteroide le abre el circuito nacional a una novela que en gallego ya había demostrado tener músculo. Que Asteroide la haya elegido dice algo sobre la calidad del texto: es un sello que no toma decisiones por moda ni por inercia del mercado, que tiene un criterio literario coherente y que cuando apuesta por una voz nueva es porque la voz lo merece. Punto de araña lo merece. Es una primera novela que no tiene el nerviosismo típico de las primeras novelas, que sabe exactamente qué quiere ser y cómo serlo. Una novela de mujeres que se rebelan, tejida con la materia del encaje y del mar, que habla de las manos que sostienen el mundo en silencio y que en un momento dado deciden dejar de estarlo.

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