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Nazarena, de Karina Sainz Borgo: Ocho mujeres, una casa y la herencia que nadie quiso

Nazarena, de Karina Sainz Borgo: Ocho mujeres, una casa y la herencia que nadie quiso

Hay libros que uno cierra con la sensación de haber estado encerrado en un lugar del que no encontraba la salida. No porque el texto sea opaco ni la trama confusa, sino porque la atmósfera construida es tan densa, tan física, que uno siente su peso también después de haber dejado las páginas. Nazarena (Alfaguara, 12 de febrero de 2026) produce esa sensación desde las primeras páginas y la sostiene hasta el final.

La casa de La Araira, en Venezuela, alberga a ocho hermanas bajo la sombra de una madre devastada que está muerta y no lo está del todo, que ocupa el espacio familiar con la contundencia de los fantasmas que no reconocen su propio estado. Nazarena es la séptima. Barre el patio día y noche como antídoto contra los miedos que pesan sobre su estirpe, y esa imagen —la mujer que friega para que no caiga el mundo, para mantener a raya lo que no tiene nombre— concentra todo el programa narrativo de la novela. En torno a ella, las hermanas acumulan sus propias catástrofes particulares: Bendita, atrapada en un matrimonio sin salida; Vicenta, devuelta por el hombre que la abandonó; Leda, sin voz desde que se ahogó su amante; cada una con su herida, cada una portando su parte del peso colectivo. Sainz Borgo articula este coro femenino con dos voces narrativas en primera persona —Nazarena y Brígida—, que avanzan desde tiempos distintos hacia un punto de confluencia que la novela no apresura.

La genealogía del libro es rica y no se esconde. Están Rulfo, García Márquez, Lorca, la Bernarda Alba de las hermanas confinadas y el espacio doméstico como jaula que ninguna ha elegido pero todas habitan. Sainz Borgo no rehuye esas resonancias porque sabe que la verdadera originalidad no consiste en ignorar la tradición sino en atravesarla con una voz propia, en llegar al mismo territorio por un camino diferente. Y la diferencia aquí está en el gótico doméstico —esa inquietud que no explota sino que se filtra, que contamina la realidad sin destruir su verosimilitud—, en un horror genealógico que se transmite como herencia envenenada, encarnado en los cuerpos de las mujeres con la misma inevitabilidad con que se transmite el color de los ojos o la tendencia a la melancolía.

La prosa es el instrumento central de todo esto. Sainz Borgo ha construido a lo largo de cuatro novelas —La hija de la española, El Tercer País, La isla del doctor Schubert y ahora Nazarena— un estilo que es reconocible desde la primera frase: intenso sin ser recargado, cargado de imágenes que vienen de un fondo cultural específico y de una sensibilidad que ha aprendido a trabajar la violencia sin exhibirla. «En mis novelas no nace gente», dijo ella misma en entrevistas recientes, y esa declaración es también una poética: sus libros son territorios donde la vida se contrae, donde los cuerpos cargan más de lo que pueden, donde la ilusión de continuidad se rompe constantemente. Aquí esa poética alcanza su versión más concentrada y más oscura.

Que la autora defina Nazarena como «la más española» de sus novelas, resultado de veinte años de arraigo y de diálogo con la tradición literaria en castellano, añade una capa de interés a la lectura. No hay en eso nostalgia colonial ni búsqueda de legitimación: hay una escritora que ha hecho suya una lengua y sus fantasmas, que ha integrado registros distintos —el Caribe de finales del XIX, Italia, España, la Venezuela que se descompone— en un espacio narrativo donde todos esos elementos conviven sin estridencias, con la naturalidad de lo que ha sido trabajado durante mucho tiempo. La crítica especializada ha señalado que la novela «intensifica» en lugar de erosionar la verosimilitud cuando se interna en lo sobrenatural, que es exactamente la marca de los buenos escritores de gótico: que lo extraño no rompe la lógica interna del mundo que han construido sino que la profundiza.

Nazarena llega además como primer título de Sainz Borgo en Alfaguara tras su trayectoria en Lumen, un cambio de sello que indica confianza mutua y apuesta por una escritora que a sus cuarenta y cuatro años está en el centro exacto de su potencia creativa. La crítica de El Cultural la describió como «una tragedia griega con Venezuela al fondo». Esa frase resume bien lo que la novela propone, aunque lo que ocurre dentro de esas páginas sea más difícil de contener en una sola etiqueta: una casa, ocho mujeres, la herencia de todo lo que nadie quiso recibir y no hubo manera de rechazar.

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